Ya no podía respirar. El agua invadía sus vías aéreas y llenaba sus pulmones. Desesperada, luchaba contra aquella mano masculina que la mantenía al fondo de la bañera. Un frío estremecedor se coló hasta sus huesos y todo se volvió n***o y silencioso. Su cuerpo sucumbía a la profundidad que la llevaba a un abismo infinito. De pronto, un espasmo violento sacudió su cuerpo que la regresó a la seguridad de su cuarto. Despertó con la respiración agitada y un fuerte dolor en el pecho. Un gran suspiro de alivio le devolvió la calma mientras adaptaba sus ojos a la oscuridad de la noche. Aquella pesadilla recurrente que creía superada, regresaba como un fantasma que jamás la dejaría en paz. Parecía burlarse de ella escondido en algún lugar del cuarto. Las cobijas en el suelo daban cuenta de su lucha inconsciente por liberarse de aquella mano que parecía tan real.
Se levantó algo mareada y a tientas llegó al baño. Abrió el botiquín, y de entre todos los frascos, sacó el de tranquilizantes. Una puerta segura para escapar de sus demonios.
La semana no fue nada fácil para Rubí. No asistió a ninguno de los entrenamientos en el gimnasio. Eran esos días en que la existencia se volvía una pesada carga. Las decisiones que había tomado en la vida la tenían justo en el punto donde se encontraba y no sabía si habían sido las correctas. A pesar de que estaba haciendo lo que deseaba, albergaba muchas dudas en su corazón. Sobre todo ahora que los fantasmas del pasado se confundían con los del presente. Era inquietante para Rubí volver a tener esa pesadilla, ¿Acaso tenía que ver con la situación que estaba viviendo con Daryl? ¿sería un aviso de su inconsciente de que estaba en peligro? Confundida, buscó refugio en el único lugar que le aportaba paz y calma a sus incesantes temores, el parque a unas cuantas cuadras de su departamento.
La primavera había llenado de vida los largos senderos del parque. Algunas ardillas correteaban felices de árbol en árbol recolectando comida sin pensar en las personas que pasaban por su lado. Rubí las contempló con cierta envidia de verlas corretear despreocupadas. Inspiró profundo y dejó que la brisa fresca entrara en sus pulmones y le ayudara a aclarar sus ideas. Avanzó a paso lento por el sendero meditando en las siguientes decisiones que debía tomar. No podía darse el lujo de equivocarse. Mantener a Daryl a raya era imperativo, lo preocupante eran las desconocidas emociones que estaba experimentado con él. La volvían vulnerable, y la debilidad era algo que no podía permitirse o sería su fin. Su futuro ya lo tenía perfectamente planeando y Daryl tendría que entender que debía mantenerse alejado de ella. Por esa razón lo citó en el parque, en aquel lugar de quietud podía pensar con mayor claridad y tenía la esperanza de que sería más fácil no claudicar.
Durante la jornada laboral, se esforzó por mantener una actitud alegre, pero a pesar de su esfuerzo, su compañera de trabajo se dió cuenta que algo pasaba con Rubí. No se tomó la molestia de preguntar, ya sabía que Rubí mantenía su vida personal en total reserva. En cambio, prefirió usar otro método para lograr distraerla y de alguna manera ayudar a que olvidara sus problemas por un momento.
—¿Tienes algo que hacer, Rubí? —preguntó Vanessa mientras caminaban juntas después de una pesada jornada.
—No. Estoy agotada, así que iré a casa a descansar. ¿Por qué preguntas?
—Bueno. Como hoy es viernes, pensé que podríamos ir a mi departamento y cenar juntas. ¿Qué dices?
Rubí sonrió vacilante. No le parecía una buena idea y ya se había excusado varias veces con Nyo, no podía faltar al bar otra vez.
—¡Di que sí! —insistió con entusiasmo—, será divertido pasar un rato juntas sin la molestia de los clientes interrumpiendo nuestras conversaciones.
El bello rostro de Rubí mostró un leve interés. Estaba agotada emocionalmente y no tenía deseos de ir al bar y ver a Nyo, sobre todo porque al día siguiente se reuniría con su mejor amigo a escondidas. Sin duda necesitaba distraerse sin la compañía de su chico.
—Está bien. Te acompaño.
—¡Súper!
A unas cuantas cuadras, entraron a uno de los edificios, todos idénticos entre sí, y subieron al tercer piso. Al entrar, la sorpresa fue grande para Rubí, don Bigotes esperaba en la entrada tal como lo hacía con ella.
