El puertorriqueño regresó al bar de Nyo para indagar como marchaba el asunto entre su amigo y Vincenzo. Los encontró en el camerino sentados en uno de los sofás de cuero. Con una botella de whisky y dos copas sobre la mesita de centro. Ya estaba concluyendo la reunión. Daryl se acercó y se sentó frente a ellos. Nyo, con una sola mirada, le preguntó a su amigo por su chica. Daryl asintió dando a entender que ya estaba sana y salva en su barato departamento.
—¿Qué más puedo hacer por ti? —preguntó Nyo zalamero. Deseaba a toda costa complacer al italiano y así concretar su millonario negocio con él.
Vincenzo sonrió con astucia. Era un hombre sagaz, que sabía pedir lo que deseaba, de manera tal, que nadie podía negarle nada, y Nyo, era completamente manipulable mientras no se concretara nada entre ellos. Él atractivo italiano sacó provecho de la situación.
—Me gustaría hacerte una pequeña petición... —respondió el italiano con fingida naturalidad.
—Pues, pide lo que sea.
—Me gustaría que Rubí estuviera presente en algunas de nuestras reuniones de negocios.
Nyo se quedó aterido. Jamás pensó que Vincenzo le pediría una cosa así. Maldijo mentalmente a Rubí y su estúpida manía de bailar sola.
Daryl, que no le sorprendía la actitud del italiano, esperaba expectante la respuesta de su amigo.
—Lo lamento, Vincenzo, pero eso no será posible. Mi chica no participa en ninguno de mis negocios —puso especial énfasis en la frase "mi chica" una manera sutil y educada de marcar territorio.
—Es una lástima. Estaría de bastante mejor humor para negociar contigo si ella estuviera presente —volvió a sonreír con astucia y superioridad. Sabía que la ambición de Nyo no le permitiría negarse.
—¿Cuál es tu interés en ella? —inquirió el moreno con el ceño fruncido. Si creía que Rubí era una de esas mujeres que se cambiaban por dinero estaba muy equivocado.
—No me mal interpretes. Las mujeres de mis socios son sagradas para mí. Solo deseo que compartas un poco de su belleza conmigo.
—Si deseas una mujer hermosa, puedo tenerte una especialmente para ti.
El italiano soltó una carcajada arrogante, y apoyó su amplia espalda sobre el sofá haciendo rechinar el cuero.
—Puedo tener a cualquier mujer hermosa que yo desee. No necesito ayuda para conseguir una. Sin embargo, estoy seguro que todos los aquí presente sabemos muy bien que tu chica es una mujer bastante... cautivadora —manifestó con la voz lujuriosa. Al puertorriqueño se les encendieron las entrañas con un ardiente remolino al recordar la primera vez que vió bailar a Rubí. Pasó del odio al deseo con una rapidez desconcertante. Que confuso era todo desde que la había conocido. Por una extraña razón, la influencia que ejercía Rubí sobre los hombres era potente. A todos les fascinaba esa mezcla de inocencia que brillaba en sus ojos y la hipnotizante sensualidad de sus curvas.
Nyo guardó silencio y giró la cabeza para mirar a Daryl que se mantenía en reserva. Intercambiaron una mirada cautelosa. A pesar de su reticencia, el moreno no estaba dispuesto a perder la gran oportunidad de ganar millones, y su ambición pudo más que su deseo de proteger a Rubí. Una vez más le sacaba provecho a su chica.
—De acuerdo, pero sólo una vez.
Vincenzo sonrió complacido de su confiada victoria. Estaba acostumbrado a manipular a todos como marionetas, y los hombres como Nyo eran los más fáciles de manejar. Menos el puertorriqueño que lo observaba burlón desde su lugar. Ese era un lobo de temer. Un desperdicio de talento desde que dejó las andadas del dinero fácil y en abundancia.
Sellaron el trato con un trago.
—No te aseguro nada —le advirtió Nyo—. No sé si Rubí querrá aceptar. Es mujer con carácter.
Era eso lo que más le había fascinado a Vincenzo. Los desafíos eran estimulantes, y en este caso, excitantes para él.
—Estoy seguro que podrás convencerla.
Una vez que Vincenzo se retiró del bar, Nyo aprovechó el momento para hacerle ver sus dudas a Daryl.
—¿Qué pretende este italiano pidiendo la presencia Rubí? ¿Acostumbra a pedir ese tipo de cosas?
—La verdad es que es primera vez que pide algo así. A él tampoco le gusta la compañía de mujeres en sus negocios.
—¿Y entonces?
—Ya te dije que Vincenzo es impredecible. Quedó fascinado con tu chica. Pero tranquilo, solo quiere admirarla, no la tocará. Los Giuliano son apegados a sus códigos.
—¿Estás seguro?
—¡Claro que sí, bro! A menos que quieras vendérsela —bromeó Daryl con su típica sonrisa burlona.
—¡No te burles, Daryl! Esto es serio.
—Si lo prefieres, y te deja más tranquilo, yo podría estar presente el día que traigas a Rubí a la reunión.
—Sí, preferiría que estuvieras conmigo ese día. Ahora debo pensar como convencer a Rubí. Estoy seguro que no querrá aceptar.
En la cabeza de Daryl no cuadraban las ganancias a manos llenas de los negocios de Nyo con el departamento modesto donde vivía Rubí. ¿Acaso ella no se beneficiaba de las ganancias de Nyo? Cada vez sonaba con mas fuerza en su cabeza la hipotesis de que Rubí no era una mujer interesada.
El pequeño departamento, tipo loft, estaba agradablemente decorado. Tenía ese toque de vida que aporta la sensibilidad femenina. Al entrar, se podía apreciar una pequeña sala de estar. En tonos celeste verdoso y rosas pasteles. Dos cojines fucsias en el sofá en ele, le daban un carácter apasionado a la sala. La mesita de centro adornada con un arreglo floral en tonos fucsias le aportaba fuerza a la decoración. Frente al sofá un plasma y en la esquina, junto a la ventana, crecía un Ficus Lyrata de hojas grandes y oscuras. A la izquiera, Inmediatamente a continuación de la sala, la cocina-comedor, completamente equipada y funcional. Por las mañanas la iluminaba la luz del sol que se colaba por la ventana que daba a la calle. La mesa blanca también tenía un arreglo floral que combinaba con el de la mesita de centro. Al lado opuesto, a la derecha de la salita, estaba el pequeño baño y a continuación el dormitorio con una cama de dos plazas.
Rubí permanecía inmóvil bajo el chorro de agua caliente de la ducha. No podía sacarse de la cabeza los ojos perturbadores de aquel hombre. Tenía el cuerpo tenso, y se abrazaba a sí misma como una manera inconsciente de protegerse de una amenaza invisble. Jamás la habían tocado de esa forma tan indecente y posesiva como lo hizo ese italiano. El agua cálida le ayudaba a relajarse. ¿Cómo un hombre podía ser tan bello y parecer tan siniestro a la vez? No lo sabía. De lo único que estaba segura, es que no deseaba verlo nunca más en su vida.