Cuando Fabrizio llegó a casa por la tarde, bajó del coche emocionado. Llevaba en la mano un paquete que estaba seguro encantaría a su hija. Sonrió, llamó al timbre y esperó. Al no recibir respuesta después de varios intentos, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. El silencio reinaba en la casa. —¡Mirella! ¡Dennise! —llamó con entusiasmo. Nada. —¡Mirella! ¿Dónde están? La ausencia de respuesta lo inquietó. —¡Mira lo que le he comprado a nuestra niña! ¡Salgan ahora mismo! Fabrizio caminaba por la casa con alegría, creyendo que su esposa y su hija le estaban gastando una broma. —¿Dónde se esconden? —estaba por decir, pero se detuvo al ver una mancha de barro en el suelo. Frunció el ceño. El silencio persistente aumentó su sospecha. Justo cuando iba a llamar a Mirella d

