Una hora y media después estaba sentada en el rincón del desayuno de Freddy en su mesa de roble pulido que nunca parecía ensuciarse o mancharse, con vista a su patio trasero donde los árboles no dejaban caer las hojas y los pájaros nunca hacían caca. Una inmensa casa.
Le di un bocado a su ensalada de pollo con pan casero, saboreando los delicados sabores. Si pudiera persuadir a mi amigo Freddy para que venga a trabajar a mi negocio, todos seríamos ricos, pero él prefiere sentarse frente a la pantalla de esa computadora todo el día y hacer lo que sea que hace.
—Este pan es maravilloso—, le dije, saboreando cada mordisco del pan.
Estudió la porción sin comer de su propio sándwich y frunció el ceño. —La corteza no está lo suficientemente crujiente—. Dijo. Seguidamente me explicó que el pan casero que había aprendido a hacer era el básico el que forma parte de la dieta tradicional en Europa, Medio Oriente, América y Oceanía. Lo preparó mediante el horneado de la masa que la preparó con harina de cereal, agua, sal y un como de levadura. La verdad es que le había quedado muy rico.
—Estás loco, es perfecto — le dije, con cara de entusiasmo.
—La temperatura de mi horno debe ser inexacta— Aseguró él.
—Estás loco definitivamente — comenté asintiendo.
—Quizás — murmuró.
Pronunció la última palabra con tanta dignidad y solemnidad como había expresado sus críticas a su pan.
Me reí y Freddy sonrió.
Sabía que Freddy sabía que Rick había pasado la noche a pesar de que mi camino de entrada estaba en el lado opuesto de mi casa con varios árboles en el medio. El hombre sabía todo lo que sucedía. Lo acusé de tener un periscopio desde su computadora hasta la chimenea, así como insectos en todas las casas del vecindario. Él actúa sorprendido cuando lo menciona, afirmando que vive en su propio pequeño mundo y que a veces ni siquiera sabe cómo está el clima afuera. De ser eso cierto, puede que Freddy llegue a parar en loco.
Sí, claro, y Rick acaba de tener ese tarro de café instantáneo en su maletín.
Sin embargo, realmente no quería pensar en Rick en ese momento, y Freddy nunca lo mencionaría si no lo hacía. Entonces elegí otro tema.
—La policía vino a visitar a Paula esta mañana—, le dije. Pero no en forma de chisme, créanme que no fue así. La verdad ambos nos preocupamos por todo lo que pasa en el vecindario. Y como lo que pasó es a nuestra adorada amiga, tenía que contárselo a Freddy.
El asintió.
—Ahora, ¿cómo podrías saber eso si no tienes un periscopio? — le pregunté firmemente.
—Me lo acabas de decir—. Respondió, como dándome a entender que andaba un poco loca, ¿Sería?
Asintió con la cabeza, lo que indica que ya lo sabía. Y no era que me quería tratar de decir que estaba loca.
—Asentí con la cabeza como un reconocimiento cortés de que estoy escuchando lo que estás diciendo—. Me dijo Freddy.
Levanté una ceja con escepticismo. A veces no soy positiva cuando está bromeando, pero nunca se lo dejo saber. Cuando terminé mi sándwich, saboreando cada migaja, le conté sobre la visita de los policías.
—Siempre me he preguntado por qué una mujer querría teñirse el cabello rubio de castaño—, dijo cuando terminé de contarle. Pensé que yo era la única que se fijaría en algo así. Pero que mal equivocada estaba. Ya que Freddy andaba en las mismas.
— ¿También te diste cuenta de eso? No tenía referencias cuando se mudó. Rick no quería aceptar su solicitud para alquilar la casa, pero yo insistí. Creo que tuvo un marido abusivo y se esconde de él. ¿Qué opinas? — le pregunté dudosa a Freddy.
Asintió lentamente.
— ¿Es un gesto de asentimiento o simplemente un gesto cortés para demostrar que me escuchaste? — le pregunté para asegurarme.
