La semana transcurrió con total normalidad para Rubí. Su trabajo de mesera la mantenía ocupada de lunes a viernes. Llevaba casi un año trabajando en Gino's Ristorante donde ganaba buena propina y le permitía ser independiente y pagar el alquiler del loft donde vivía a unas cuantas cuadras de ahí. Era viernes, y el local estaba lleno como sucedía cada fin de semana.
—Catorce veintinueve... veinticuatro dieciséis p-l-u... —murmuraba Rubí ingresando el pedido en la máquina registradora.
—¿Cuánto te falta, Rubí? —le preguntó la chica que esperaba su turno a sus espaldas.
—Esta es mi última mesa ¡al fin! Estoy agotada.
—¡Y yo también! El cliente de la veinte es insoportable.
—¡Uf! Me tocó atender uno así ayer. ¿Y a ti te falta mucho, Vane?
—También es mi última mesa.
—¡A que bien! Nos vamos juntas hoy —propuso Rubí apartándose de la caja para darle lugar a su compañera y corrió a preparar las ensaladas y las bebidas para los clientes recién llegados.
—¡Sí! —confirmó la chica que comenzaba a teclear frenéticamente el pedido solicitado y correr detrás de Rubí. Para poder mantener el flujo constante y a los clientes felices, debían ser rápidas y eficientes, sobre todo si era el día con más ingreso de comensales.
Terminado su turno, las dos mujeres salieron del local y caminaron juntas por las calles de Bay Ridge acompañadas por el ocaso del día, el tráfico y los transeúntes que caminaban apresurados. Conversaban a gusto de temas sin relevancia o de anécdotas divertidas que les había sucedido durante la jornada laboral. Tenían una buena relación de amistad, pero a pesar de que Rubí tenía confianza en su compañera, se mantenía hermética y reservada respecto a su vida personal. Nadie sabía a que se dedicaba Rubí los fines de semana, y mucho menos las personas que frecuentaba, ni al bar al que asistía. Y de su vida pasada ni hablar.
Vanessa, la inmigrante chilena de veinticinco años, respetaba su silencio y no intentaba siquiera sonsacarle información. Tenía pocas amigas y apreciaba tener alguien con quien conversar, sobre todo de su gusto por la literatuta. Tema en común y predilecto entre ellas.
Para ser sinceros, Vanessa no poseía la belleza deslumbrante ni el magnetismo de Rubí. Le faltaban varios centímetros de estatura para acercarse al promedio aceptable del canon de belleza impuesto por la sociedad. La combinación de su piel blanca y cabello n***o tampoco resultaba atractivo, sin embargo, cuando sonreía sus pómulos tomaban una bonita forma curva y simétrica que hermoseaba su rostro y lucía encantadora. Las mujeres se despidieron en la entrada del edificio donde vivía Vanessa. Rubí siguió caminando un par de cuadras más hasta llegar a su departamento. Subió las escaleras obligando a sus piernas a cargar con el peso de su cuerpo en cada peldaño. Estaba agotada, pero su ánimo cambió en el instante en que vió al huésped que la esperaba sentado, mimosamente, en la puerta de su loft. Su inquilino, que no veía hace varios días, la saludó con un tierno "miau".
—Apareciste, don bigotes ¿Dónde te habías metido?
"Prmiau" respondió el adorable gatito n***o con blanco. Su cola pomposa como plumero, se irguió majestuosa en cuanto se puso de pie para recibir a una de sus humanas favoritas. Siempre aparecía misteriosamente y desaparecía del mismo modo a los días después. Sus primorosos bigotitos alargados vibraron con un nuevo maullido. Rubí lo tomó en sus brazos en cuanto llegó a su lado. Que agradable era llegar a casa después de una jornada agotadora y encontrarse con un recibimiento así. El minino, de precioso pelaje largo, tenía uno de sus ojos cubierto por el tono n***o en forma de semicirculo y parecía un adorable pirata ronroneante. Rubí cerró la puerta y llevó a su amigo gatuno a la cocina para darle una lata de su comida favorita, mientras ella se duchaba con agua caliente para relajar los músculos tensos de su cuerpo. De vuelta en la cocina se sirvió una cena ligera y se sentó a comer mirando cualquier cosa en la televisión. El minino se sentó junto a ella a limpiarse con esmero las patitas y el hocico y quitarse cualquier rastro de comida. La siguió al baño cuando fue a lavarse los dientes, y la esperó junto a la cama cuando Rubí sacaba su libro preferido para leerlo por enésima vez. Esperó paciente que su humana se acomodara entre sus cobijas y luego saltó hasta su regazo donde se acurrucó formando una bola de pelos con su cuerpo enroscado. Rubí acariciaba su cabecita leyendo cada línea de su libro. Los relajantes ronroneos pronto la indujeron a un estado de sopor que le dificultaba mantener los ojos abiertos. Decidió detener la lectura, apagó la luz de la lámpara y se durmió gratamente arrullada por los continuos ronroneos.
