Fausto Villanueva.
—Ya basta María, deja de gritar por un instante por el amor de Dios — pedí tomando mi frente y sintiendo jaqueca.
—Ah ¿Ahora yo soy la que debe callarse? —
No le contesté nada y solo decidí irme al baño y encerrarme mientras la mujer seguía recriminándome.
Mis manos fueron directo al grifo de la canilla, la abrí y procedí a lavarme mi cara con agua helada. Luego al cerrar la llave me miré directo al espejo y suspiré.
No sé en qué momento mi matrimonio se fue directo al caño.
Desde que se comprometieron, desde allí.
Mi mente decidió recriminarme y yo intentaba ignorarla, todo sería tan diferente si no me hubiese casado con esta mujer por influencias de mi madre. Giro mis ojos y bufo, yo también fui un idiota al pensar que tenía razón y que María sería la mejor opción para mí. la más "digna".
De pronto mi cabeza me llevó a un lugar feliz, y mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Carmín.
Pensaba en Carmín, por alguna razón no he podido borrarme a esa dulce chica de la mente. Sus ojos, su cabello, sus labios...toda ella era una divina tentación, sin evitar el hecho de que intentó retarme en clase, y lo logró, ella simplemente cerró mi boca y equivocas ideas.
Eso terminó de volverme loco, sin dudas esa joven era perfecta.
Sacudí mi cabeza. ¿En qué estoy pensando? Esa mujer es mi alumna, es mucho menor que yo y además dudo que se fije en alguien de cuarenta y dos años.
Además, debe de tener un montón de pretendientas detrás suyo.
Por alguna razón esa simple idea me enfadaba, apreté con fuerza los costados del lavado y cerré mis ojos suspirando fuerte.
—No Fausto, no, debes calmarte, no puedes pensar así, es tu alumna — me reprendo a mí mismo.
Claro, eso y tengo un matrimonio que respetar. Uno que se está yendo por la borda.
Seco mi cara y decido salir del encierro. Los gritos de mi mujer han cesado lo cual me da luz verde, voy hasta la habitación para comprobar lo que sospeché, la veo tirada y dormida en la cama. al lado en la mesa de luz se encuentra un frasco abierto de pastillas para dormir.
Suspiro con cansancio, desde hace más de cinco años que se toma esas pastillas, según ella, el estar medicada la hace olvidarse del matrimonio infernal que tiene gracias a mí. Niego lentamente mientras me siento en el borde.
Saco mis zapatos con lentitud y observo su cuerpo profundamente dormido. Ella ya no es la misma, ya no. Noto algunas canas en su rojizo cabello ondulado, que cae por su calmado rostro, ha subido quizás dos kilos más en este tiempo, no me mal entiendan, es solo que me sorprende ya que María siempre fue de cuidar gramo por gramo su grasa corporal.
Miro el reloj de pared que da las 23:45 p.m. Estiro los músculos de mi espalda y tomo las almohadas y una colcha del placar, no pienso dormir a su lado, ni hoy ni mañana...pasado no lo sé, siento que dormir a su lado solo sería alimentar de manera hipócrita la idea de matrimonio perfecto que ella aún tiene en su mente y que tanto le gusta presumir ante la sociedad.
Camino ya cambiado con mi pijama a la habitación de invitados, evito hacer mucho ruido, no por mi mujer ya que ella al tomar esas pastillas queda dormida cuan zombie, sino por mi hijo Lucas quien últimamente se ha preocupado más de lo normal por nuestro estado en pareja.
Para asegurarme abro la puerta de su alcoba y noto que está contando ovejas en sueños, ya aliviado voy a mi destino, el cuarto de invitados me espera nuevamente, tan cómodo, solitario y envuelto en una paz que me abraza de manera agradable.
Siento la calidez del lugar, cierro la puerta con cuidado y prendo la luz. Acomodo las frazadas sobre la cama, pues estamos en otoño y la temporada deja mucho que desear, una vez listo voy al sanitario a hacer mis necesidades, cepillo mis dientes al acabar y me dirijo a la zona de descanso.
Mis músculos se relajan al estar en contacto con el cómodo colchón y más al sentir el calor de las sábanas.
Coloco mis brazos detrás de mi cabeza sobre la almohada y cierro mis ojos con intención de acabar con este largo día, pero al hacerlo unos ojos de color verde aparecen en mi mente.
Carmín.
—Mierda —susurro alterado —sal de mi mente, eres solo una niña —
—Por supuesto que no lo es, y lo sabes, ya tiene veinte —
Mi subconsciente que ahora ha tomado forma de diablillo comienza a hablar, y tiene razón, según sus registros escolares ella ha cumplido veinte años el mes pasado. Sin evitarlo una sonrisa se asoma al recordarla.
