9. Pesadilla II

1376 Palabras
Después de esa pesadilla, Yelena pudo dormir en paz e Ikal se pudo relajar, quedándose también dormido. Sumiéndose en la oscuridad. Al igual que su hermana Ikal también tenía muchos demonios, producto de su trabajo. Su pesadilla más recurrente era el recuerdo de su primer día de trabajo en el FBI, como todo joven novato creía que el trabajo de campo era igual al trabajo que realizaba en el escritorio. Aunque se encargaba de archivar todos los casos, una cosa era leerlos de manera superficial y otra ver de primera mano la verdad tras esos informes. —Novato, lo que vas a ver aquí te va a cambiar la vida por completo, espero que estés preparado para esto — le dijo uno de los agentes más viejos del escuadrón. En ese momento él no respondió. Lo único que deseaba era la acción. El comando armado no tardó en entrar. Cómo todo novato creía que accionara su arma y mataría a los malos, pero lo que se encontró dentro de esa bodega fueron los ojos sin vida de más de 30 niños asustados. Todos con marcas visibles de abusos. Y lo peor se encontraba más allá de esa bodega, a través de los túneles que conectaban con un local muy concurrido. Ahí, a plena luz del día, se encontraba el bar lleno de gente divirtiéndose pero no de manera normal. Todo lo contrario, en el lugar donde se supone que deberían de estar mujeres bailando para divertir a esos hombres se encontraban niñas y niños desnudos, exhibiéndose de manera obscena y grotesca, mientras hombres y mujeres los tocaban y abusaban de ellos. El grito de esas bocas ahogado por manos grandes y fuertes y por el sonido de la música estridente en el lugar, esos pequeños cuerpos siendo ultrajados por hombres, mientras la madame se encontraba riendo y tirando fajos de billetes que eran levantados por sus trabajadores al grito de ella. —¡Que la fiesta no pare! Seguido de risas fuertes y estridentes. El movimiento de las caderas de esos hombres contra cuerpos más pequeños. Todo eso lo asqueó, llevándolo a vomitar. Ikal se encontraba dormido moviéndose, recordando en medio de la vigilia ese primer maldito día. Como si equipo rescató a esos niños, prometiendo que no serían los únicos, que él salvaría. Pero para atrapar a ese tipo de monstruos tienes que dejar morir una parte de ti, adentrarte en ese mundo lleno de oscuridad. Su primer encuentro con ese mundo fue con niños, marcándolo para siempre, pero no solo sufrían los hijos, para esos monstruos cualquier humano de cualquier edad era mercancía. Siempre era lo mismo, los gritos de angustia y de agonía de las víctimas. La decepción que siempre lo acompañaba, el odio que sentía por él, por no poder hacer más, por los burócratas que tendían a cuidar sus malditos puestos de poder y no se metían con los peces gordos. ¿Cómo podían ser tan ciegos como para no ver qué no importaban las fronteras? Su pesadilla cobró otro matiz, uno más siniestro en ese momento él era uno de esos niños. Se sentía indefenso, con mucho miedo, tratando de entender que era lo que estaba pasando, rodeado de otros niños, que al igual que él rezaba, los más grandes imploraban por no ser escogidos ese día, los demás imploraban por regresar a casa. —¡Guarden silencio!— les gritó un hombre. Entrando a la puerta. Todos guardaron silencio, incluso su pequeño yo infantil, abrazándose a sus piernas. La oscuridad de la habitación se vio interrumpida pi un leve halo de luz que se coló a través de la puerta recién abierta, dejando ver al hombre que les había gritado anteriormente. Él entró con otro par de hombres, los cuales llevaban linternas, privando de la vista a todos los que se encontraban con él, mientras el hombre señalaba una y otra vez, haciendo que los hombres halaran de los brazos de algunos de sus compañeros, hasta llegar a él. —¡Suéltenme! ¿A dónde me llevan…?