Al día siguiente, cerca de las ocho de la mañana, Rubí abrió los ojos y se sintió feliz al ver que su compañero seguía acurrucado, a pesar de que no le había permitido dormir bien. El minino percibió cuando ella bostezó estirando los brazos con satisfacción y la imitó haciendo un adorable ruidito de saludo. Se levantaron juntos disfrutando de la mutua compañía y cerca del medio día, recibió una llamada de Nyo invitándola a pasar el día juntos ya que no tenía trabajo importante que realizar mas que un par de cosas en el estudio de su penthouse. Rubí sabía que significaban esas invitaciones, eran las oportunidades que aprovechaba Nyo para estar a solas con ella y disfrutarla sin ser interrumpido como sucedía siempre en el bar. Ella aceptó, también le agradaba pasar tiempo con él. A veces se preguntaba si era así como se sentía el amor, o si se parecía a lo que ella tenía con Nyo. No era mágico, ni fulminante como se mostraba en las trilladas novelas románticas. Estaba convencida que aquello solo era una estrategia de marketing para obtener ganancias a costa de las ilusiones de las personas. Y aunque sabía que todo era un vil cuento, persistían las dudas y el deseo de tener, algún día, la certeza absoluta del significado de la palabra amor y de lo impetuoso que este podía llegar a ser.
Rubí empacó las cosas y el vestuario necesario para asistir por la noche al bar junto a su moreno. Se acercó a su biblioteca y sacó otro de sus libros y lo puso dentro del bolso junto con su ropa. Antes de salir del departamento, Rubí abrió la puerta ofreciéndole a su peludo compañero la oportunidad de regresar con su verdadero dueño, pero él, con indiferencia caminó hasta el sofá y comenzó a lavarse minuciosamente.
—Como quieras, pero te advierto que hoy regresaré tarde.
El minino le respondió con un inocente maullido y continuó con su importante labor de limpieza. Rubí sacó la caja de arena que tenía reservada para estos casos y bajó para encontrarse con el Cadillac que la llevaría hasta su moreno, como ya era costumbre.
Nyo no veía a su chica hace una semana, y en el momento que apareció en la puerta de su penthouse, con esos sencillos jeans a la cadera y top blanco luciendo irresistiblemente sexy, le brindó una calurosa bienvenida que culminó en su habitación.
Se levantaron entre risas, alertados por el citófono que anunciaba la llegada del pedido de comida de unos de los restaurantes ubicados en la primera planta del edificio. Disfrutaron de pechuga de pato con salsa de higos y vegetales verdes, y una copa de pinot noir. Luego, Nyo se fue a trabajar a su estudio para terminar lo que tenía pendiente antes de partir al bar. Rubí, por su parte, prefirió quedarse en su habitación que estaba junto a la sala, y sacó el libro que había traído para no aburrirse mientras Nyo trabajaba. Frente al espejo se dió cuenta que su blusa de tirantes estaba mal abotonada y la acomodó apreciando los detalles. La tela broderie blanca tenía añadido de manera vertical listones de encaje que permitía un sutil vistazo a su piel. El encaje también decoraba los tirantes y el escote en forma de diminutos vuelos. Se abotonaba adelante lo que le daba una apariencia de corsé menos rígido. Sin duda, una prenda con preciosos detalles femeninos que tanto le gustaban a ella. Se ajustaba perfectamente a su cuerpo y regalaba un bello panorama de su cintura y el contorno de sus caderas. Rubí siempre había deseado usar ropa de ese estilo, acorde a su edad, y ahora con su trabajo podía permitirse comprarla. Se contempló de frente y giró un poco para mirarse por atrás. Sonrió satisfecha, las horas que dedicaba al gimnasio habían valido la pena. Parecía otra mujer, tan distinta a la que alguna vez había sido.