—Es un asentimiento contemplativo. Estoy considerando la posibilidad. Está obsesionada con mantenerse para sí misma y es extremadamente protectora con el niño. ¿Quieres más té? — fue tan rápida esa respuesta.
—Sí, por favor. —
Mientras Freddy servía el té, quité la envoltura de plástico del plato de galletas de chocolate con mantequilla de maní aún calientes que había traído.
—Bueno—, dijo, seleccionando la galleta redondeada más uniformemente del plato, —supongo que no es asunto nuestro. Si Paula quiere que sepamos cuál es su problema, nos lo dirá en algún momento—. Me dijo él. Con cara de despreocupado.
—A menos que esté demasiado asustada para tomar una decisión racional. Puede que necesite nuestra ayuda—. Le hablé a Freddy del agujero que atravesaba el cerco y la colilla. — ¿Has notado alguna actividad allí? ¿Alguien merodea? — comenté.
Durante varios momentos miró por la ventana y finalmente negó con la cabeza. —No creo que la policía la esté observando a través de un agujero en el cerco. Ese no es realmente el estilo de ellos—. Dijo Freddy muy seguro.
—Lo sé, pero podría ser su ex marido o alguien a quien haya contratado para encontrarla. Su número de teléfono no listado apareció en el apartamento muy cerca de Larry, él no lo tendría en un papel en su apartamento porque sí—. Le dije a Freddy angustiada.
— ¿Le has hablado a los policías o a Paula de este supuesto sitio de vigilancia? — dijo Freddy.
—Aún no. Ella ya está aterrorizada. Y a los policías menos. No quiero empeorar las cosas hasta que esté segura de que hay algo de qué preocuparse allí—.
Puede que tenga razón. Pero el asunto del hueco en esa casa era muy sospechoso. —creas que debo vigilar más ese lugar Freddy—. Le comenté.
—Puede que sea algo sin sentido Lisa—. Me respondió. — Quizá es alguno de esos muchachos que se la pasan de fiesta en fiesta y cuando se acaban terminan en esos sitios para pasar la borrachera—. Continuó diciendo Freddy.
—Así que lo olvidamos hasta que sepamos con certeza que hay algo de qué preocuparse—. Asintió él.
— ¡Eso es como cuando dicen! No llames al departamento de bomberos hasta que la casa esté en llamas—. Aseveró Freddy
—Creo que es un procedimiento estándar, sí—.
—Está bien, esa analogía no salió del todo bien, pero sabes lo que quise decir. ¿Por qué no revisas tu computadora, ves qué puedes averiguar sobre Paula? — le pedí a Freddy.
— ¿Puedes averiguar qué es lo que se trae consigo? —. Teníamos que saber más sobre Paula y su pasado. —Es obvio que le teme a los policías, porque lo he notado, pero deberíamos averiguar cuál ha sido el motivo de ese miedo tan atroz que siente cada vez que ve a un oficial. —
—Estaría invadiendo su privacidad Lisa—. Dijo Freddy un poco inseguro. La verdad no había pensado en eso. Pero tampoco era que era algo malo lo que íbamos a hacer.
—Es por su propio bien—. Le advertí.
—No lo sabes—. Replicó.
—No sabes que no lo es. Ella podría estar en peligro. El fuego ya podría estar ardiendo bajo el techo y en cualquier momento estallaría en llamas y entonces sería demasiado tarde—. Le dije.
—No sabemos qué puede hacerle ese tipo que la persigue, si es el caso. — dije.
— ¿Qué tal si lo que quieren es secuestrarla? Quedaría en nuestra conciencia si no averiguamos antes para poder ayudarla—.
Él no respondió. Odio cuando hace eso. Si seguía discutiendo, podría tener la oportunidad de convencerlo.
Tomé otra galleta, más chocolate para inspirarme a descubrir qué hacer a continuación.
—Está bien, lo comprobaré—, asintió de repente, —si me prometes no hacer nada más—. Me dijo Freddy muy seguro de lo que decía.
— ¿Qué otra cosa? ¿Qué podría hacer yo? — refunfuñé.
