8. Pesadilla

1357 Palabras
En ese momento, Yelena se encontraba inmersa en su pesadilla más recurrente. Era el recuerdo de su primer cliente, aquel que no solo le arrebató su virginidad, sino también su inocencia y su fe en la humanidad. —El día de hoy es especial —le había dicho Greg. El hombre que pagó por ti es alguien muy importante, así que trátalo bien. —Greg, pero yo... —Nada de "peros", Yelena —Greg se acercó a ella, acariciando su mentón con cariño—. Por favor, hazme sentir orgulloso de ti. Yelena asintió, prestando atención a la lencería que él había elegido para esa noche. El color rojo tenía una connotación especial. Cada vez que Greg llevaba lencería roja, significaba que el hombre que atendería esa noche era alguien importante, pero no demasiado. Ella sabía cuándo era un cliente especial, ya que su ropa era negra, ya fuera de encaje o de cuero, dependiendo del fetiche de dicho hombre, el cual siempre era alguien tan peligroso como importante. No obstante, ese día en especial, no eran ninguno de esos dos colores. Era un atuendo especial, escogido directamente por el cliente, y solo había uno con el suficiente poder y autoridad para hacer lo que él deseaba, y ese era Slavik. El día que ese hombre llegaba, ella se vestía con las joyas y el vestido que él escogía, y después de eso no volvía a ver dichas prendas. Yelena empezó a vestirse con manos temblorosas, ya que sabía de lo que ese hombre era capaz de hacer. —Estás tardando mucho, Yelena —le dijo Greg, haciendo que ella se estremeciera al notar el tono enfadado en su voz. —Ya estoy lista, por favor, solo sube la cremallera de mi vestido. Greg no tardó en hacerlo, para después tomarla del brazo y llevarla al cuarto privado. Frente a ella se encontraba Slavik con su maldito cabello rizado y sus penetrantes y enigmáticos ojos azules. La piel se le erizó, sabía que lo que vendría a continuación iba más allá de lo establecido, tanto física como moralmente. Ese hombre era un completo sádico. —Aquí está tu premio, ya sabes que la única condición es nada de marcas en su hermoso rostro y en lugares visibles. El hombre ruso asintió, pero su mirada estaba en la joven. Lo que ella quería era correr, escapar de ese hombre, pero lo que hizo fue caminar con astucia seductora hasta él, escondiendo su miedo tras una sonrisa coqueta. —Un placer volver a servirte, Slavik —dijo Yelena inclinándose levemente hacia él, dejándole ver a la perfección el escote de su vestido y dejando a escasos centímetros su hermoso rostro—. ¿Vas a continuar con las clases pendientes? —Me alegra que preguntes eso, Hope, ya que todavía tengo mucho para enseñarte. Todavía no eres capaz de disfrutar a través del dolor. Yelena odiaba el nombre de Hope, ya que era el nombre con el que era conocida, haciendo alusión al diamante. Sin embargo, tenía que admitir que era apropiado para ella, ya que se encontraba maldita y atrapada. La única manera que tenía para escapar era muriendo, como todos los dueños del maldito diamante. La puerta se cerró tras Greg, haciendo que el sonido delatara el temor de Yelena con un sobresalto. Esto provocó que Slavik sonriera victorioso, como si el miedo de la joven alimentara su maldita locura y perversión. No pasaron ni cinco minutos cuando de los labios de ella salieron los primeros gritos desesperados de dolor, gritos que no serían escuchados por nadie más que por su verdugo, el cual parecía feliz de escucharlo. Mientras le hacía cortes a la joven en lugares estratégicos de su cuerpo, la penetraba o, mejor dicho, la violaba una y otra vez, sin que ella pudiera hacer nada ya que sus manos se encontraban atadas a los postes de la enorme cama con sábanas negras de satén. —Déjate llevar… —le dijo Slavik a Yelena, inclinándose sobre ella y tomando uno de sus senos, el cual mordió con saña, haciendo que de los bellos ojos