—¡Ey! Yo te conozco –exclamó con asombro.
Vanessa contempló con sorpresa como su gato iba al encuentro de su invitada y se restregaba entre sus piernas con un dulce maullido.
—¿Y eso? —preguntó intrigada—. ¿Cómo es que ustedes dos se conocen?
Rubí la miró divertida.
—No me lo vas a creer, pero este gatito bigotudo ha pasado varias temporadas en mi compañía —aclaró mientras alzaba al gatito entre sus brazos.
—¡Así que allí ibas a parar cada vez que te escapabas, bandido!
—Lo que me intriga saber es como llegó hasta mi departamento... son varias cuadras y siempre hay bastante tráfico por estas calles.
Ambas jóvenes observaron con curiosidad al gatito que ronroneaba despreocupado.
—¿Crees que esconde una doble vida? —especuló Vanessa con tono cómico—. ¿SpiderCat encubierto?
Las dos comenzaron a reír ante la imagen que se formó en sus mentes. La personalidad alegre y espontánea de Vanessa logró relajar a Rubí y se dió cuenta que había hecho bien en aceptar la invitación.
El departamento era sencillo, cálido y acogedor a la vez. De doble altura. El dormitorio se ubicaba en el piso superior. Una técnica utilizada para aprovechar los espacios pequeños y de gran altura. Vanessa le pidió a Rubí que tomara asiento y descansara mientras ella preparaba la cena. Varios cuadros adornaban la pequeña sala y uno llamó particularmente su atención. Era el dibujo de una mujer a lápiz grafito. Tenía los ojos grandes y expresivos con aquella dulzura que se conserva al pasar de la niñez a la adolescencia. Su cabello largo y ondulante estaba adornado de diversas flores. Lo contempló durante un rato para detallar cada trazo dibujado con la habilidad que poseen los artistas. "Parece Eva, la del jardín del Edén" pensó Rubí.
—¿Este dibujo lo hisciste tú?
Vanessa estaba distraída calentando la cena en el horno y arreglando la mesa con todo lo necesario. Hizo una pausa y la miró para responder a su inquietud.
—¿Cuál?
—El de la chica de mirada dulce.
—Aah, ese. No. Yo no tengo talento para el dibujo. Lo hizo mi sobrina.
—Vaya, que talentosa. Qué facilidad para darle expresión.
—Sí, desde pequeña mostró dotes artísticas —contó con orgullo.
El siguiente cuadro era el de una plaza. En medio había un monumento con varias estatuas en ese tono verde que adquiere el cobre oxidado. Parecían ser indígenas a juzgar por su vestimenta y los instrumentos que portaban. Por sobre ellos destacaba el de una mujer tocando su instrumento sobre su cabeza. Alrededor habían palmeras y frondosos árboles de un verde intenso y brillante.
—¿Y este es de tu país? Plaza de armas, Temuco - Chile.
—¡Oh, sí! —respondió dichosa de recordar su ciudad natal—. Es la ciudad donde nací.
Rubí le sonrió con cariño y pasó al siguiente cuadro. Esta vez era la fotografía ampliada de un inmenso árbol que llenaba todo el cuadro. Verde y frondoso plantado en medio de un prado. No tenía nada de particular, era un simple árbol, lo único que llamaba su atención era su gran altura.
—Qué árbol tan grande... —dijo contemplativa y buscando algún significado a la imagen campestre.
—Ese es especial... —reveló Vanessa y se acercó a Rubí secando sus manos con la toalla—. Ese árbol es del pueblito donde crecí. Me encantaba estar ahí y pasar mucho rato bajo su sombra. Cuando estaba triste me gustaba pensar que ese árbol tan inmenso era mi protector. Me abrazaba al tronco imaginando que me traspasaba un poco de esa energía que lo hacía tan gigantesco y así no sentirme vulnerable.
Rubí escuchaba a su compañera absorta y llena de admiración. Su explicación le hacía sentido y le ayudaba a comprender su insistente interés por buscar la naturaleza cuando ella misma se sentía triste.
—Que profunda reflexión. Me hace mucho sentido, ¿sabes? creo que tú y yo nos llevaremos muy bien.
—Eso espero, bella. Ven, la cena está lista.
Con cariño hospitalario, ese que posee la gente latina, Vanessa tomó a Rubí del brazo y la condujo a la pequeña mesa pegada a la ventana. El paisaje lleno de edificios carecía de atractivo, pero al menos le aportaba luz y calidez a la mesa.