—No voy a contestar eso. No quiero darte ninguna idea, que pueda alentarte a hacer algo. ¿Tienes el número de seguro social y la fecha de nacimiento de Paula? Me preguntó.
—Claro, en los registros de mi computadora en casa—. Ya había aceptado y eso era buen resultado. Pronto sabríamos más de Paula y su pasado.
—Llámame y veré qué puedo encontrar, pero no prometo nada—.
—Gracias. — Empujé mi silla hacia atrás, me paré y le planté un beso en la mejilla, en parte porque sabía que lo haría sonrojarse y en parte porque realmente le estaba agradecida por ser mi amigo.
Cuando entré por la puerta principal de mi casa, el rey Enrique, el gran gato se levantó majestuosamente de mi sillón reclinable, se estiró, se frotó contra mis piernas y luego se acercó para estirar la mano y palmear la manija de la puerta.
—Tienes razón. Es hora de que te vayas a casa. Tuvimos una visita agradable, pero ya sabes lo que dicen sobre los gatos y los visitantes—. No tenía ni idea de lo que decían "ellos" sobre los gatos y los visitantes, pero estaba bastante segura de que él lo sabría. Tenía un aire sabio y omnisciente.
Abrí la puerta y salió, moviéndose con gracia y despreocupación por el porche.
Y de repente no quería que se fuera. Me sentía tan a gusto con el gatito que hasta sentía que lo podía extrañar.
Eso fue una tontería. Tal vez debería conseguir un perro, algo pequeño y peludo que me saludaría en la puerta y estaría tan emocionado de verme, que orinaría por toda la alfombra y luego correría en círculos rastreándolo por la casa... y luego tal vez eso la casa no se sentiría tan vacía.
O que tal un pez, tener una pecera me traería buena suerte. Eso dicen. Y la coloco que dé frente a la puerta principal, para quién vaya entrando todas sus energías malas y dañinas se queden en la pecera. Podría tener lindos peces de colores, un corroncho, un pez payaso y hasta una estrella de mar. Me da hasta cierta ilusión. Pero no creo que tuviera el tiempo necesario para limpiar la pecera y hacerle todo ese mantenimiento que dicen que hay que tener. En fin.
El rey Enrique salió al patio y luego se agachó repentinamente, agitando la cola lentamente mientras miraba fijamente algo en el trébol.
Me di la vuelta y subí las escaleras al dormitorio designado como mi oficina en casa. Sin embargo, a diferencia del sofisticado equipo de Freddy, mi computadora era tan antigua que mi programa de procesamiento de texto escribía documentos con una pluma. Pero hizo todo lo que necesitaba, todo lo que era capaz de hacer. Nunca he tenido muchos conocimientos de informática. Siempre sospeché que un hombrecito verde vive en esa computadora y hace que funcione o no, dependiendo de su estado de ánimo, y soy buena para cabrearlo. Por un lado, realmente odio a Cake en el teclado.
En lugar de una estación de trabajo modular de alta tecnología, tengo un enorme escritorio de madera construido a principios de los años 50 que pesa alrededor de cinco toneladas. Al menos, eso es lo que dijeron los de la mudanza cuando tuvieron que luchar por las escaleras. La oficina de Rick lo tiró a la basura cuando se convirtieron en estaciones de trabajo modulares de alta tecnología hace unos cinco años. Lo guardé, para su consternación. Era una tontería si estaba más feliz de verme o de que ese escritorio saliera de su casa. Pensaba por momentos.
Comencé a buscar y a buscar y localicé los registros de Paula en mi computadora, llamé a Freddy y le di la información.
Luego bajé las escaleras y salí al porche, con la esperanza de echar un último vistazo al rey Enrique, ver en qué dirección iba. Quizás podría visitarlo de vez en cuando. Podríamos hablar sobre nuestro encuentro casual y tal vez incluso ponernos filosóficos, charlar de ratones y hombres y las mejores formas de torturarlos.