— empezó a decir Ikal, en sus sueños. Su pequeño cuerpo se retorcía, tratando de escapar sin conseguir hacerlo y recibiendo un golpe de uno de los hombres en el rostro que lo dejó inconsciente por un momento, no sin antes escuchar lo que le dijeron al hombre que lo golpeó. —Imbécil, la mercancía debe de estar lo mejor presentables posibles. Después de eso, la oscuridad fue lo que lo acogió, para despertar después en un infierno, con rostro humano, cabello castaño engominado y traje de diseñador a la medida. —Hasta que por fin te despiertas — le dijo el nombre a Ikal en su sueño con una sonrisa —¿Debes tener hambre? El pequeño Ikal asintió, con algo de timidez, antes de sonreír, al ver la abundante comida que el hombre había preparado para él. El hombre se sentó frente a él, haciéndole preguntas sobre qué comida era su favorita, qué tipo de juegos le gustaban. En su sueño ese hombre era un ángel. Un ángel que pronto se convirtió en un demonio al caer la noche, en el momento que él se atrevió a preguntar si lo podría llevar con su madre. El hombre solo río, tomándolo del cabello. —¿Así es como planeas agradecerme la comida que te he dado? —Estoy agradecido, muy agradecido, señor. —Entonces, muéstrame, muéstrame tu gratitud… El miedo le impedía hablar, por lo que solo asintió. El hombre por fin lo soltó, haciéndolo caer. —Buen niño ahora, quiero que te quites la camisa con calma Él hizo lo que le pidió, sin imaginar que era lo que pasaría después. El hombre se acercó a él y acarició su cabeza, para posteriormente mostrarle lo que tenía entre sus manos. —Tómalo en tu boca y lámelo— fue la orden. El asco se incrementó a medida que el hombre le hizo tragar aquello que le pidió tomar en su boca. El olor era asqueroso y el sabor lo era mucho más. Las caderas del hombre se movían cada vez más rápido, lo que hacía que él se ahogara en cada movimiento. Ikal se movía demasiado, lo que llevó a Yelena a despertarse, viendo como su hermano se encontraba sudando y luchando. —Ikal, despierta — empezó a llamarlo. Él despertó de manera abrupta, viéndola a los ojos. Abrazándose a ella. Aliviado de haberla librado de esa clase de infierno. —Lo siento, lo siento mucho, por no haber llegado antes, por haber dejado que sufrieras un año ese infierno — le dijo a Yelena con el cuerpo temblando. Feliz de haber despertado, algunas veces en sus pesadillas era el agresor y otra la víctima. No había manera de escapar, no importaba en qué parte de la justicia se encontrará. La oscuridad era la única compañera. El único consuelo para alguien como Ikal era saber que si hacía bien su trabajo podía salvar a una persona de ese infierno. Un triste y patético sueño, ya que esas mujeres, hombres o niños jamás podrían escapar. Yelena, tomó el rostro de Ikal, entre sus manos, sonriéndole, viéndolo a los ojos. —Has venido por mí y eso es suficiente— le dijo ella con una sonrisa. Ambos se quedaron en silencio, perdidos en cada uno de sus pensamientos. Abrazados el uno al otro. Hasta que ambos se soltaron. Sobre todo él, al sentir como su cuerpo, empezaba a calentarse con el contacto del cuerpo de Yelena. Ella también se alejó al sentir que necesitaba más que sus brazos alrededor de su cuerpo. La mañana los sorprendió a ambos, sentados cada uno en extremos opuestos de la cama. El sonido de la puerta, al ser tocada, hizo que ambos, volvieran a verse. —Es hora del desayuno — le dijo Ikal a su hermana. —Lo sé —Después de desayunar, serás llevada a las oficinas de la Interpol y ahí darás tu declaración. —¿Y después de eso? —Después de eso todo habrá acabado— le dijo él, obligándose a darle una sonrisa a Yelena. —No pienso regresar a casa de mi padre. —Si no quieres estar ahí, está bien. Puedes ir a dónde quieras. Ahora eres libre.
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