4. ¿Me deseas?

1423 Palabras
El corazón de Yelena empezó a latir rápidamente justo en el momento en que el hombre se quitó el antifaz, dejando ver a la persona detrás del antifaz. ¿De todas las personas en el planeta, por qué tenía que ser él precisamente la persona que se encontraba tras el antifaz? Sentimientos y emociones, tanto antiguas como nuevas, empezaron a brotar del interior de Yelena, haciendo que diera un par de pasos hacia atrás, chocando con el inicio de la cama y cayendo sentada en el borde de la cama. —¿Qué haces aquí?— fue la única pregunta que salió de los labios de Yelena; sin embargo, no era lo que deseaba decir en ese momento. No obstante, ella sentía que un gran nudo se había formado en su garganta, impidiendo que ella siguiera hablando. Por otro lado, sus ojos parecían dos represas recién abiertas, ya que su rostro se encontraba húmedo a causa de las lágrimas recién derramadas. Lágrimas llenas de frustración, de odio y, ¿por qué no decirlo?, también de felicidad por verlo ahí. Ikal dudó por un momento en acercarse a ella; no obstante, el verla llorar hizo que sus piernas reaccionaran, llevando sus pasos hasta donde se encontraba ella, tomando así entre sus brazos y haciéndole saber que todo estaba bien. —Ya estoy aquí, lamento no haber llegado a tiempo. Yelena quiso rechazarlo, hacerle saber que no necesitaba su lástima, pero se encontraba cansada y los brazos de Ikal eran tan acogedores como ella podía recordar. No importaba lo mucho que él se mostrará distante con ella, siempre que ella lloraba, Ikal aparecía como por arte de magia para ofrecer sus fuertes y poderosos brazos y arroparla entre ellos. —¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Por qué me dejaste sola?— se quejó ella, sin dejar de estar en sus brazos, pero al mismo tiempo golpeando su espalda y pellizcando sus costados, tratando de hacerle daño. Él, por su parte, no dijo nada, la dejó desahogarse como quisiera, soportó con estoicismo las mordidas que ella le dio en sus brazos, en su torso. —No importa dónde estuve este tiempo, lo importante es que no volveré a dejarte sola, ni dejaré que vuelvas a ese lugar —le dijo Ikal con seguridad en su voz. Ella quiso creer en sus palabras, pero no podía. —Por favor, no seas cruel, no puedes salvarme y lo sabes. Tal vez has comprado una semana para mí, pero si no me llevas de regreso tras el término de esa semana, vendrán por ti y por mí —respondió ella, alejándose finalmente de la protección de los brazos de Ikal. —No estoy siendo cruel ni te estoy engañando. En estos momentos, mis agentes y la gente con la que trabajo deben tener ya apresados a todos los involucrados en la subasta. Ikal notó cómo sus palabras hicieron que su hermana se tensara y se pusiera nerviosa. —¿Qué ocurre, Yel?—le preguntó él, llamándola por el diminutivo con el que solía llamarla cuando estaban a solas. —Necesito tu celular, ¿podrías prestármelo por favor, hermano? —No lo traigo conmigo, pero de todos modos, ¿a quién deseas llamar? ¿Por qué estás nerviosa? Yelena guardó silencio. Por supuesto que no le iba a decir a su hermano que estaba preocupada por Greg, uno de los hombres que la tenían secuestrada. Además, dudaba que su hermano entendiera lo que ese hombre significaba para ella. Ikal había sido su primer amor, y odiaba que él la llamara hermana, ya que no lo eran. El hecho de que sus padres se hubieran casado no los convertía en hermanos, al menos no de la manera convencional. Pero no importaba cuánto se esforzara por llamar su atención o enamorarlo, Ikal siempre dejó en claro que jamás la vería como una mujer, por lo que ella dejó de intentarlo. Por otro lado, Greg, a pesar de las circunstancias en las que lo conoció, fue el primero que la vio como mujer, aunque nunca llegó a intimar con ella, ya que su primera vez debía ser para alguien más. El valor de su primera vez fue el más alto que se