Dió un vistazo por la ventana, su vista no era tan espectacular como en la sala y decidió cambiar de opinión. Se fue con su libro a recostarse sobre el diván que estaba junto a la gran vista de la sala. Era el lugar perfecto... perfecto para dormir, porque al poco tiempo de avanzar en la lectura sus ojos no resistieron y se cerraron lentamente hasta quedarse profundamente dormida. Ese peludo había interferido varias veces en su sueño buscando el lugar perfecto para acurrucarse y ahora Morfeo reclamaba sus horas robadas.
En el estudio, Nyo trabajaba en la composición de sus nuevas melodías, pero esta vez le estaba costando trabajo concentrarse. No dejaba de preguntarse por ese desaparecido italiano, y Daryl que tampoco daba señales de vida. Sabía que algo andaba mal. Se rindió, ya no podía luchar más con sus dudas, y buscando el número de su bro en su móvil, intentó contactarlo una vez más.
—¿Sí?
—¡Al fin respondes, bro! He intentando contactarte durante toda la semana.
—Esto... —vaciló Daryl al otro lado de la línea—, no estaba en la ciudad.
Si Nyo hubiera visto que en ese mismo instante Daryl cerraba los ojos avergonzado, se hubiera dado cuenta que estaba mintiendo.
—¿Qué pasa con Vincenzo, que hasta la fecha no ha tenido la decencia de llamar para concretar de una vez?
—Sí, con respecto a eso, ¿Dónde te encuentras para que podamos hablar en persona?
—Estoy en mi penthouse...
—Voy para allá. —Y antes que Nyo pudiera aceptar, Daryl cortó la llamada para evitar preguntas difíciles de responder.
—...con Rubí —terminó de completar la frase que se había quedado en el aire.
Nyo pensó en volver a llamarlo para que pudieran juntarse en otro sitio, pero luego de reflexionar con más detenimiento, se dió cuenta de que no era necesario esconderle nada a Rubí, ya estaba involucrada en la situación. Lo más probable era que su chica ni siquiera se daría cuenta de la presencia de Daryl. Cuando Rubí metía las narices en sus libros perdía completamente el interés por su entorno. Además, Nyo presentía que lo mejor era hablar en un lugar privado, lejos de oídos y miradas de extraños. El mulato, con impaciencia comenzó a dar vueltas en el estudio esperando la llegada de su bro. Después de media hora el citófono anunció su llegada. Llegó a grandes zancadas a abrir la puerta, y en cuanto vió la mirada del sulfuroso puertorriqueño, confirmó su temor. No traía buenas noticias.
—Ey... —saludó el recién llegado con poco entusiasmo.
—Ey..., adelante. —Nyo cerró la puerta en silencio. Daryl se mantenía de pie mirando a cualquier lado con notoria incomodidad—. ¿Un trago?
—Uno fuerte —respondió a secas.
—Que sean dos —reafirmó Nyo que ya presentía lo peor. Daryl asintió mirándolo a los ojos—. Pasa a la sala, voy enseguida.
