El gato atrevido

4121 Palabras
A la mañana siguiente, volvió a llegar Rick, queriendo hacer las cosas que antes hacía cuando estaba conmigo. Rick dejó mi taza en la mesa de café, la que encontré hace años en una venta de garaje y nunca me dejaba usar en nuestra casa donde todo tenía que coincidir. La mesa era de hierro forjado con una parte superior de mosaicos de colores, la mayoría de los cuales estaban intactos y sin astillas. Tenía carácter.   —Nunca te gustó esa mesa—, le dije, tirando el periódico al lado de su taza. —Aléjate de eso—.   Levantó los brazos hacia mí y sonrió. Con el tiempo suficiente, podría aprender a odiar esa sonrisa. Pero todavía no. Contra todo sentido común, todavía tenía el poder de hacer cosquillas en los bordes de mi corazón.   —Ven aquí, nena—. Me dijo con aquella picardía.   Di un paso atrás.   Se levantó y vino detrás de mí. Me recordé a mí misma que no había venido a buscarme la noche que me fui. De hecho, en lugar de caer de rodillas y suplicar mi perdón después de haberlo atrapado en nuestra cama con esa persona Fluffy, había señalado que esta casa estaba entre inquilinos, vacía y disponible, y tal vez debería mudarme. Él y la tal Buffy se quedarían con la casa que habíamos estado viviendo ya que era demasiado cara para mí. Realmente magnánimo de su parte. Todo le coincidía.   El recuerdo de esa tarde de pesadilla, el dolor y la ira, se apoderó de mí. Me volví y me dirigí hacia la puerta. Volvería afuera. Escóndete en los arbustos. Gatea por la alcantarilla pluvial. Empieza a trotar y correr a otro lugar. Lo que sea necesario para alejarte de él.   Envolvió sus brazos alrededor de mí por detrás y comenzó a mordisquear el costado de mi cuello.   Alguien gimió, alguien sin orgullo y sin sentido común.   —Nunca solíamos recibir el periódico—, susurró. —Echemos ese en el jardín de Paula, y saldré por otro, como solía hacer todos los días. Traeré un papel y algunas de esas donas de chocolate que amas. Nos sentaremos en la cama y leeremos el periódico mientras comemos donas—. Me mordió el otro lado del cuello.  —Y puedes leer los cómics en voz alta mientras le hago algunas cosas malas a tu cuerpo—. Pasó sus manos por mi cuerpo y lo jaló contra el suyo, recordándome algunas de esas cosas perversas que había hecho tan recientemente como anoche. Afortunadamente, las donas de chocolate también me recordaron otras cosas malas que había hecho.   Me aparté y lo enfrenté. —Elegiste ese lugar de donas al otro lado de la ciudad para tener tiempo de ir a ver a tu amiga de la semana para quién sabe qué cosa antes de volver a casa. Las donas eran para darte la energía para actuar de nuevo conmigo—. Le dije con mucho recelo.   Agachó la cabeza y pareció arrepentido. Bueno, lo más cercano al arrepentimiento que le fue posible.    —Lisa, lo siento. Cometí un error, muchos errores. Te amo y te he echado de menos—.   Lo siento. Cometí un error, muchos errores. Te amo y te he echado de menos. Sabía que eran solo palabras vacías, una perorata de ventas. Sabía que no iba a cambiar, que no lo había hecho y no lo haría por el resto de su vida. Aun así, había estado esperando seis semanas para escucharlo decir eso... y sabía cómo presionar todos los botones correctos. Sabía que necesitaba empujarlo lejos, revisar la alcantarilla pluvial, correr por mi vida y mi cordura. Pero permanecí de pie allí, a centímetros de mi torturador.   Pudo ver que estaba vacilando. Se acercó y puso sus brazos alrededor de mi cintura, su frente contra la mía. Cariñoso y familiar más que seductor. Era un vendedor muy bueno.    — ¿Recuerdas cuando nos casamos y estábamos tan arruinados que tuvimos que dormir en el suelo? La tabla de planchar hacía las veces de nuestra mesa. Una gran noche para nosotros fue un picnic en el parque. Cogería esa vieja guitarra que compré en una casa de empeño y te cantaría de nuevo. Para nuestro primer aniversario, me subí a un árbol y canté—. Comenzó a cantar suavemente con una voz que coincidía con su sonrisa. Trataba de hacerme recordar todas esas cosas bonitas que vivimos, pero que va, no podía volver a caer en sus garras.   Este viaje por Memory Lane de repente, fue mucho más seductor que todas las caricias de la noche anterior.   Detrás de nosotros algo golpeó y produjo un espantoso ruido de propulsor. Ambos nos dimos la vuelta. El gato estaba de pie sobre la mesa de café, la cola en el aire, la espalda arqueada, sus ojos azules lucían demoníacos con sus rendijas verticales negras. Abrió la boca para hacer ese ruido de nuevo, y sus colmillos parecían de media pulgada de largo. Parecía dos veces más grande de lo que recordaba. Tuve un instante de pánico, preguntándome si estaba rabioso o algo así, pero su mirada se centró únicamente en Rick.   —Algo está mal con ese gato—, dijo Rick, retrocediendo. —Será mejor que llamemos a Control Animal—. Entró en un estado de pánico con el gato.   El gato en cuestión bajó la cabeza y miró dentro de la taza de la que Rick había estado bebiendo y luego soltó un estornudo de gato o tal vez un bufido de disgusto. Estaba actuando de manera extraña, pero me había dado la diversión que necesitaba para encontrar algo de mi sentido común y tal vez una pizca de orgullo. Me aparté al instante de Rick y me acerqué al gato que ahora se veía tan dócil como siempre, aunque todavía tenía la expresión —Soy gato, soy superior—.   Me incliné para acariciarlo con el fin de darme unos segundos más para recuperarme de la Invasión de Rick. Mientras lo hacía, miré distraídamente el líquido oscuro en la taza, con curiosidad por saber qué podría estar bebiendo Rick que el gato encontraba tan repugnante. Las únicas bebidas que tenía en la casa eran Coca-Cola, té, agua y leche.   El agua es clara, la leche es blanca, el té es ámbar y la Coca-Cola es marrón y burbujeante. Esto estaba oscuro sin burbujas. Había una remota posibilidad de que pudiera haber hecho chocolate caliente, pero tampoco se veía así. Lo que sí parecía era...   — ¿Qué estás bebiendo? — Reclamé. —No tengo café en la casa—. Le comenté.   —Tenía un frasco de café instantáneo en mi maletín— dijo con orgullo.   Había traído su propio café. De cuándo acá tenía café en su maletín. Bueno algo ha cambiado en su vida. Podía sentir el vapor saliendo repentinamente de mis oídos, como en una de esas caricaturas. ¡Obviamente, el hombre arrogante había tenido la intención de pasar la noche todo el tiempo! En mi casa, escapando de la susodicha (Muffy, Dunffy o algo así) Busqué un arma contundente. Eso es lo que viene de tener una casa limpia. No había ningún arma a la vista. Pisoteé hasta el final del sofá, agarré su maletín y se lo arrojé con toda la fuerza que pude reunir. Golpeó su estómago, un poco más alto de lo que había apuntado. Aunque diría que demasiado. — ¡Ay! ¡Eso duele! — refunfuñó.   —Bien. Pues vete afuera ahora. — Lo miré y señalé hacia la puerta. Tratando de que hiciera lo correcto.   —Cálmate, nena. Iré por unas donas de chocolate y hablaremos de esto... — me insistía con lo de las donas de chocolate.   Ese último recordatorio de su engaño me envió al límite. —Si me llamas nena una vez más o te quedas en mi casa un minuto más, voy a buscar mi nueva escopeta de dos cañones y te cambiaré de un toro a un novillo aquí mismo en mi sala de estar, y ese es un lío que no me importará limpiar —. Tan molesta estaba que me salió amenazarlo y demás.   