hubiera pagado por la virginidad. Sin embargo, ella era consciente de que había sido Greg quien le enseñó a complacer, a mostrarse sumisa, pero sobre todo le enseñó a dejar de ser ella misma, a desasociarse entre su realidad y los sueños que él alimentaba. Esto la convirtió en el "diamante Hope" y fue tratada con algo de consideración en comparación con muchas de sus compañeras, que podrían atender hasta 10 clientes al día. Yelena podía oírlas llorar, gritar y pedir ayuda desde la habitación donde se encontraba encerrada, con una cámara frente a ella las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Las visitas de Greg eran las que la mantenían cuerda y evitaban que perdiera la cordura. Sin embargo, estas visitas a la habitación eran cada vez más escasas en el presente, y ahora solo esperaba a las subastas. Tenía visitas a su habitación de un par de clientes al día, pero no tantas como sus compañeras, y por lo general la trataban bien. A veces, esos clientes la sacaban de esa habitación maloliente y la llevaban a algún hotel. Greg era el encargado de recogerla siempre y le prometía "una vez más, Yelena, nos iremos juntos". Sin embargo, con la llegada de Ikal, eso no era posible, y se sentía terriblemente mal por no haber podido hacer nada por ayudarlo del mismo modo en que él la había ayudado durante ese año. —Yel — la voz de Ikal la sacó de sus pensamientos. —No pasa nada, Ikal. Perdona si te hice pensar con mi petición. —No te preocupes, más bien perdóname a mí, ya que te voy a pedir ayuda para que declares contra el jefe de esa pequeña célula de tráfico humano. —Por supuesto, te ayudaré a castigar a todos esos hombres, solo si tú me ayudas a salvar a un amigo que fue arrastrado a esa vida a la fuerza. Así que dime, trataré de recordar todo lo que sé y vi. —Está bien, pero antes de llevarte a que respondas las preguntas que mis compañeros quieren hacerte, vigilaré que comas. Yelena sonrió levemente ante la arrogancia de su hermano. —Comeré lo que me han traído, pero con una condición. —¿Cuál condición? — preguntó de inmediato Ikal, quien notó el cambio en el tono de voz de su hermana al levantarse y volver a caminar hacia él con ese andar felino que la caracterizaba. “Ikal, gobiérnate”, se dijo a sí mismo tratando de enfocarse en los ojos de su hermana y no en la mitad de esa aureola color cafecita de uno de sus senos que se había descubierto en la última interacción que habían tenido ambos. —No es una condición, más bien deseo que seas sincero y me respondas con absoluta sinceridad. —Está bien, pregunta todo lo que quieras, que es lo que deseas saber. —¿Tú me deseas? Ikal sintió que todo el aire a su alrededor había desaparecido de golpe o él ya no se hallaba en el planeta tierra sino en algún lugar lejos del planeta. Marte, podría encontrarse en ese momento en Marte al sentir que no lograba pillar nada de aire a sus pulmones. —Ikal, estoy esperando por tu respuesta— le volvió a recordar Yelena con el tono de voz más dulce y sensual que él hubiera escuchado. —¿Por qué me haces esa clase de preguntas? — le pregunto tratando de apartarse de ella, más ella no se lo permitió. —La hago porque tengo curiosidad y porque pude notarlo. Ikal jamás había sido puesto en ese tipo de situación por ninguna mujer, podía controlarlas con tan solo una mirada seria y expresión autoritaria de su rostro, estas bajaban la mirada y detenían sus movimientos. Sin embargo, la mujer frente a él era diferente. No solo no se detuvo, sino que volvió a recorrer con sus manos su torso, bajando cada vez más hacia el sur. Él ya no pudo seguir manteniéndose estoico, sin hacer nada, esta vez llevó su mano derecha hasta el cuello de ella, acariciándolo con su dedo pulgar su piel, antes de sucumbir a ese deseo de antaño, buscando los labios de ella y ambos fundirse en un beso largo y apasionado.
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