El aroma de la comida le resultaba familiar a Rubí, más cuando miró el contenido del plato no pudo identificar la preparación.
—¿Que es? —preguntó intrigada estudiando una especie de lazaña.
—Es un plato típico de mi país. Se llama "pastel de choclo".
—¿Cho-clo? —repitió divertida con el nombre.
—Sí, o maíz como le llaman en otros países.
—¡Ah! Maíz. Con el que se prepara los surullitos.
—Claro, pero en esta preparación usas la mazorca de maíz, los surullos se preparan con harina de maíz. Veo que conoces la comida puertorriqueña.
—Sí, me fascina cocinar, sobre todo la comida puertorriqueña, soy una adepta.
—Bueno, a mí no me gusta mucho la cocina, pero me tomo el tiempo de preparar esta receta que me enseñó mi hermana y así sentirme un poco más en casa.
Rubí sonrió en silencio, y a pesar del gesto, sus ojos se tiñeron de nostalgia. Una vez más las palabras de su compañera la llevaban a la reflexión. Esa añoranza era un sentimiento que ella comprendía muy bien. De pronto sintió el impulso de fiarse con ella y revelarle todo lo que llevaba guardado dentro de su corazón. La miró dudosa y Vanessa le regaló una cálida sonrisa al comprender el mensaje, pero en el último momento se arrepintió. Era mejor esperar un poco y conocerla mejor.
—Veamos que tal está —disimuló con una sonrisa.
—Adelante —Vanessa asintió comprensiva.
—¿Se come por separado?
—No, todo junto. La idea es que se mezclen todos los sabores.
Con el tenedor, Rubí extrajo de su plato un poco de la pasta de maiz con el pino de carne que llevaba debajo y lo llevo a su boca con gran expectación. La preparación lucía apetitosa y prometía estar deliciosa. Al sentir los sabores mezclándose en su paladar, Rubí no tuvo más dudas.
—¡Mhmm! Qué delicia.
Vanessa sonrió satisfecha.
—Sabía que te gustaría.
—¡Oh, y también lleva aceitunas y pollo!
La comida tiene ese maravilloso poder de cambiarnos el ánimo rápidamente. No solo porque alimenta nuestros cuerpos, también nuestra alma y nuestro espíritu. Sobre todo si los sabores evocan momentos felices, y están conectados con hermosos recuerdos de infancia.
—Una de mis recetas preferidas también lleva aceituna y pollo.
—Bueno, para la próxima cena juntas, la invitación corre por tu cuenta.
—Decidido, anotado y agendado —bromeó con voz encantadora.
Lentamente Rubí se iba sintiendo más a gusto con su nueva amiga y mostraba un poco más de su personalidad. Disfrutaron de la deliciosa cena comentando uno que otro hecho sin importancia. Cosas de la vida cotidiana y el trabajo. Ambas olvidaron los problemas y la asarosa rutina disfrutando de la mutua compañía. Luego, limpiaron la cocina juntas y pasaron a la salita a descansar con una deliciosa taza de té de canela y jengibre. Don Bigotes, que en realidad se llamaba Tino, se acomodó en medio de ellas y se enroscó hasta hacerse una bolita peluda y calentita. Ambas comenzaron a acariciarlo con ternura. Don Bigotes respondía a los mimos con su sonoro ronroneo.
—Vanessa, ¿Puedo hacerte una pregunta? —consultó Rubí con curiosidad.
Vanessa levantó la mirada de su tierno minino y miró a Rubí con una sonrisa accesible.
—Claro que sí.
—¿Por qué decidiste vivir en un país tan alejado de tu familia?
No respondió de inmediato. Aspiró tanto aire como pudo para llenarse de valor y contestar.
—Bueno, para serte sincera... jamás pasó por mi cabeza alejarme de mi familia. Amaba el lugar donde crecí y me proyectaba a futuro continuar con mi vida ahí.
—¿Y entonces... que sucedió? Si se puede saber, por supuesto.
Vanessa asintió afirmativamente.
—Tuve una mala experiencia amorosa. Descubrí que mi pareja me engañaba; era casado.
—¡No te puedo creer!
—Todo hubiera quedado ahí, pero la esposa también se enteró y me hizo la vida insoportable, tanto, que en cuanto tuve la oportunidad de alejarme no lo pensé dos veces. Y aquí estoy ahora, hablando contigo.
Rubí la miró compasiva.
—Cuanto lo siento. Imaginó lo difícil que debió ser para ti y lo mucho que ahora extrañas a tu familia.
