3. Quitándose la mascara

1601 Palabras
Yelena buscaba respuestas, y la única manera que conocía para obtenerlas era a través de su cuerpo, aunque terminara odiándose a sí misma después de usar sus encantos femeninos o permitir que usaran su cuerpo para obtener favores. Pero no había tiempo para pensar en ese tipo de cosas. Necesitaba respuestas, y la única manera que sabía que las obtendría de ese hombre era engatusándolo, haciéndolo bajar la guardia. Su andar era similar al de una felina, lo que hizo que Ikal tragara en seco, más al percatarse por primera vez en toda la noche de cómo iba vestida su hermana. Su cuerpo solo estaba cubierto con una diminuta bata de seda que acentuaba cada una de sus curvas, sobre todo en la parte alta de su cuerpo haciendo más visible la voluptuosidad de sus pechos, los cuales se movían de manera hipnotizante con cada paso que ella daba. Él, por su parte, seguía con la misma expresión imperturbable en su rostro, el cual estaba cubierto por el antifaz que se había colocado al entrar a la habitación. —Dime, ¿qué es lo que estás esperando? —le dijo Yelena, una vez llegó frente a él— ¿Acaso no es lo que deseas? ¿Qué estás esperando? Las manos de ella fueron hasta el rostro del hombre, delineando con delicadeza su fuerte y cuadrada mandíbula. Notando con orgullo el leve estremecimiento de su cuerpo ante su toque. Estaba claro para ella que no le era indiferente, todo lo contrario la deseaba, aunque el tratará de resistirse. Yelena se acercó más a él, pegándose por completo al cuerpo de ese hombre, llevando ahora sus dos manos por su torso hasta su cuerpo, enredando sus brazos justamente ahí, dejándole sentir cada una de las curvas de su cuerpo. Ikal por su parte, se encontraba en ese momento luchando contra su deber de actuar como el hermano mayor de esa mujer y no sucumbir ante los propios deseos que sentía por ella. Deseos que empezaron a florecer por ella desde que la conoció cuando apenas él era un adolescente de 17 años y ella una adolescente de apenas 15 años. La madre de Ikal, Deyami, se había casado con el padre de Yelena, Octavio, quien a pesar de ser de ascendencia rusa, había adoptado el apellido de su esposa la cual era Italiano, y que había fallecido en un accidente un par de años atrás. Desde el momento en que Ikal vio a Yelena, sintió una atracción inexplicable, algo que ninguna otra joven había logrado despertar en él. Esto hizo que se convirtiera en un hermano mayor distante, pero siempre pendiente de su pequeña hermana, cuidándola y protegiéndola de aquellos que, al igual que él, la deseaban. El último año, Ikal había hecho todo lo posible por no quedarse a solas con ella. No confiaba en sí mismo, ni en el deseo que, por más que intentaba apagar, le resultaba imposible hacerlo. Al verla, la vida sobraba y surgían mórbidos y prohibidos deseos. Aunque no fueran hermanos de sangre, ella era la hija del esposo de su madre, lo que la convertía en su hermana. Su familia. Pero al final, Ikal había fallado en protegerla. Se alejó de su familia una vez que comenzó la universidad, argumentando que era por los exámenes y su preparación. Aunque en el fondo, era para evitar encontrarse con ella. A pesar de que ambos ya eran adultos, él seguía obsesionado con ella. La última vez que la había visto fue en Pascuas, un año antes de que la secuestraran y la introdujeran a la fuerza en el horrendo y atroz mundo de la trata de blancas, y ahora se encontraba con ella una vez más. Yelena no podía saber quién era él, y él no podía decirle quién era. Verla actuar de esa manera tan descarada ante él hizo que su instinto más primitivo tratara de salir. Su mente se llenó de pensamientos nada inocentes sobre lo que podría hacerle a su hermana. "Ikal, detente", se reprendió a sí mismo tratando de hacer uso del poco autocontrol que le quedaba. Podría ser un hombre duro y serio, y aunque muchos decían que por sus venas corría agua de horchata en lugar de sangre, era un hombre y ella era la mujer que por mucho tiempo él había deseado. La cercanía de ella no hacía otra cosa más que minar un poco más su control. —¿Acaso no soy lo suficientemente hermosa y sensual para tu gusto? La voz sedosa y sensual de Yelena se deslizó, colándose a través de su canal auditivo, haciéndolo cerrar los ojos por un momento y pensar seriamente en dejarse llevar por esa atmósfera llena de sensualidad y erotismo que