Pero me estaba equivocando, seguía tendido en ese mismo lugar, mirando fijamente algo en el trébol. Salí al patio y lo comprobé, pero no vi nada. De hecho, mientras miraba a mí alrededor, no vi a nadie ni a ninguna actividad por ningún lado. ¿Alguna vez has notado lo silencioso que es los domingos, como si todo el mundo fuera a una iglesia?
Me sentí muy en los cabos sueltos. Podría volver a leer o ver televisión o lavarme el pelo o arreglar mis artículos de tocador en orden alfabético. De alguna manera nada de eso me atrajo.
Podría ir a visitar a Paula, pero odiaba hacer eso mientras Freddy la estaba viendo por computadora e investigando. Simplemente no parecía correcto.
Caminé por la calle, medio sin rumbo fijo y medio, atraída por el cerco con el agujero.
Enrique vino conmigo.
—Estamos invadiendo, ya sabes—, le aconsejé mientras atravesaba la puerta. Enrique entró como si dijera que los gatos no podían entrar sin autorización porque el mundo entero les pertenecía.
Revisé el agujero de nuevo, solo para ver si era realmente tan distinto como lo recordaba. Aunque al parecer estaba todo igual en el agujero.
Era. Definitivamente hecho por el hombre. Definitivamente un agujero. Definitivamente extraño. Pero sin duda que el agujero se había hecho con alguna herramienta adecuada. También quien lo hizo sabía qué tipo de material era la pared para traer la herramienta adecuada. Podría haber sido con una broca muy resistente.
Pero esta vez lo miraba desde un ángulo diferente... ¡y tenía una vista perfecta de mi casa! Lo habrían hecho para verme a mí de repente. Aunque también se veían otras casas más.
¿Rick había contratado a un investigador privado para que me hiciera cargo y me vigilara? De ese hombre se podía esperar cualquier cosa, hasta eso.
Sí claro. ¿Y qué bienes podrían ser esos, Lisa la Aburrida? De todos modos, eso no tenía sentido. Ya estaba obteniendo todo lo que quería en el divorcio. Qué más quería obtener de mí.
Puede que entonces, tal vez la Sra. Huffy Muffy había contratado a un investigador privado para ver si Rick la estaba engañando, todas presentimos ese momento. Sonreí ante ese pensamiento y de repente me sentí mucho mejor por dejar que Rick pasara la noche. Quizás había tenido un buen propósito después de todo.
Salimos de la gran casa abandonada, miré hacia toda la casa grande y vieja. Necesitaba mucho trabajo, pero tenía potencial, al menos desde el exterior. Una torreta, grandes ventanales, revestimiento de escamas de pescado, mucho pan de jengibre. Me recordó a una dama elegante y envejecida cuya boca de plumas estaba mudando. Sin duda que la casa tenía entradas para ser habitada por cualquier persona incluso en medio de la noche.
Caminé por el costado de la casa sin tener idea de lo que estaba buscando. Probablemente nada. Simplemente matando el tiempo, evitando volver a desempacar y tomar decisiones tan candentes como, sí guardar mi spray para el cabello debajo de H o S o ser realmente creativa y ponerlo debajo de G para pegarlo.
Si no buscaba nada en ese patio, lo encontraría. No vi más colillas de cigarrillos o partes del cuerpo o incluso huellas que surgieran que alguien más que Enrique y yo habíamos estado allí últimamente. Por supuesto, a excepción de ese lugar aplastado en la esquina del patio delantero, la hierba estaba tan alta que Big Foot podría haber estado allí cinco minutos antes sin dejar una señal. Estaríamos detrás de la persona que viene seguido a este lugar.
El patio trasero tenía una puerta que daba a un callejón. Esa puerta no estaba tan cubierta de maleza como la de enfrente y cuando me acerqué, pude ver hojas frescas y ramitas rotas. Sin duda que alguien las había arreglado porque estaban bien acomodadas.
De acuerdo, esos ordenados adolescentes que se sentaron en el patio delantero a fumar y espiarme a mí, la Reina del vecindario, o a la casa cerrada y con cortinas de Paula sin señales de vida, habían entrado por la puerta trasera. Tal vez incluso tuvieron fiestas salvajes en la vieja casa. Bueno, no muy salvaje o Freddy se habría dado cuenta. Pero sin duda que alguien más había estado allí antes.
