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1010 Palabras
Me quede pensando en todo lo sucedido, la pérdida de mamá y la actitud de papá, mis días dentro de casa eran agotadores, no quería seguir creciendo, no quería pasar por lo mismo que mis hermanas, es por eso que decido estudiar las actitudes de mi padre, sin embargo, no consigo respuestas. Serafina ya estaba lista para sus 18 y cada día más nerviosa, las agresiones de nuestro padre se hacían más constantes, ya no eran solo insultos, ahora eran golpes. —Debes cuidarte Celeste, no se que pasara conmigo, solo cuídate y evita que pases por lo mismo, eres más valiente que todas nosotras— Serafina me tomo de la mano para confesar sus cortas palabras, ya sabía por qué pasaría, es por eso que ella ya tenía su maleta hecha, en cualquier momento le tocaría pasar por la oscura habitación del dolor, aquella que aún conservaba los gritos de nuestras hermanas mayores, —Aun tenemos tiempo de huir— le dije con ganas de irme lejos del infierno que estaba viviendo, ella y yo podríamos vivir juntas lejos de ahí. Pero Serafina ya estaba preparada mentalmente para lo que venía a continuación. —Ese hombre ya no es nuestro padre, estamos aquí solo por que aun puede tenernos bajo su control, escúchame Celeste, ya eres una jovencita hermosa y tu podrás salir adelante, de eso no tengo duda— Fueron las palabras más bonitas, aunque mis hermanas mayores ya sabían lo que pasaría a continuación, no hubo palabras de aliento para mí. —Gracias hermana, espero nos veamos más adelante— Me abrazo, su último abrazo antes de que papá se la llevara, pero esta vez no hubo gritos, no se escuchó una sola palabra de auxilio, mis nervios estaban a flor de piel, tenía más miedo que antes, corrí a la ventana al ver que papá estaba muy enfadó, Serafina iba con su boca llena de sangre y con una gran sonrisa de victoria, ella volteo a verme y con sus manos me hablo, “No debes llorar delante de él, no debes suplicar” ella había retado a nuestro padre y al parecer él no había podido con ella. El auto hizo su marcha y papá regresó al interior de la casa, me senté a tejer con tranquilidad, pronto sería mi turno, pero no se la dejaría tan fácil. —Suelta eso, quiero comida— sus palabras eran de desprecio, sabía que no tenía hambre, papá no era de comer a deshoras. —Estoy ocupada, si quiere ve y la haces tu mismo— no termine mi frase cuando él detuvo mi mano y enterró la aguja en mi muslo para después abofetearme. Si lo que Serafina me ha dicho es cierto, debía demostrar que soy valiente. —Buenas noches papá— le dije antes de sacar la aguja de mi muslo y subir a mi habitación. Fue el dolor más desgarrador que había sentido en la vida, sacar la aguja y ver que traía consigo piel en ella, fue doloroso, pero no derramaría lágrimas ante mi agresor, solo cuando desaparecí de su vista, fue que me empecé a caminar con dolor. Papá se quedó en la sala sentado mientras me veía subir las escaleras, yo no mostré ni un solo destello de dolor. Los días fueron pasando y cada vez más inestable y cruel se volvía papá. A mis 17 años, apenas recuerdo el rostro de mis hermanas mayores y mi conexión con ellas se ha desvanecido. Intento mantenerme distante y fuerte, siguiendo las advertencias de mi hermana y ocultando mi tristeza, pero el miedo es constante. He empezado a descubrir poco a poco secretos sobre mi padre, sobre lo que sucedió con mis hermanas y el papel que él desempeñó en nuestras vidas después de la muerte de mi madre. Cada revelación me acerca más a la verdad y despierta en mí una mezcla de ira y determinación, aunque aún no me siento capaz de enfrentarme a él, me aseguraré de darle su merecido. —Celeste baja— sus gritos cada vez son más intensos, hoy estoy cumpliendo mis 18 y no dejare que me lastime, es mi vida o la de él. —¿Qué quieres? — pregunte con molestia, era mi día, al menos por respeto no debe de molestarme. —Ven y te sientas al lado de papá— me dijo con un rostro lleno de asquerosidad. —No, lo que quieras decir puedes hacerlo desde ahí— aunque mi corazón estaba latiendo con fuerza, no dejaría ni un destello de intimidación. Papá se levantó molesto y no dudo en quitarse el cinturón, cerré los ojos y pude sentir como cada fuetazo caía sobre mi cuerpo, podía escuchar como su respiración se agitaba cada segundo más, me preparé para dejar mi mente lejos del dolor. —Maldición Celeste, llora, suplica por tu vida— Abrí mis ojos y lo miré fijamente, mi sonrisa creció con determinación —No me molestes, es mi cumpleaños Adolfo Delacroix— Papá cayó en el mueble y en su rostro solo había confusión, una vez más me retiré a mi habitación, subí las escaleras mientras cantaba felizmente mi cumpleaños. Entre a la ducha y pude sentir el dolor llegar a cada rincón de mi piel, aunque sus golpes fueron dolorosos, ver mis marcas en él me dolieron aún más. Había escapado de la desgracia que mis hermanas vivieron a los 18, pero, ¿hasta cuándo? Eran mis preguntas, ¿Cuándo vendría ese auto por mí? ¿A dónde envió a mis hermanas? ¿Por qué ellas no volvieron por mí? Esas preguntas me dolían en el alma, pudieron llegar con la policía y rescatarme, pero fui abandonada una vez más. Justo cuando iba a dormir escuche un ruido en la sala, era papá en su estado natural, ebrio, no dejaría que me molestara, así que solo cerré la puerta con seguro, ya no había miedo, papá me lo había quitado todo, jamás pude saber de qué murió mamá y a dónde fueron a parar mis hermanas.
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