—No pasa nada si ustedes tienen una relación, ella ya es mayor de edad y además, las relaciones más allá de las académicas entre alumnos y profesores no está penado por la ley... —
Ahora comencé a escuchar con más interés a esa diminutiva voz con ideas depravadas, la cual estaba seguro de que me terminaría por hundirme en un pecado infernal.
La otra parte racional de mi cabeza me decía que deje de pensar en tonterías, que debería dormir ya debido a que mañana me toca ir al despacho muy temprano y estas locas ocurrencias solo lograrían desvelarme. Además, estoy casado.
—¿Casado? ¿A eso se le puede llamar matrimonio? Desde que nació Lucas ya nada fue igual, ¿Dese hace cuanto no tienes sexo? Si, hace más de seis años. —
Que frustrante.
La idea del sexo con María se ha vuelto una misión imposible, entre las peleas, sus creencias de que yo le soy infiel, sus ideas de que ya no me gusta o simplemente el que diga "estoy cansada, me duele la cabeza y todo por culpa de un marido que no me presta atención", todo simplemente es un asco.
—Quizás Carmín sea esa salida, además, solo sería un revolcón y ya...Nada serio —
Claro, como si fuera que una joven tan bella como ella se fijaría en mí.
—Tal vez si ella tuviera alguna falla en la materia... —
Es imposible, estoy seguro de que será una de mis mejores alumnas.
Ya basta. Reprimo mis deseos más oscuros y obligo a mi mente apagarse.
— — —
—
Acomodo mi saco y me preparo para dirigirme a la oficina. La mañana no ha comenzado de la mejor manera, pues he discutido nuevamente con mi mujer y mi hijo ha presenciado todo.
Estiro mis músculos y cierro la puerta del carro con algo de fuerza, me aseguro de trabarlo e ingreso al edificio.
Despacho Lombardo's y asociados. Uno de los mejores despachos de abogados que existe en la ciudad, sin duda Emilio Lombardo ha hecho un trabajo excelente no solo como abogado, sino dando prestigio al lugar.
Tuve la suerte de quedarme aquí sin importar lo que había sucedido, pues el dueño del lugar era mi exyerno sin embargo, él y yo jamás mezclamos lo laboral con lo personal, más aún siendo que comencé aquí con tan solo 22 años.
Doy un sorbo al café que está en mis manos mientras saludo a mis colegas, voy directo a la secretaría principal para registrar mi llegada el día de hoy.
Viernes 30 de abril, adoro los viernes ¿No lo he mencionado antes? Es el único día en el cual no doy clases en el instituto así que aprovecho para trabajar unas horas aquí y tomarme la tarde libre.
Termino de poner mi firma y al darme la vuelta mi café chocó contra lo que noto es el estómago de una mujer, escucho un grito de sorpresa y seguido un insulto.
—¡Ay! ¿Acaso eres imbécil? Esto quema — chilló.
Esa voz...esa dulce voz.
—Carmín — sonreí al decir su tierno nombre.
—Profesor Villanueva — susurró con sorpresa e intentó sonreír, pero falló —y -yo lo siento de verdad, que vergüenza — dijo intentando tapar su blusa color hueso que ahora portaba una enorme mancha color marrón.
—No, no, para nada, fui yo quien se no se fijó —mis ojos fueron sin disimulo a la transparencia que se había formado en su escote.
Ella notó mis ojos ya que notando incómoda cruzó sus brazos en forma de cruz intentando taparse.
—Yo de verdad, ven, vamos a mi oficina y lo arreglamos —
—No, no de verdad, no es necesario...mejor me voy a casa y —
—¿En qué viniste? —
—En taxi — su voz sonó apenada.
—No, de ninguna manera te irás con esa transparencia en taxi, por favor vamos a mi oficina y allá lo arreglamos —
Noté como tragó saliva, pues nuestra escena había llamado la atención de todos los presentes.
Sin disimulo tomé su brazo.
—Ainara —
Al instante la secretaria de cabellera larga se acercó a nosotros.
—Si señor, señorita Altamirano — me sorprendí al escuchar su apellido, pues la conocía.
—Por favor encárgate de buscar una camisa limpia para la señorita y un par de toallas, y llévalas a mi oficina —
—De inmediato —
Sin esperar comencé a caminar con ella a mi lado, intentaba mantenerme serio, pero no lo lograba, la verdad el incidente me parecía como de película y el saber que fue justo a la causante de mis recientes desvelos...lo hizo más interesante.
Tomamos el ascensor y pude notar su rostro enrojecer, rascó su nuca y suspiró.
—¿Arde? — pregunté acercándome intencionalmente a su espacio personal.
—Como no tiene idea —
Su respuesta abrió paso a mi inminente imaginación, quien con observar la tierna y un poco asustada mirada de la chica me dio espacio a un campo perfecto.
Un campo lleno de excitación, lujuria y pecado.
Puro pecado.