Daryl caminó por el corto pasillo de la derecha que llevaba a la sala de estar. Llegando al espacio amplio y luminoso, sus ojos fueron atraídos por la hermosa figura femenina que dormía, plácidamente, en el diván junto al ventanal. Era Rubí. Con sorpresa, divisó un libro abierto sobre su pecho, que bailaba al suave compás de su respiración. Su curiosidad se volvió atrevida y se aproximó unos pasos, conservando una distancia prudente para no despertarla y al mismo tiempo poder contemplar el maravilloso espectáculo más de cerca. De la sorpresa pasó a la admiración: Rubí dormía apacible, con la cabeza ligeramente inclinada y apoyada sobre el dorso de su mano izquierda. Algunos de sus mechones adornaban su silueta. Daryl curvó la boca en una lenta sonrisa, se veía tan dulce y ajena. Parecía otra Rubí, una mucho mas joven e inocente. Su sensualidad estaba dormida, como dormida estaba ella. Los ojos de Daryl acariciaron lentamente sus labios carnosos, la mejilla adornada con un suave rubor natural y trazó un recorrido por la impoluta piel de su hombro y se deslizó por el brazo hasta llegar a su regazo donde descansaba su mano derecha. De la admiración pasó al deseo en un segundo tan veloz, que se clavó en sus entrañas como una flecha ardiente. La imagen de su angosta cintura desnuda y del nacimiento de sus caderas, era absolutamente exquisita. De manera inevitable sus pensamientos y deseos comenzaron a volar: imaginó estar entre sus piernas, dibujando incansable el contorno de sus caderas con la punta de sus dedos. Lo glorioso que sería subir por esa figura curvilínea sintiendo la deliciosa textura de su piel. Calculó hasta la velocidad de sus movimientos. No serían rudos, ni veloces como acostumbraba con las otras. Su Bugatti daba cuenta de lo adicto que era a la adrenalina y a la velocidad. Pero con ella, con Rubí, se tomaría su tiempo para disfrutarla al máximo. Besaría su ombligo para atizar el deseo y luego lamería su vientre perfumado con aroma de mujer; absorbiendo su pasión femenina y adorando ese santuario del deleite, el placer y de la vida. Sus deseos se hicieron tan vívidos, que casi pudo sentir su aroma y el calor de su piel entre sus manos y su boca. Su mente codiciosa no daba tregua; imaginó la expresión de su rostro y los suspiros que le robaría en cada beso, sus labios sensuales entrearbiertos, y sus ojos cargados de deseo solo por él. Este último pensamiento tuvo un efecto tal, que la sangre comenzó a hervirle por dentro acelerando el latido de su duro e irreverente corazón. ¿Qué le estaba sucediendo? Jamás había sentido algo tan intenso por una mujer. El deseo por las otras era muy distinto al que estaba sintiendo en ese momento por Rubí.
—¿Te gusta lo que ves? —la pregunta de Nyo trajo a Daryl de vuelta a la insípida realidad. Miró a Nyo alarmado, como si todos sus pensamientos fueran visibles ante él. Estaba tan abstraído que ni siquiera se había percatado de su llegada, y en ese momento, Daryl fue consciente de hasta donde habían llegado sus pensamientos, y se maldijo para sus adentros por no haber sido capaz de dominarse.
—Bro, no es lo que parece... —se excusó en un susurro para no despertar a Rubí y evitar el bochorno de ser descubierto observándola. Daryl mostró las palmas alegando inocencia.
—Tranquilo, bro. Sé el efecto que puede causar mi chica, y que solo yo puedo disfrutarla. —Sonrió con superioridad como quien gana el trofeo mas codiciado.
—Tienes razón... —admitió de mala gana y centró su atención en ella otra vez—. No quise moverme para no despertarla.
—No lo hará si está muy cansada... —Nyo dejó los tragos sobre la mesita y avanzó hasta ella con la intención de despertarla—. Rubí... —susurró agachándose a su lado. Ella no reaccionó—. Rubí... —insistió. Tampoco hubo respuesta. Estaba profundamente dormida. Nyo decidió llevarla a la habitación para que pudiera descansar tranquila y en privado. Sacó el libro que descansaba sobre su pecho y lo dejó boca abajo junto a los vasos. Los ojos de Daryl fueron seducidos, una vez más, por la nueva parte de esa figura femenina que se revelaba ante él. Ahora podía apreciar la cima redondeada de su pecho y el nacimiento de sus colinas. Su corazón galopante era un purasangre desbocado. Siempre libre y salvaje, daba brincos indómito para poder liberarse del lazo seductor de esa bella mujer. Era inútil, ya tenía la soga bien asegurada alrededor del cuello.
Nyo tomó a su chica entre sus brazos y ella instintivamente lo rodeó por el cuello sin abrir los ojos.
—¿Dónde vamos? —murmuró adormilada.
—Te llevo a tu habitación.
—No, déjame aquí. Necesito leer mi libro —se opuso como una niña refunfuñando y acomodó la cabeza en su cuello.
—Descansa un momento. Has trabajado toda la semana, luego sigues leyendo tu libro —respondió Nyo y caminó con ella hasta la habitación contigua.