Agarró el maletín, lo sostuvo frente a él y soltó una risa nerviosa. —Por favor Lisa te conozco tan bien. Nunca comprarías un arma—. Pero me di cuenta de que no estaba seguro. El sudor le brotó de la frente. Puse mis manos en mis caderas. — ¿No lo haría yo? ¿Recuerdas todas esas veces en las que cuestioné tus citas nocturnas y el perfume de tus camisas y me dijiste que estaba loca? ¿Bien adivina qué? ¡Tenías razón! ¡Estoy loca! Compré una pistola y voy a dispararte donde menos te lo imaginas, eso que tienes de propiedad pública y molerlo en el triturador de basura y me darán medicamentos y terapia y ni siquiera tendré que ir a la cárcel porque ¡estoy loca! ¿Qué te parece? — Me dirigí al armario de los abrigos y rodeé el pomo de la puerta con la mano.   —Ahora, nena... — volvió a decirme así.   — ¡Deja de llamarme así! — Giré el pomo y abrí la puerta de un tirón. Tenía tantas cosas allí, sabía que no podía decir si estaba escondiendo un cañón. Dejé a un lado algunos abrigos y busqué a tientas detrás de la aspiradora. Tenía que hacer algo para que entrara en razón y de verdad se fuera, de una vez y por todas.   —Uh, escucha, ba... eh, Lisa, tengo que irme. Te llamaré. — como que estaba resultando lo que acababa de hacerle a Rick.   Salió corriendo por la puerta principal. No lo vi irse. Me quedé de pie junto al armario de abrigos que contenía varios abrigos, mis botas de frío, un cubo de hielo sin tapa, una aspiradora, una escoba y otros caprichos... pero ¡adivinen! sin escopeta.   Había estafado y le había mentido perfectamente con éxito a Rick para que saliera de mi casa en un santiamén. Me sentí bien, muy bien. La adrenalina estaba subiendo. Me reí y bailé un pequeño hit descoordinado alrededor de mi sala de estar.   Mi sala de estar vacía. Sí, me las había arreglado para que Rick se fuera. Logré lo que me propuse hacer, lo que tenía que hacer. Lo había hecho bien muy bien.   Cuando pasó ese subidón de adrenalina, seguro que dejó un residuo desagradable. Me estaba yendo bien. Quizás no sea genial, pero está bien. Ahora estaba más o menos de regreso al día en que regresé a casa temprano de la tienda con un virus estomacal y lo pillé a él y a la tal Tuffy en mi cama. Ese día hasta el cielo se tornó gris.   Entre momentos en que colgaba la cabeza sobre el inodoro, había empacado una maleta con el álbum de recortes de la universidad, dos pares de jeans azules, sin camisa, una bufanda de seda roja y otros detalles elegidos al azar, ya que mi cerebro no funcionaba en ese punto, luego salió por la puerta. Con cada artículo que ponía en esa maleta y cada paso hacia esa puerta, me repetía a mí misma que acababa de pasar por lo peor, que sola podía mejorar.   Bueno, esta mañana no fue peor que ese día, pero tampoco fue mucho mejor. Solo yo tenía la culpa de este revés. Debería haberlo enviado a hacer las maletas anoche. Pero había sido una idiota total. Ni siquiera le había preguntado dónde estaba Huffy. Supongo que esperaba que su visita significara que ya se había separado. Considerando sus disculpas, su admisión de que había cometido un error y la cantidad de llamadas perdidas en su teléfono celular, tal vez lo hicieron. O tal vez había ido a visitar a su madre enferma por la noche y él había aprovechado la oportunidad, pero había regresado a casa temprano.   No importaba. No lo aceptaría de regreso incluso si viniera gateando y suplicando con un montón de rosas mi perdón. Oh, me gustaría verlo gatear y suplicar, por supuesto. Para poder darle una patada en los dientes. De acuerdo, la verdad... así podría ponerme mis botas de vaquera con los dedos reforzados de acero en punta y patearlo donde más le duele.   Pero nunca lo aceptaría bajo ninguna circunstancia. Estaba absolutamente segura de eso. Bueno, casi absolutamente positiva. El gato, el rey Enrique, lo había llamado, y eso parecía encajar, se acercó para frotarme la pierna.   —Gracias amigo. Agradezco la tranquilidad—. Ronroneó y frotó un poco más.   —Olvídalo—, le regañé. —No soy una persona de gatos e incluso si lo fuera, perteneces a otra persona. A diferencia de algunas personas que podría nombrar, no me meto con los maridos o gatos de otras personas. Vamos a encontrar a tu dueño ahora mismo ¿Te parece?—. Aunque podría quedarme con el gatico y así me haría compañía.   Salir con el gato sería un buen proyecto semanal, me sacaría de la casa y me mantendría ocupada para no pensar en lo vacío que se había vuelto este lugar ahora que Rick había aparecido y luego se había ido de nuevo. Le había prometido a mi madre que vendría esa tarde, pero eso fue antes de Rick. Simplemente no me sentí con ganas de enfrentarme a mis padres durante unos días.   Mamá estaba decepcionada pero muy comprensiva cuando llamé para cancelar. Siempre se siente decepcionada, pero muy comprensiva cuando soy poco confiable e irresponsable porque sabe que soy una persona poco confiable e irresponsable. Me lo dice muy a menudo para que ninguna de las dos lo olvide.   No mencioné a Rick durante nuestra conversación telefónica, y ella tampoco. Ella y papá estaban bastante molestos por el divorcio, y aunque nunca lo dijeron, sabía que pensaban que el problema era mi tendencia a ser poco confiable e irresponsable.   Esto no quiere decir que alguna vez hubieran aprobado el matrimonio. Se habían opuesto rotundamente a ello. Ellos habían estado tan cautivados por su encanto como yo, pero querían que siguiera los pasos de papá e ir a la escuela de leyes. Estaba tan decidida a no ir a la facultad de derecho como a casarme con Rick.   Sin embargo, cuando anuncié que lo había dejado, decidieron volverse retroactivamente a favor del matrimonio. Creo que tal vez hice algo para complacer a mis padres cuando tenía nueve años, pero podrían haber estado fingiendo esa vez.   Después de hablar con mi madre, levanté a Enrique sobre mi hombro, donde yacía felizmente ronroneando y fui a la casa al otro lado de mí y de la de Paula. Aunque las persianas todavía estaban cerradas, sabía que Freddy Gutiérrez estaría levantado. Freddy es un nerd de las computadoras y un viejo aficionado al cine que vive solo con un dormitorio asignado para que él duerma, uno para su computadora y todo el equipo periférico que usa en su trabajo (no estoy segura de cuál es ese trabajo) y el tercero por su colección de películas antiguas. A esta hora de la mañana estaría en la sala de ordenadores. Por las noches, visita sus películas. Freddy mantiene un horario rígido.   Nos conocimos cuando Rick y yo compramos la casa de al lado. Freddy y yo nos unimos de inmediato, y él y Rick se odiaban a primera vista. Una buena referencia para Freddy. Toqué el timbre y esperé en el porche perpetuamente limpio de Freddy con el rey Enrique colgando de mi hombro.   La casa de Freddy era al menos tan vieja, si no más vieja, que la mía, pero la suya parecía nueva. Mantuvo todo en perfecto orden, incluido su césped. Sus arbustos no se atreverían a crecer una hoja irregular, y siempre tenía muchas flores coloridas sin una sola flor muerta o marchita a la vista. O Freddy los cortó en medio de la noche, o las flores en su jardín respondieron a su naturaleza obsesiva y no murieron como flores ordinarias. Cuando terminaron su vida, inmediatamente se convirtieron en polvo y se asentaron invisibles en el suelo. Mi jardín le da ataques. Llegué a casa a la mitad del día una vez poco después de mudarme y lo encontré cortando el césped. Fingí no darme cuenta y luego le llevé una cacerola de brownies al día siguiente, y nuestra amistad se estableció en chocolate.   