El mes siguiente fue muy complejo para Lidia. Equilibrar sus manías y encontrar las recetas adecuadas para presentarle a Miguel resultó hacerla sentir casi en la cuerda floja a metros de distancia del suelo. Hubo días de lágrimas a medio día frente al fregadero llenándose las fosas nasales del olor quemado emanando del horno y dudas sobre qué tan impresionados podrían quedar quienes probaran las galletas. También tuvo momentos de discusión con Gael que comenzaban a partir de un ingrediente que se sentía fuera de lugar, y que acaban en apreciaciones filosóficas de lo que significa ser humano y existir. Cómo olvidar las mañanas de resaca posteriores a tardes de tequila y llanto. Todo el proceso fue mucho más agotador emocionalmente de lo que fue el simple hecho de hornear masa dulce.