Daryl apartó la mirada de la curvilínea anatomía que colgaba de los brazos de su bro y así evitar seguir siendo víctima del embrujo cada vez que ella estaba presente. Por un momento pensó que esa mujer, en realidad, era una bruja maléfica que le había lanzado un hechizo en venganza por su hostilidad hacía ella. Meneó la cabeza y se burló de sí mismo. Buscaba desesperadamente una explicación lógica a lo que estaba sintiendo. Y aunque sus ojos ya no la estaban contemplando, sus oídos podían escuchar su voz aterciopelada rogándole a Nyo.
—Quédate conmigo —se escuchó desde la habitación.
—No puedo, nena. Tengo cosas importantes que hacer ahora.
—No, no te vayas y acuéstate a mi lado. No quiero estar sola.
—Te vuelves tan melosa cuando estás adormecida... Suéltame, Rubí.
—No quiero —protestó como niña pequeña otra vez.
Daryl deseó estar en el lugar de Nyo y que le rogara de la misma manera. Aceptaría de inmediato y se acostaría a su lado sin dudar. Imaginó la escena y su corazón comenzó a palpitar desbocado otra vez. Cerró los ojos frustrado por no poder dominar su mente, y menos sus deseos. ¿Cómo había pasado del odio al deseo tan rápidamente? “Deja que tu corazón te guíe. El te hará saber cuál es la indicada." Súbitamente, su mente recordó las palabras de su Naná.
—Oh, vamos, abuela. Tú bien sabías que yo jamás creí en esas tontas cursilerías románticas —murmuró entre dientes. Se negaba terminantemente a aceptar lo que estaba sintiendo por esa mujer.
Era inaceptable permitir ser dominado por una pasión pasajera y sin importancia. Hasta la palabra amor comenzaba a rondar, ¡Qué ridiculez! pensó. Rubí no era la única mujer del planeta. Habían muchas, mejores y más bellas que ella. Se acercó a la mesita para alcanzar el vaso y beber un trago para distraer la mente con el alcohol. El libro azul que leía Rubí minutos atrás, llamó su atención y despertó su curiosidad. ¿Qué estaría leyendo? Alguna tonta novela romántica, típico cliché femenino. Tomó el libro y lo dió vuelta para poder ver la portada. El título fue otra inesperada sorpresa por parte de esa misteriosa mujer.
—¿Álgebra Lineal? —Repasó varias veces el título con incredulidad. ¿A quién se le podría ocurrir escoger una lectura de ese tipo para pasar el rato? ¡Por qué leía álgebra! En ese momento, Nyo apareció en su campo de visión—. ¿Álgebra? —preguntó Daryl con curiosidad, y le mostró la portada. Nyo asintió brevemente y tomó su vaso de la mesita para beber un trago—. ¿Tu chica estudia álgebra?
—Ajá... —Era obvio que Nyo evitaba el tema.
—¿A esta edad? —insistió suspicaz. Algo escondía Nyo, lo percibió en su mirada esquiva—. Porque supongo que tiene tu edad... ¿o no? —Lo miró con sospecha.
—Es dos años menor, tiene veinticinco. Es de esas personas que cree que nunca es tarde para aprender y superarse.
Admiración. Fue la primera palabra que apareció en la mente de Daryl. Nuevamente se sintió mal por haberla juzgado sin conocerla. Rubí, tenía su edad, y no solo era una chica trabajadora, también tenía espíritu de superación. Cuantas cualidades comenzaban a surgir, desplazando a la antipatía y la desconfianza del principio a un rincón muy oscuro del olvido.
—Me parece bien que quiera superarse a su edad —intentó tranquilizar a su amigo. Daryl pensó que la incomodidad de Nyo se debía a la condición sencilla de su chica, y porque a pesar de su edad, aún no se había graduado. Nyo, siempre había sido un interesado y las clases sociales eran importantes para él. Ninguna de las mujeres, anteriores a Rubí, eran de condición humilde y sencilla.
Nyo asintió con la cabeza y se sentó en el sofá que estaba junto a la pared.
—Hay un tema mucho más importante del que tú y yo debemos hablar. —El moreno apoyó el pie derecho sobre el muslo izquiero y reposó la espalda y los brazos sobre el respaldo, en actiud relajada para fingir indiferencia. Daryl le dedicó una mirada precavida y se sentó a una distancia prudente, en el diván donde descansaba Rubí minutos atrás.