Toqué el timbre por segunda vez y estaba empezando a preguntarme si Freddy estaba ocupado destruyendo la evidencia de las incursiones de las flores de medianoche, cuando finalmente abrió la puerta. Freddy es alto y larguirucho con el pelo blanco impecablemente cortado y peinado. Llevaba anteojos con armazón de alambre que siempre se veían perfectamente claros, sin manchas ni pelusas, como la gente normal tiene en sus anteojos. —Hola, Lisa—, saludó, mirando al rey Enrique de reojo. —Estoy seguro de que los activistas animales aplaudirán que uses el animal vivo en lugar de solo la piel, pero podrías tener problemas en el guardarropa—.   —Sabes todo lo que pasa por aquí Freddy. ¿A quién pertenece esto? — Señalé al gato.   —Nunca lo había visto antes, pero me parece que te pertenece. Estoy preparando ensalada de pollo para el almuerzo, si quieres puedes volver en una hora—. Me hizo una invitación para comer juntos.   Me dio un impulso muy necesario el hecho de que Freddy quisiera que viniera a almorzar. Creía que la cortesía no debería implicar hacer nada que no quisiera hacer, así que cuando me invitó, supe que realmente quería verme. —Gracias. Me gustaría eso. —   Llevé al rey Enrique a mi casa. Como tenía que esperar una hora, arrastré un par de cajas aún empaquetadas desde el sótano. Sí, sé que debería haberlo desempacado por completo en ese momento, pero desempacar todo fue como una admisión de que estaba allí permanentemente, y una parte loca de mí, la misma parte que durmió con Rick anoche, no estaba del todo lista. Para hacer eso.   Dejé las cajas en medio del piso de la sala. Demasiado para mi casa limpia. Bueno, siempre supe que no duraría. En el desorden noté, entre otras cosas, una sartén de hierro oxidada, unas pinzas de hielo antiguas, un sujetalibros de mármol astillado, una plancha vieja... todo tipo de armas que podría haber usado antes para asustar a Rick. O hacerle daño. Sí, definitivamente ese negocio de limpieza de la casa estaba sobrevalorado.   Cogí un cuchillo de la cocina, otra arma potencial, y corté las cajas, luego encontré un marcador mágico rojo e imprimí la descripción de Enrique y mi número de teléfono en media docena de carteles de cartón para colocar en el vecindario.   La primera parada fue directamente al otro lado de la calle de mi casa. El lugar había estado desocupado durante más de dos meses. El propietario vivía en Estados Unidos, por lo que las probabilidades de que me metiera en problemas eran mínimas por usar el árbol del jardín delantero como letrero. La cerca de tela metálica, años atrás, había sido totalmente consumida por un seto de unos cuatro pies de alto por delante y por detrás. Un enorme roble estaba al otro lado en una esquina. Un lugar perfecto para poner mi primer cartel.   Miré por encima del cercado y noté con cierta satisfacción que el césped estaba en peor estado que el mío. Tal vez debería seguir este ejemplo y poner una especie de cerca alrededor de mi casa para esconder el trébol y los dientes de león. Naaah. ¿Por qué privar a mis vecinos de la oportunidad de sentirse superiores porque su césped se veía mejor que el mío?   Estirándome de puntillas e inclinada sobre el cercado, sostuve uno de mis carteles lo más alto que pude por el tronco del gran roble, coloqué un clavo, eché hacia atrás mi martillo, rompí mi pulgar y dejé caer el clavo y el martillo en el otro lado del cerco. Doblándome por el dolor, apreté mi pulgar con mi mano ilesa y repasé todo mi vocabulario de malas palabras. Finalmente, el dolor se redujo a una agonía palpitante en lugar de una agonía penetrante, y me di cuenta de que bien podría lidiar con él y seguir adelante con las cosas. No había nadie alrededor para ofrecerle simpatía.   Esa sensación de vacío y soledad me invadió de nuevo, y consideré sentarme en la acera, limpiar el pulgar dolorido y sentir lástima por mí misma. En cambio, decidí recuperar mi martillo y colgar ese gran letrero, luego ir a casa y hacer algunas galletas de mantequilla de maní con chispas de chocolate para llevar a la casa de Freddy. El chocolate era lo mejor después de la simpatía.   ¿O era la simpatía lo mejor después del chocolate?   Me acerqué a la puerta tentativamente. La primavera pasada, la pareja de ancianos que había vivido allí durante veinte años había muerto en un período de dos meses y se lo había dejado a su hijo en Florida, quien había declarado que no estaba dispuesto a vender la casa de su infancia, pero que tampoco estaba dispuesto a invertir mucho dinero en reparaciones.   Durante mucho tiempo, los padres no habían podido seguir así como debían, y no había mejorado desde su muerte. El cerco y la puerta habían avanzado mucho hacia la unión inextricable. Finalmente logré abrirlo, rompiendo algunas ramitas y hojas en el proceso.   Caminé hacia el árbol tentativamente, sin saber qué acechaba en la hierba que me llegaba hasta los tobillos. Al acercarme a la esquina, vi mi martillo en un área donde la hierba estaba presionada como si un animal grande hubiera estado durmiendo allí. Podría ser el perro n***o grande y amistoso que deambulaba por el vecindario. Siempre había asumido que pertenecía a alguien, pero tal vez no. O tal vez simplemente durmió.   Cuando me agaché para recuperar mi martillo, percibí una bocanada de humo de cigarrillo rancio en la hierba. Puede que no esté segura de dónde vivía ese perro, pero estaba relativamente segura de que no fumaba.   Sin embargo, sabía que tenía razón sobre el olor. Nunca fui fumadora. A la edad de catorce años, mi prima Carol y yo compramos un paquete, cada una tomó un par de bocanadas e inmediatamente lamentamos haber gastado dinero en algo que no sabía bien cuando podríamos haber comprado chocolate.    En consecuencia, soy bastante sensible al olor y no tenía ninguna duda de que alguien había vaciado recientemente un cenicero o dos en ese lugar, aunque no vi colillas. ¿Y qué? Me pregunté a mí misma. Cogí el martillo y me puse de pie. Probablemente adolescentes. Pero no teníamos adolescentes en el área inmediata. Visitar adolescentes, entonces. Sí, claro, como cualquier adolescente rebelde y que se respete a sí mismo pasaría el rato voluntariamente en Pleasant Grove. No estaba segura de por qué, pero todo el asunto me dio una sensación espeluznante. Me dije a mí misma que solo estaba siendo paranoica después de la escena con los policías en la casa de Paula, pero se sabe que me mentí a mí misma antes... como todos esos meses que me dije a mí misma que Rick me estaba diciendo la verdad.   Aparté la hierba a un lado con la punta de una zapatilla y busqué colillas de cigarrillos. No vi nada. O me estaba imaginando el olor o las cenizas se habían filtrado a través de la hierba dejando el olor, y alguien había limpiado muy bien todos los traseros. ¿Adolescentes ordenados? Estaba bastante segura de que eso era un oxímoron. Luego vi un poco de blanco. Me agaché para ver más de cerca. Era una parte de un filtro que se había triturado en pedazos. El fumador ordenado debe haber encontrado las otras partes, pero se perdió esta. Todavía estaba blanco. Había llovido el miércoles, así que estaba fresco.   ¿Y qué? Me pregunté de nuevo, consciente de lo absurdo que era todo esto. Definitivamente necesitaba tener una vida si un poco de filtro de cigarrillo pudiera fascinarme de esa manera. Comencé a levantarme y luego noté una especie de túnel en ángulo a través del cerco. Las hojas habían sido cortadas. Este no fue un fenómeno natural. Alguien había creado deliberadamente un túnel que era más grande en este lado y más estrecho a medida que pasaba por un agujero en la cerca de alambre y luego hacia el otro lado. Desde ese otro lado, no se notaba en absoluto, aunque le daba a cualquiera sentado en el césped y fumando cigarrillos una vista perfecta de la casa de Paula.  
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