se había creado entre ellos. Sobre todo al sentir esos turgentes pechos frotarse contra su torso y una de sus manos recorriendo su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, acariciándola por encima de su ropa. "Déjate llevar", escuchó la voz de su subconsciente decirle, o como él le llamaba a esa clase de pensamientos, su Mefistófeles personal, que no hacía más que tentarlo, al igual que lo hacía ella. —Vamos, no lo pienses más. Me deseas, tu cuerpo no miente —le dijo Yelena al hombre, mordisqueando el lóbulo de su oreja. Por supuesto que la deseaba de una forma que no era normal. Ikal podía imaginarse a su hermana en diferentes posiciones en esa enorme cama en medio de esa habitación. Yelena supo que ese hombre ya era suyo cuando lo vio cerrar los ojos, llevándola a poner un rostro serio y una expresión de desagrado al pensar que todos los hombres no eran más que unos animales en celo. Todos, a excepción de Greg. Él podría ser el único hombre que ella podía decir que la comprendía y que solo buscaba una forma de salvarla. Su rayo de luz en medio de toda esa maldita oscuridad que cada día la engullía más y más. Pero mientras eso pasaba, ella tenía que hacer su parte, por lo que empezó a guiar a Ikal hacia la cama, donde se dejó caer, trayéndolo consigo sobre ella y ambos cayeron en la cama. —Tienes unos hermosos ojos oscuros como el ónix, eso significa que eres un hombre apuesto. Así que, ¿por qué no me dejas que te quite el antifaz y me dejas verte? La petición no sólo asombró al hombre, sino que también sorprendió a ella misma. A pesar de que estaba haciendo lo que se suponía debía hacer, había algo en la mirada del hombre que la había comprado por una semana que la hacía sentirse segura, mucho más segura que cuando estaba en presencia de Greg. —Eres un hombre de pocas palabras, ¿eh? —dijo ella, rozando su nariz con la ajena y llevando sus manos por sus fuertes brazos, mientras él seguía en silencio, solo observándola. Si ella supiera que se encontraba mudo y sin poder hablar a causa de la lucha interna que en ese momento libraba en su interior. Ikal sintió su sexo rozarse con el de ella a través de su ropa y la suave tela que cubría el sexo de ella. “Maldita sea”, él maldijo al percibir cómo los hábiles dedos de ella se abrían paso hasta el interior de sus pantalones. Tenía que hacer algo, tenía que alejarse de ella, y así lo hizo. —No, esto no está bien —dijo Ikal justo en el momento en que encontró un poco de autocontrol en él, alejándose de ella. Yelena de inmediato se sorprendió por lo dicho por el hombre, sobre todo al llevar su mirada a la entrepierna masculina y ver que efectivamente se encontraba en el interior de su ropa con una dolorosa erección. —Si esto no está bien, ¿entonces por qué me has comprado? Nadie se gasta el dineral que tú te has gastado por nada. —Lo hice para salvarte. —¿Salvarme? —Yelena no pudo evitar reír con ironía al escuchar lo que él estaba diciendo— ¿Quién eres tú para salvarme? Conmigo no tienes que aparentar ser un príncipe. Eso es algo cruel. Ikal estaba de acuerdo con las palabras dichas por ella. Para las chicas que habían caído en el tráfico humano, lo menos que necesitaban era darles falsas esperanzas para después mostrarles que esa esperanza jamás existió, pero en su caso era distinto. Él había llegado hasta ahí para salvarla y estaba dispuesto a dar su vida por ello. —Todo lo que he dicho hasta ahora es cierto. En estos momentos te encuentras a salvo y seguirás a salvo. —¿En serio crees que confiaré en tus palabras, en ti? ¿Cómo podría confiar en un hombre que esconde su rostro tras una máscara? Ella tenía razón. Ikal lo sabía, por lo que llevó su mano derecha hasta su rostro, dejando caer su máscara y dejando al descubierto su rostro. La mente de Ikal no pudo evitar cantar en su mente el estribillo de una canción que había escuchado hacía mucho tiempo atrás. "Soy un cambiaformas En la mascarada de Poe Ocultando tanto la cara como la mente Todo gratis para que dibujes Soy un cambiaformas ¿Qué más debería ser? Por favor, no me quites la máscara Revelando oscuridad." Ikal, al momento de quitarse la máscara, se sintió mucho más desnudo de lo que se encontraba su hermana, quien en ese momento lo observaba con sus grandes y bellos ojos azules muy abiertos, sorprendida por verlo ahí parado frente a ella.
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