Capítulo 4

1860 Palabras
—¿Vacaciones contigo en Japón? Oh, y que son pagadas por tu padre. Nah, no soy tan vividor como crees—niega, apartando su ondulado cabello azabache de los ojos. Le sonríe, cruzando sus brazos por sobre su pecho, dejando muy visible el brazo que posee un arte corporal muy bonito desde la opinión de muchos—. Además, ya te he dicho que los rubios no me van. Al menos, no todos los rubios. —Excusas. —Richard, no se come en el mismo lugar que se trabaja—trata nuevamente, al mirarle acercarse peligrosamente a su dirección. Por suerte los miércoles no hay demasiada gente. —La cuestión es que no quiero que comas en el mismo sitio en el cual trabajas, quizás otro lugar más privado sería el adecuado—resuelve con facilidad, dejando que un par de dedos olorosos a perfume caro acaricien la mejilla de Jung. Sus miradas chispeantes se cruzan—. Que corras a una dirección distinta cada vez que me acerco, solo hace la dinámica más excitante. Sé que no te soy indiferente, te conozco desde hace un tiempo, y el problema no es el que sea rubio... Tu amiguito es rubio, por ejemplo. —¿Qué? —Tu amigo, ese que viene de vez en cuando con la misma carita de angelito, ese rubio de mejillitas un poco regordetas que se sienta en la barra a esperar que le lances una mirada o alguna palabra de vez en cuando—explica, siendo protagonista de la aguda mirada que Jung le da con la sola mención de Tynan—. Es tan lindo. Parece un perrito que espera obediente el hueso que no le terminas de lanzar, ¡Es una lástima que solo tenga ojos para ti! de seguro se ve precioso con una polla en su boc…- Sus palabras son cortadas al Jung presionar su quijada dolorosamente, tomándolo por total sorpresa. La diversión que antes estaba en el chico azabache se ha esfumado, solo quedando en su lugar una dureza que nunca había presenciado en lo absoluto, se ve tan enojado, que incluso lo hace erizar. —Siempre he sabido que tienes una lengua bastante larga, Richard—arrastra las palabras con fingida amabilidad—. Te gusta despotricar demasiado en asuntos que no deberían de interesarte, no sabes aceptar cuando alguien te dice que «no» y, por si fuera poco, no sabes cuándo cerrar esa boca tuya… Sería una lástima que te la cierren a la fuerza a punta de puñetazos, ¿No crees?—investiga, ganándose unos ojos muy amplios—. Si sabes qué es lo que te conviene, no vuelvas a insinuar nada parecido hacia Tyn, no respondo, me pongo un poco loco cuando se trata de él, así que no tientes al diablo que está quieto. Dicho eso, lo suelta de mala gana y menciona que tomará su primer descanso de la noche. Es así como termina fumando un cigarrillo en la entrada principal, intentando serenar aquel arrebato que siempre le da cuando se trata de defender a Tynan. Desde niño ha sido así, al su mayor siempre haber sido demasiado… Frágil, para poder salir por su propia cuenta de los problemas que ameritaban puñetazos o palabrotas. Ambos se cuidaban a su manera, ahora que lo piensa, Tynan era quien lo perseguía para que dejara de meterse en problemas. Recuerda que su madre pasó muchísimo tiempo en la dirección de la escuela debido a su actitud nada serena. Siempre ha sido un poco imperativo, con un sentido de la justicia muy airado que siempre lo mentía en peleas físicas que muchas veces perdió. No era nada bueno con los puños, pero al menos, un cobarde nunca fue. —¿Qué estarás haciendo? Seguro estás durmiendo—se auto responde con una sonrisilla, al recordar lo hinchado que queda su rostro al despertar con aquel cabello parado en puntas. Es tan tierno—. Quisiera estar durmiendo a tu lado, eres muy cálido en las noches heladas de una apena naciente primavera. ¿Debería pedirte que nos veamos? Han pasado un par de semanas sin cruzar caminos… No, no. Debe ser difícil para ti también. Su atención es fragmentada cuando escucha el ruido de un vehículo estacionar no demasiado lejos de él, siendo un Dodge clásico en un tono n***o. No pasa demasiado para que un joven con chaqueta de cuero se baje y asegure las puertas con la llave. Apenas se gira y la escasa luz de los faroles le alcanzan, el aliento de Jung se queda atrapado en sus pulmones, al esos ojos clavarse en los suyos por unos muy efímeros segundos, tan pocos, pero los necesarios para poder hallar un nuevo sentido a la madrugada que está llevando. «El hombre de la tienda.» La primera vez que lo vió, fue una mariposa lo que llegó a su cabeza; puede que suene un poco absurdo, pero realmente esta persona es demasiado hermosa de una forma poco común, es exótico, con aquel par de ojos felinos y su piel excesivamente blanca, labios delgados, rosas. Una estatura perfecta para transmitir ternura y al mismo tiempo imponer. Su mirada es pesada, de esa clase que te hace desviar los ojos, pero Jung no lo hace, al contrario, su peculiar belleza solo le invita a seguir mirando. Y es que no lo puede entender, no comprende aquel vivo interés que de repente siente, aquella forma salvaje de querer obtener su atención solo para sí mismo. No entiende, nunca le había pasado algo así, nunca se sintió orbitar alrededor de alguien, todos orbitaban alrededor suyo. —¿Qué rayos me pasa?