El rey Enrique se lanzó al porche y se levantó de un salto como una bailarina de ballet, el esqueleto de los gatos es ligero, flexible, pero muy robusto y aun así pueden saltar hasta cinco veces su propia altura. Luego olisquea la madera con delicadeza, sin tocar la superficie del todo con la nariz. De repente, apoyó las orejas contra su cabeza y saltó. Dando al porche una última mirada mordaz, desapareció alrededor de la casa. Lo que fuera que hubiera estado en ese porche no era algo que Enrique quisiera conocer.
De modo que no le gustaban los adolescentes ordenados que fumaban y miraban el mundo a través de un agujero en el cerco. Vaya cosa. Yo tampoco.
Si realmente creyera que eso era todo lo que había estado sucediendo alrededor de la vieja casa, no me habría apresurado tanto para seguir el ejemplo de Enrique a través de la puerta principal.
Enrique y yo dimos un paseo por el vecindario, disfrutando del buen clima. Seguía esperando que reconociera su casa y corriera hacia la puerta principal o que alguien lo reconocería y saliera corriendo a reclamarlo. De donde realmente era este gato. Por mucho, los gatos duran fuera de casa tres días, así que tenía que esperar que pasaran esos tres días para ver si Enrique se iría o decidiría quedarse en mi casa.
Como no conseguimos nada de eso, cuando me siguió al interior de mi casa, me di cuenta de que era hora de comprar comida para gatos y una caja de arena. Enrique, obviamente, no recordaba dónde vivía. Quizás tenía amnesia felina. Así que debía ir de compras porque no le había dado buena comida al animalito.
Conseguí los artículos en la tienda de comestibles, le di de comer, puse su caja de arena en el sótano y luego volví arriba para limpiar el desorden que había creado mientras hacía letreros. Dejé la sartén oxidada, las pinzas para hielo antiguas y la plancha vieja donde estaban por si necesitaba planchar una blusa vieja, cocinar un bistec oxidado o tirar un bloque de hielo de cincuenta libras.
O amenazar a Rick.
O los adolescentes asomándose por ese agujero en el cerco.
Fruncí el ceño al pensar de nuevo en ese estúpido agujero. Si la policía no hubiera venido a hacerle preguntas a Paula, si no se hubiera teñido el cabello rubio de castaño, si no estuviera tan asustada de algo, no me habría obsesionado con ese tonto hueco.
Salí al porche. Se acercaba la noche. Las sombras se alargaban, y la vieja casa vacía de repente se veía más espeluznante que miserablemente elegante. Algo ocurría allí y quería averiguarlo. Pero ya se hacía tarde y no era capaz de devolverme una vez más para ese lugar.
El sol poniente y la brisa del atardecer hicieron cosas extrañas con la luz y las sombras. ¿Fueron solo hojas moviéndose o se movió una cortina en el segundo piso? ¿Ese destello de luz solar se reflejaba en la ventana del ático o en un telescopio de metal? ¿O incluso el cañón de una pistola? Algo raro estaba pasando en esa casa abandonada. Parecía esa casa que encontraron en Estados Unidos, especialmente en Cleveland, Ohio, en la que el asesino en serie Anthony Sowell escondía a sus víctimas.
O tal vez la casa de Amityville donde habitan espíritus malignos, eso dicen. Esa está ubicada en Nueva York una casa que fue protagonista de varias muertes.
Bueno así parecía esa casa grande abandonada, daba un poco de terror verla desde mi ventana.
— ¿Qué estás haciendo, tratando de ver a través de ese agujero en el cerco desde aquí? —
¡Salté y solté un pequeño ack! ante el inesperado sonido de una voz.
— ¡Freddy! ¿Qué estás haciendo? — acercándome sigilosamente. Un buen susto que me dio.
Se encogió de hombros y salió al porche. —Toda la banda del Cuerpo de Marines podría acercarse sigilosamente a ti cuando estás tan concentrada en algo—. La verdad es que si era cierto, estaba muy concentrada viendo que era lo que realmente se movía en esa casa al otro lado.
