El sol comenzaba a asomarse tímidamente entre las nubes cuando Greta salió al balcón de la mansión de Gino. La brisa marina era fresca, pero no lo suficiente para calmar el tumulto que llevaba por dentro. Dos meses. Dos meses desde que había abandonado a Vicenzo, y su vida parecía haber dado un giro que no terminaba de comprender. Y ahora esto. Estaba sentada en una silla de mimbre, con una taza de té entre las manos, tratando de ordenar sus pensamientos. Había contado los días una y otra vez, repasando cada detalle con la esperanza de que su mente le estuviera jugando una mala pasada. Pero la verdad era innegable: tenía un retraso. "¿Cómo pasó esto?", pensó, llevándose una mano al rostro. Los anticonceptivos que había tomado religiosamente, esos que siempre parecían ser una barrera infa

