Mirella se tensó al sentir una mano sobre su estómago. Fabrizio había colocado suavemente su mano allí, envolviéndola con firmeza. —¿Qué estás haciendo? —susurró ella con voz adormilada. —Estoy abrazando a mi bebé —respondió él con una sonrisa juguetona. —Estamos demasiado cerca. Aléjate —protestó Mirella. —¡No puedo irme! Mirella podría haber discutido, gritar o apartarlo, pero el sueño la venció. Sin decir nada más, cerró los ojos y se quedó dormida. Cuando amaneció, el brazo de Fabrizio rodeaba el cuerpo de Mirella, y ella dormía apoyada en él. Fabrizio fue el primero en despertarse. Inspiró el suave aroma del cabello de Mirella, quien seguía recostada contra su pecho. Despertar así era un placer que deseaba repetir cada mañana. Una sonrisa asomó en sus labios al recordarlo. Sabí

