Cuando Fabrizio llegó a toda velocidad a casa de Carlo, golpeó la puerta con fuerza. Sus manos le picaban de ganas de desquitarse. Desde dentro, Carlo se sobresaltó por el timbre. —¿Quién es ahora? —gruñó, acercándose a abrir. Al hacerlo, no tuvo tiempo de reaccionar. El puño de Fabrizio lo alcanzó directamente en la cara, haciéndolo caer al suelo. —¿Dónde rayos está mi hija? ¡¿Dónde está?! ¿La tienes aquí escondida? —rugió Fabrizio, con los ojos inyectados de furia. Carlo se llevó la mano a la nariz ensangrentada, sin entender nada. —¡¿Qué estás diciendo, hombre?! —replicó, lanzando un golpe que alcanzó el rostro de Fabrizio. Fabrizio se tambaleó, pero se recuperó rápidamente y agarró a Carlo por el cuello de la camisa. —¿Dónde está mi hija? —dijo con voz gélida. —¡¿Cómo carajos