El sueño apasible e imperturbable de la chica, fue interrumpido bruscamente por un grito de furia y el estridente ruido de una copa estrellándose contra el piso. Despertó de golpe y se quedó inmóvil sobre la cama. Tal vez lo había soñando.
—¡Maldito bastardo!
Los gritos de su moreno le confirmaron que no se trataba de un sueño. Se enderezó alarmada para poder escuchar con más precisión lo que sucedía en la sala. Distinguió un leve murmullo, era la respuesta de la persona que discutía con Nyo. Decidió permanecer en silencio y no salir de la habitación. Nyo estaba furioso y cuando perdía los estribos de esa manera podía llegar a ser bastante violento. Era el momento de conservar la distancia.
—¡Y eso que importa si ella ya sospechaba de ese malnacido!—respondió la enfurecida voz de Nyo otra vez—. ¡Maldita sea, yo debí escuchar a Rubí cuando me advirtió!
No tuvo dudas de que hablaban de Vincenzo, y que aquel murmullo indescifrable pertenecía a Daryl.
—Daryl, ese maldito italiano me manipuló para poder llegar a mi chica y tener la oportunidad de llevársela, ¡y yo caí en su juego como un imbécil!
Rubí se abrazó a sus rodillas con temor. Se confirmaban sus peores sospechas respecto a Vincenzo, pero al mismo tiempo se sintió aliviada de saber que Nyo estaba ahí para protegerla y que ya se había dado cuenta de sus verdaderas intenciones. Las palabras inentendibles que pronunciaba Daryl se prolongaron por varios minutos. Parecían ser algún tipo de escusa a juzgar por la rapidez con la que se emitían.
—Bro, no es tu culpa —respondió Nyo más calmado. Al parecer Daryl había podido aplacar su ira—. Fui yo quien te pidió el contacto, y tú trataste de ayudarme. No podías predecir que sucedería esta mier**.
—De todas maneras me siento responsable. —La voz de Daryl fue audible en ese momento para Rubí, tal parecía que había cambiado de lugar.
—Escucha, bro, agradezco que hayas tenido los pantalones de venir a decirlo en mi cara en lugar de ese cobarde, pero en estos momentos necesito estar a solas para poder procesar toda esta... basura.
—Bien, como digas. ¿Nos vemos esta noche en tu bar?
—Ok.
Rubí esperó que Daryl se marchara del penthouse, y salió de la habitación a pie descalzo. En cuanto Nyo la vió aparecer en la sala, la detuvo con un gesto de la mano.
—No te acerques, nena. Hay vidrios rotos por todas partes.
Rubí se detuvo cerca del sofá y se recostó sobre la pared a su lado. Su hermosa melena larga descansaba sobre su costado izquierdo. Parecía una ondeante cascada de cabellos brillante y sedosos. Nyo la contempló desde el ventanal, al otro lado de la sala. Su hermosura angelical tuvo un efecto calmante sobre su irritado carácter. Suavizó el rostro y caminó hasta ella esquivando los vidrios rotos. No todo estaba perdido, aún la tenía a ella. Su fuente de inspiración y de ganancias.
—Te despertaron mis gritos, ¿no es así?
La hermosa mujer asintió con suavidad. Sus ojos serenos y dulces lo observaban comprensivos.
—¿Escuchaste todo? —volvió a preguntar y Rubí asintió otra vez.
—Vincenzo no quiso hacer negocios contigo —su voz aterciopelada era un anestésico al pronunciar esas irritantes palabras, y ayudaron a Nyo a conservar la calma.
—Se largó a Nápoles sin dar ninguna explicación.
Rubí suspiró. No podía decirle abiertamente que la noticia la alegraba en demasía. Su chico estaba en modo bad boy, y debía tener mucho tino a la hora de emplear las palabras. Guardó silencio, y le permitió desahogarse.
—Tenías razón, Rubí. Yo debería escucharte cuando me adviertes, pero nunca lo hago. —El guapo moreno alzó la derecha y la deslizó suavemente por las ondas sedosas de su cabello. Cualquiera pensaría que Rubí lo convertía en un hombre débil y manipulable. No solo era por la evidente influencia que Rubí ejercía sobre él, también era el interés. Interés por retener a una mujer deseada por la mayoría de los hombres y por el beneficio económico que ella le generaba, esa era la principal razón de su cambio de actitud con ella.