—Mucho, Rubí. Sobre todo a mi hermana que es como mi alma gemela. Éramos inseparables. La gente se equivoca pensando que su alma gemela sólo la puede encontrar en una pareja. Yo descubrí que no siempre es así, tu alma gemela también la puedes encontrar en el amor fraternal. A pesar de que fue una etapa dolorosa en mi vida, con el tiempo aprendí a aceptarlo y comprender que los problemas nos impulsan a salir de nuestra zona de confort para poder avanzar y crecer.
—No cabe duda que eres una mujer realmente inteligente —manifestó Rubí con admiración—. Escuchar tus reflexiones y la manera en que observas el mundo ha sido inspirador para mí.
—Y yo pienso lo mismo de ti. Me gusta relacionarme con personas inteligentes porque pienso que puedo aprender mucho de ellas.
—Estoy segura que será un aprendizaje mutuo. Y aunque jamás podré reemplazar a tu hermana, me gustaría que puedieras contar conmigo cuando lo necesites.
—Gracias, Rubí. En verdad lo aprecio mucho. Tú también puedes contar conmigo.
Ambas sonrieron con gratitud y confianza. Externamente eran dos mujeres muy distintas, pero en su interior las unía la misma convicción; eran libres de decidir la vida que deseaban vivir, y no dejarían que nadie les arrebata ese derecho.
—Y tú Rubí, ¿tienes familia?
La pregunta la pilló algo desprevenida. A Rubí no le gustaba hablar de su vida personal y se limitó a responder de forma rápida.
—Sí, pero como soy independiente nos vemos muy poco. ¿Esta rosa es natural? —preguntó tomando el macetero de la mesita de centro y desviar el tema de conversación.
—Sí, y muy especial también —respondió Vanessa con la voz invadida de nostalgia—. Esa rosa representa el vínculo que tengo con mi hermana. Hermoso y fragante, como esa rosa.
El aroma intenso de la rosa hacía recordar la textura del terciopelo y parecía estar mezclado con incienso de canela. Un aroma bastante particular que no dejó indiferente a Rubí.
—¡Huele increíble! Primera vez que huelo una rosa particularmente fragante. Siento que me recuerda algo pero no sé que... —La miró pensativa y añadió—: qué hermoso significado tiene para ti... me encantaría tener un vínculo así de especial con alguien...
Vanessa compadeciéndose de ella pasó su mano por el brazo de Rubí con dulzura para consolarla.
—Tranquila, esa persona especial llegará algún día. Estoy segura.
Luego de la cena Rubí regreso a su departamento. Abrió la puerta y lo sintió frío y solitario. Las palabras de su amiga la habían hecho meditar más que nunca. Durante toda su vida jamás había sentido esa conexión tan especial que Vanessa tenía con su hermana. Lo deseaba. Trató de ignorar los cuestionamientos que su mente le hacía respecto a sus decisiones y se fue directo al baño. Se quitó la ropa en silencio y observó su figura en el espejo. La imagen que este le devolvía le gustaba mucho, era hermosa. ¿Pero que había de su alma y de su corazón? Si el espejo pudiera reflejarlos también ¿tendrían el mismo aspecto hermoso que su cuerpo?
Bajo el agua caliente los pensamientos eran incesantes como las gotas de agua que corrían por su piel. Una vez más cuestionaba sus decisiones que la habían llevado donde estaba ahora. Sin embargo, pensar en la posibilidad de regresar a su vida pasada era inconcebible, jamás regresaría allí. Vivir sola en ese pequeño departamento era su mejor opción y pronto se consoló de su desdicha.
A la mañana siguiente la despertó un mensaje en su celular. Ya sospechaba de quien se trataba y se dió la vuelta para seguir durmiendo y evadir unos minutos más su encuentro con Daryl. El sonido del celular se volvió insistente. Cada cierto minuto sonaba como si quisiera obligarla a leer los mensajes. ¿Y si era algo importante? Tomó el celular de la mesita para comprobar:
Daryl:
Recuerda nuestra cita de hoy
(08.00)
No faltes
(08.05)
Si no llegas iré por ti a tu departamento
(08.07)
Rubí:
Ok
(08.11)
El sueño ya había huido muy lejos de su cama. Se levantó resignada y comenzó su día para esperar el momento de partir a su cita con Daryl. Los nervios no le permitieron comer demasiado y prefirió distraerse con la limpieza de su departamento.