—es lo que quiere saber. Debido a esa incógnita, es que vuelve a la calidez del bar para buscar desde su posición en la solitaria barra a la persona de cabello menta que ha hecho mella su cabeza de una manera inexplicable. Allí está, en una mesa en el fondo esperando por un servicio que una de las meseras le llevará. Joder. A simple vista, este chico te deslumbra con su apariencia, sin embargo, las alarmas de Jung se encienden cuando sus miradas inexplicablemente se vuelven a unir. Hay algo en él que le fastidia, algo le dice que cuando llegue el momento de que su verdad detrás de aquella belleza sea revelada, podrá darse cuenta de esas pequeñas pigmentaciones de fealdad que nunca fueron exteriorizadas, entonces es que se dará cuenta que esto que muestra solo es la punta del inmenso e interminable iceberg que esconde detrás cosas que detestará. Solo allí, descubrirá que es una mariposa única en su clase... Una muy peligrosa, esa clase que posee ese tipo de aura atrapante que utiliza como atractivo para hacerte caer. Es estúpido, porque incluso si en medio del camino te das cuenta que te va a matar de una manera metafórica y hasta un poco real, aun así continuas ahí esperando ser el primero en morir. Es cierto que ni siquiera lo conoce, pero es bueno leyendo a las personas, y este chico se ve como una pesadilla vestido de sueño… Y el mayor defecto de Jung Johnson no es ser sincero, es no ser un cobarde cuando debería serlo; es por eso que decide sustituir a la mesera, es debido a esa naciente excitación por lo maldito, por lo malo, malo, malo, que pasa entre diversas personas que están en su propio mundo para poder convertirse en el centro de atención del chico menta que no disimula al mirarlo, que no se contiene al morder su labio inferior, que no le importa en lo absoluto demostrar con una pequeña sonrisa que ha conseguido su presa de la noche. Su ganador… Una vez el azabache deja la botella junto con el hielo y vaso en la mesa, sabe que está siendo escudriñado con la mirada. —¿Cómo te llamas?—pregunta sin muchos rodeos el pálido, sirviéndose el primer trago. Siempre se ha dicho a sí mismo que el tiempo es oro, y él jamás ha sido una persona verdaderamente paciente como para ir con rodeos en la vida. Ante tal inquisición, Jung simplemente dice su nombre en voz segura—. Bien Jung Johnson, seré breve debido a que el deber me llamará dentro de poco—dice, echando una mirada al tipo que acaba de entrar al bar—. Sé que sales a las cinco porque he venido antes aquí, así que tienes la posibilidad de darte la media vuelta y volver a tus labores y olvidar esta tensión s****l que brota de nosotros con solo mirarnos, o… Irte conmigo después de las cinco para cometer un gran error. Decides… Si lo puede hacer en menos dos segundos, mejor. —Es un Doged n***o, ¿No?—eso es suficiente para saber su respuesta al mentolado, que simplemente le regala una sonrisilla complacida. Jung también le sonríe de vuelta, partiendo hacia su lugar detrás de la barra, antes de poder llegar, un tipo con mala pinta lo tropieza y sin siquiera disculparse, va derecho a donde está el mentolado sin nombre disfrutado su segundo trago. Al llegar frente él, lo toma con brusquedad del brazo para ponerlo de pie y comenzar a picar su pecho con un dedo mientras le habla de muy cerca, de esa manera que le hace saber que le tiene ganas, y no precisamente de darle un beso. Esto acabará mal, y no es solo él quien lo piensa, sino los hombres de seguridad que se acercan también leyeron las intenciones del hombre recién llegado. —¡Te metiste con lo que no debías, jodiste mi vida, la jodiste! El de menor estatura le farfulla alguna cosa al otro, conservando un estado bastante tranquilo para la situación. Lo que sea que le dijo, consigue una contundente reacción. Un golpe, uno neto y preciso sobre su pómulo derecho que le hace trastabillar y caer sobre la mesa. La botella cae al suelo rompiéndose, al igual que el vaso que conservaba el tercer trago no debido. —¡Vete al diablo, hijo de perra! ¡Te voy hacer pagar esto! ¡Lo juro!—es lo siguiente que dice el tipo súper alterado, antes de ser detenido por seguridad y arrastrado como una fiera dispuesta a matar, fuera del recinto. —Oye, ¿estás bien?—indaga Jung al acercarse una vez más. —Perfectamente, no golpea tan fuerte—asegura, viendo su servicio que ni siquiera ha pagado hecho pedazos en el suelo—. ¿Puedes traerme otro de ese? Creo que necesito otro trago—Jung parece perturbado por la simpleza con la cual maneja la situación, al parecer el chico azabache no es solo una cara bonita. Interesante—. Por cierto, me llamo Lucas… Y de esa forma, Jung conoció el amor. Lo que él tampoco sabía, es que esta parte del amor que conocería sería la parte contra opuesta a la que Tynan Brown estaba dispuesto a brindarle. Polos opuestos, como el día y la noche, así sería de ahora en adelante la percepción que Jung tendría de este sentimiento que creyó nunca conocería.
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