azules de la rubia se abrieran mucho y de ellos brotaran lágrimas que solo hicieron que él la torturara más. Slavik no solo la sometió a vejaciones físicas, también a abusos psicológicos mientras tomaba de ella lo que deseaba, una y otra vez. Los gritos de Yelena salían cada vez más fuerte, lo que hacía que Ikal se preocupara cada vez más, sobre todo al verla luchar contra él. —Por favor, tranquilízate —le pedía él, tratando de evitar que ella se hiciera daño. En algún momento, Yelena abrió sus ojos; sin embargo, seguía inmersa en lo que fuera que estuviera soñando, ya que el miedo se reflejaba en todo su rostro. —¡Por favor, ya no más, ya no más! —gritaba Yelena, tratando de alejarse de ese hombre. Podría tener los ojos abiertos, pero ante ella no se encontraba su hermano; quien se encontraba era Slavik con su mirada azul y oscura burlándose de ella, acercándose cada vez más para volver a someterla, para volver a llevarla a esa pesadilla. Yelena logró zafarse del agarre de Ikal, moviéndose rápidamente por toda la cama, logrando salir de ella y dirigirse hacia la puerta. Como pudo, Ikal logró atraparla una vez más por la espalda, abrazándola para así sujetarla, hablando con voz suave para tranquilizarla. Justo en ese momento, la puerta se abrió, apareciendo Amelie con otro par de agentes, dándose cuenta de la situación. Amelie fue la primera en hablar: —Por favor, no se acerquen y dejen que el agente De Luca la tranquilice —les pidió al par de agentes. Yelena por fin dejó de luchar, despertando del todo y encontrándose rodeada por unos fuertes brazos. Por un momento, creyó que se trataba de Greg quien se encontraba ahí con ella. Pero no eran los brazos de Greg, eran los brazos fuertes y cálidos de su hermano los que la rodeaban fuertemente pero también con ternura, lo que terminó de romper su coraza, haciéndola llorar sin importarle que más personas se encontraran en la habitación. —Ya todo ha pasado —les indicó Amelie a los otros dos agentes—. Ya no es necesario que estemos aquí. Salieron los tres de la habitación, dejando nuevamente a ambos hermanos a solas. —¿Te encuentras bien? —le preguntó Ikal a Yelena. Ella se encontraba escondida entre los brazos y el fuerte torso de Ikal, por lo que solo asintió a su pregunta. Ikal acarició suavemente el cabello de Yelena mientras la mantenía abrazada, tratando de ofrecerle consuelo y seguridad. La habitación estaba ahora en silencio, dejando espacio para la complicidad entre ambos hermanos. —Estoy aquí, Yel. Siempre estaré aquí para protegerte —susurró Ikal, manteniendo un tono cálido y reconfortante. Yelena alzó la mirada hacia él, sus ojos aún brillaban con rastros de lágrimas. Ikal le sonrió con ternura, esperando que sus palabras pudieran ser un bálsamo para las heridas emocionales de su hermana. —Gracias, Ikal. Perdón, por… —dijo Yelena, apretándose un poco más contra él, bajando la mirada al ver que había una cortada en el labio inferior de su hermano y que ella rompió al tratar de escapar de la imagen de Slavik Ikal le dio un suave beso en la frente y continuó hablando en tono calmado. —No tienes que agradecer. Siempre estaré a tu lado. ¿Quieres hablar de lo que sucedió? Yelena asintió y comenzó a compartir sus miedos y pensamientos más oscuros, mientras Ikal la escuchaba con atención y empatía. A medida que compartían, el lazo entre ellos se fortaleció, convirtiéndose en un refugio mutuo en medio de la tormenta. —Lo superaremos juntos, Yel. Eres fuerte y valiente, y estoy aquí para apoyarte en cada paso —afirmó Ikal, asegurándose que no estaba sola. La habitación se llenó de palabras de consuelo, risas suaves y la promesa implícita de que, no importa lo que enfrentarán, él siempre estaría ahí para ella. No volvería a cometer el error de volver a alejarse y dejarla sola.
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