A menos de una hora de su cita, Rubí se preparó para el encuentro. Ducha rápida, maquillaje ligero, jeans y poleron con capucha para poder camuflarse y pasar desapercibida en caso de ser necesario. A la una cuarenta y cinco de la tarde salió de su departamento decidida a no tardar más de media hora. Inesperadamente, apenas apareció en la calle una voz masculina la llamó desde un auto estacionado frente a su departamento.
—Señorita, Rubí...
Un hombre de unos cuarenta años se bajó de un Volvo s60 color azul y se acercó a ella.
—Johnny, ¡¿Qué hace aquí?! —Preguntó Rubí con evidente sorpresa y acto reflejo miró a su alrededor con inquietud.
—Hace varias semanas que no la veo en el bar así que me tomé el atrevimiento de venir a verla. Creí que le había sucedido algo —confesó el hombre con ansiedad. El movimiento inquieto de sus manos llamó la atención de Rubí y comenzó a preocuparse. La actitud del sujeto era bastante sospechosa. Sin mencionar que absolutamente nadie conocía su vida fuera del bar y verlo ahí de imprevisto encendió todas las alarmas.
—¿Cómo me encontró?
El hombre sin saber que responder, la observó con inquietud como temiendo confesar su actuar. Rubí no pudo esconder el miedo que ese hombre le causaba. Al ver el temor en sus ojos Johnny alargó la mano para intentar tranquilizarla y ella asustada se echó para atrás para impedir que la tocara.
—Por favor, no te asustes —le rogó impaciente—. Te prometo que solo lo hice porque estaba preocupado. No soy un sicópata ni nada parecido.
Rubí cerró los ojos para recobrar la calma y no salir huyendo despavorida.
—Johnny, estoy bien —le aclaró exasperada—. He estado bastante ocupada, eso es todo.
—Me alegra oír eso —dijo sonriendo con timidez—. Pensé que esa mujer le había hecho daño.
—No. Y ahora por favor váyase —le pidió tajante—, y ni se le ocurra aparecer otra vez aquí.
Johnny asintió desilusionado y regresó al automóvil en silencio. Rubí se quedó en su lugar esperando que se marchara. No se fiaba del todo. Era posible que Johnny la siguiera a escondidas. Sacó su móvil de su bolso y marcó el número de Daryl. Al segundo tono respondió.
—Dime.
—¿Ya llegaste?
—Sí. Te estoy esperando por la entrada de la cuarta avenida.
—Espérame dentro de tu auto y no te bajes cuando me veas llegar, es importante. Te explico cuando llegue.
—Como gustes.
Rubí miró a su alrededor para cerciorarse de que Johnny no la estaba siguiendo y avanzó a paso rápido al punto de encuentro. Luego de quince minutos dobló a la derecha en la cuarta avenida y divisó el deportivo de Daryl estacionado cerca de la entrada. Se puso la capucha y miró a su alrededor nuevamente. En cuanto llegó a la altura del bólido, se subió de inmediato.
—Llegas diez minutos atrasada —precisó Daryl con su sonrisa burlona de medio lado.
—Salgamos de aquí —lo cortó sin siquiera saludar—. Alguien me está siguiendo y no quiero que me vea contigo.
La sonrisa burlona de Daryl se esfumó al instante y fue reemplazada por una expresión de preocupación que se acentuó en su frente.
—¿Quién te está siguiendo? —preguntó mientras iniciaba la marcha.
—Un tipo del bar que está obsesionado conmigo.
Inevitablemente, la sonrisa burlona se asomó otra vez en el rostro de Daryl, pero esta vez estaba teñida de sarcasmo.
—¿Cuántos hombres obsesionados te persiguen?
Rubí giró su bello rostro y contempló a Daryl con satisfacción. Como le gustaba cuando los hombres le daban esa oportunidad para burlarse en sus caras.
—Este es el segundo... —respondió conteniendo la risa—. El primero maneja un Bugatti n***o.
De la confusión pasó a la sonrisa forzada en cuanto comprendió la alusión a sí mismo. Hizo un movimiento de cabeza acusando el golpe. Había olvidado lo hábil que era Rubí para defenderse empleando la ironía. No le respondió y manejó en silencio. Sabía que las palabras de Rubí contenían la verdad que se negaba a confesar.
Luego de varios minutos de trayecto, se alejaban cada vez más de la ciudad. Rubí miró por la ventana para intentar descifrar por el paisaje el lugar donde se dirigían. Nada de lo que pasaba frente a sus ojos le era familiar.
—¿Dónde vamos? —preguntó preocupada.
—A un lugar donde podamos hablar tranquilos.