—¿Me permites dar mi opinión? —Recurriendo a toda su habilidad persuasiva, Rubí empleó un tono sumiso, el predilecto del género masculino, y apoyó sus palmas sobre el firme pecho del mulato para acariciar los marcados contornos de sus pectorales.
—Adelante —respondió Nyo altamente complacido. Rubí lo hacía sentir un hombre poderoso e indispensable, justamente como ella pretendía hacerle sentir.
—Pienso que lo mejor que te pudo haber pasado es no haber hecho negocios con ese hombre.
—¿Eso piensas? —inquirió interesado.
—Por supuesto. Los negocios con ese tipo de gente siempre terminan con la vida o el dinero del más débil y ellos nunca son los que pierden.
Nyo enmudeció frente a ella con asombro. Ese era un alto costo que no había considerado.
—¡Vaya! estaba tan obsesionado por concretar ese negocio que no pensé en ese importante detalle.
Ella le sonrió complacida de saber que ahora Nyo lograba ver las cosas desde su perspectiva.
—Y también debes reconocer —prosiguió ella—, que era un tipo bastante desagradable, con su delirio de omnipotencia y cara de "hago-todo-lo-que-me-place". Lo único que lamento es que mi esfuerzo por soportarlo una velada no sirvió para nada.
Los ojos de Nyo se iluminaron como si por fin lograba descifrar la solución a un difícil acertijo, y sonrió divertido cuando recordó la brillante actuación de su chica aquella noche.
—Ahora que lo mencionas, creo que en realidad el ganador he sido yo.
—Claro está.
—El dinero que yo deseaba obtener de él —comenzó a explicar—, puedo conseguirlo de muchas otras maneras. En cambio él, jamás te podrá tener. Eras tú lo que Vincenzo deseaba obtener de mí.
Rubí lo miró sorprendida de su reflexión. La recorrió un escalofrío desagradable y se sintió aliviada de que ese italiano había desaparecido para siempre de sus vidas.
El humor de Nyo había cambiado drásticamente. Como siempre, las palabras de Rubí lo ayudaron a ver las cosas desde un punto de vista diferente al suyo. Así era mucho más fácil tomar buenas decisiones. La rodeó con sus fuertes brazos de manera posesiva. Recordó el insistente interés de Vincenzo por ella y la mirada deseosa de Daryl observándola minutos atrás. Saber que a él pertenecía la mujer que despertaba el deseo de hombres como Daryl y Vincenzo, lo excitaba y se sentía el absoluto ganador. Qué afortunado era de tenerla. La besó apasionado y la alzó entre sus brazos sorpresivamente.
—Vamos a mi habitación —dijo rozando su cuello con la punta de su nariz. Rubí, que ya lo tenía abrazado, cerró los ojos para disfrutar de la sensación.
—¿Otra vez?
—Sí, otra vez. Quiero regodearme contigo antes de irnos al bar.
En el Red Velvet, las circunstancias no se desenvolvieron de manera grata para Rubí. La ex novia de Nyo, Genie, había ocupado la mesa mas cercana a la de ellos, y no paraba de mirarla con desprecio, mientras reía de manera burlona en compañía de una de sus amigas, que más bien parecía su clon.
—Solo ignorala, nena —dijo Nyo indiferente y bebió un trago de su coñac.
Otra vez le restaba importancia a la situación. Tal vez era una estupidez sin importancia, y dejarse llevar por la rabia y enfrentar a Genie sería considerado un acto infantil por parte de Rubí. De igual manera, ya estaba harta de que esa mujer siempre se burlara de ella. Desvió la mirada tratando de enfocarse en otra cosa, y como si no fuera suficiente con la presencia de Genie, vió a Daryl que venía hacia ellos. "Que tipo tan desagradable", pensó ella cuando Daryl le hizo un gesto con la cabeza para saludarla, y se sentó frente a ellos ignorándola por completo. Pese a que Daryl conservaba una actitud relajada, en su interior las ansias por mirar a Rubí lo carcomían. Precisó de todo su autocontrol y disciplina para no sucumbir ante sus deseos. No podía dejarse llevar frente a Nyo, que ya lo había descubierto observando a su chica más de la cuenta.