Ignoré su comentario y miré la carpeta que llevaba. — ¿Encontraste algo sobre...? — Incliné la cabeza hacia la casa de Paula.
— Algo así como. —
Abrí la puerta mosquitera y entramos.
—Está bien, ¿qué encontraste? — Yo pregunté.
Me entregó la carpeta de archivos. Aunque no estaba tan llena de papeles, ni de documentos que hiciera pensar que Freddy pasó toda la noche imprimiendo papeles. La carpeta traía un documento sumamente importantísimo. Pero para hacer la cosa más intensa. Freddy comienza a jugar con la carpeta, como si estuviera en la onda del juego. Lo que quería ver con desesperación era todo lo que había encontrado Freddy sobre Paula. De repente, paró de moverse y estiró sus brazos dándome la carpeta. Pero antes me dijo, que no me desmayara por lo que iba a encontrar allí. Ya que era algo muy loco. Que podría hasta no creerlo. Su insistencia era tanta que ya me estaba comenzando a dar latidos de nervios cada vez más fuertes, como si de verdad me fuera a desmayar. Freddy definitivamente no entendía que esa información era muy importante para mí y hasta para él. Abrí la carpeta y lo primero que vi en letras grandes era algo aterrador.
—Paula Montero murió hace veinte años—.
Mis ojos se abrieron y quedé asombrada y sumamente estupefacta con esas palabras. Era algo espantoso como la casa del otro lado de la calle. Esto no podía estar pasando. Realmente no podía ser cierto. Paula nos ha estado engañando por mucho tiempo y no nos habíamos dado cuenta. Que era realmente lo que ocurría.
Haber mentido así, ¿por qué lo hizo? No dejaba de preguntarme todo sobre esa situación.
— ¿Freddy estás totalmente seguro de esta información? Es algo impactante—.. Le dije.
— ¿Qué debemos hacer ahora? —. Podemos estar frente a alguien peligroso, tal vez alguien que ha perdido los estribos y quiere engañarnos. Pero en realidad no podía pensar así, porque Paula no actuaba así, no dejaba cabo suelto para pensar que era así mentirosa, o peligrosa.
—Debemos tranquilizarnos Lisa, en primer lugar, es algo de su pasado, eso no quiere decir que ahora sea así. Tal vez cometió algo ilegal y quiso cambiar su nombre. No lo sé. Lo cierto es que ese nombre no existe. —
—Tenemos que ir donde Paula y preguntarle sobre esta información de una vez—. Le dije a Freddy. Así aclararemos cualquier información falsa o real que sea que la están involucrando.
—Un momento Lisa, no tan de prisa. — me dijo. —Tenemos que pensar muy bien las cosas, pensar muy bien qué le vamos a decir o preguntar, recuerda que hicimos esta investigación sin su consentimiento, bajo nuestras responsabilidades—. Freddy tenía mucha razón en lo que iba a pensar Paula sobre lo que acabamos de descubrir. Estuvimos revisando su pasado y ella no lo sabía.
—Quizá podríamos averiguarlo con el oficial Torres—. Dije.
—Estás loca Lisa, eso sería agravar la situación, pero aún.
Nos quedamos pensando unos buenos ratos sentados en el porche. Mientras Enrique se paseaba por debajo de mis piernas. La noche ya estaba y era muy tarde para ir a casa de Paula y llegar a decirle que tenemos las pruebas de que ella no se llama Paula Montero, porque ella aparece como muerta.
Lo mínimo que haría sería ponerse a llorar o quizá sacarnos de su casa y encerrarse de por vida para que no la volvamos a ver. Nos sacaría de su casa y de su vida, por habernos metido en su pasado.
Esto realmente teníamos que averiguarlo lo más pronto posible. Freddy miraba fijamente el cielo en medio de la noche, y yo no dejaba de ponerme la mano en la cabeza tratando de buscarle una explicación a todo esto. Ya me estaba dando hasta hambre de chocolate con Coca-Cola.