Sweet Nightmares (parte 5)

1222 Palabras
Dianne El color del cielo me hace intentar descifrarlo, su color no es tan opaco y el sol no es molesto, así que presumo que han de ser por ahí las siete de la mañana. Es el apenas el segundo día que llevamos juntos, pero las cincuenta y siete horas se me hecho las más eternas de mi vida. Kaller se remueve incómodo en el asiento del copiloto por enésima vez, tal parece que yo soy la única cuerda de los seis. Supuestamente hace una hora, cuando él y Danielle estaban por salir de la habitación; la vio pasar frente al espejo y su reflejo no era ella, sino una mujer pelirroja con cuernos. No puedo creer esta mierda, están tan cagados que los otros cuatro están apretados en los asientos de atrás porque no quieren llevar a ninguno en la cajuela por no sé qué de la tragedia. A mí sinceramente ya hasta se me había olvidado lo de la tipa de la carretera, y eso que yo misma fui quien la atropelló. Y no quisieron ir tres en el auto de la rubia por razones que desconozco. El aire fresco de Coldrick me abraza cuando apago el vehículo y salgo de éste, es relajante y no gélido como el de la montaña. Danielle es la última en bajar con la ayuda de mi hermana, la rubia de un momento a otro porta bajo sus ojos unas ojeras de mala muerte, su mirada indecibrafle. Pero problema mío no es, yo vine a relajarme y despejar la mente, no a obstinarme por ningún fantasma de ningún carajo de no sé qué. Abigail camina por las calles pocas transitadas del pueblucho y se adentra a un sitio que reconozco de una, es la tiendita de dónde de vaina no nos sacan a patadas ayer como a esta misma hora. Me cuestiono internamente: ¿Por qué querría volver a esa tienda? ¿Por qué quiso que vinieramos todos? ¿Qué mierda le pasa a mis amigos? Pero decido dejar las interrogantes en mi mente. Ni siquiera hemos entrado todos al abasto cuando ya nos están corriendo otra vez. —¡Vayanse!— Vocifera el señor con un notable ápice de temor. —¡Vamos, hombre!— Abi insiste en no sé qué, ya casi ni presto atención a lo que dicen, los cinco están paranóicos, yo sólo ando de relleno— No tenemos peste, ni pulgas— el temblor del hombre es semejante al de alguien con inicios de Parkinson. La lesbi suspira—. Sólo dime dónde está y prometo no volver a aparecerme por aquí— ambos se muestran impacientes. —¡Tengan piedad y no traigan la maldición a Coldrick! ¡Somos un poblado sereno! ¡Piedad, jóven! ¡Piedad! Bueno, ¿Y a este qué le pica? —Señor, le estoy diciendo que me diga dónde está la bruja y lo dejaré en paz, no sea terco. ¿Acaso dijo bruja? Buena vaina (nótese el sarcasmo), éramos muchos y parió la abuela. —Padre nuestro que estás en el cielo, santo sea t...— el viejo comienza a orar y Abigail pierde todo atisbo de cordura. —¡Que me digas dónde coño está la vieja, j***r! —¡Abigail, vámonos!— se me agota la paciencia. Escucho que Danielle suelta una risita imprudente, volteo a verla, tiene la vista puesta en un punto fijo. Dirijo mi vista exactamente a donde ve ella y no hay nada ahí, como que perderse en el bosque la puso más estúpida. Halo con insistencia el brazo de Abi hasta que cede a dejar la ladilla con el viejo cagado. Todos caminamos de vuelta al auto, menos Danielle que se quedó ahí parada como si le hubiesen salido raíces. De pronto, dentro del mismo negocio, se hace presente el sonido de algo quebrarse, como un vidrio. La rubia emprende una caminata a nosotros con el semblante serio, volteo a ver el local que ahora carece de iluminación y presumo que lo que se partió fueron los bombillos. Danielle se detiene justo frente a mí, su mirada penetra mis iris y arrugo las cejas. —¿Qué?— inquiero. Su rostro se adorna con una sonrisa inusual y susurra algo que, aparte de que no entendí, no fue muy audible que se diga. —¡Abi!— la voz de Harry me hace romper el ridículo contacto visual con Dan, para cuando volteo, la aludida está corriendo vaya uno a saber a donde— ¡Abigail! ¡Ven acá vale!— pide el chico con una insistencia para nada útil. —Ahora va a salir corriendo como maniática cada vez que vengamos— me recuesto contra el capó del carro, con una ceja alzada hacia la dirección por donde esta se fue, siendo prospecto de Forrest Gump—. No la saco más, qué va. Margo se recuesta a mi lado y se aferra a mi brazo. —Es real, hermana— habla. —¿Eh? —Sé que nos tachas de locos porque no crees en lo paranormal, pero es real todo lo que hemos visto. Dichosa tú que no te han traumado— me mira con cansancio. Ignoro lo que dice, visualizo a lo lejos a Abigail regresando en una corrida. Se detiene a pocos metros de nosotros con las manos apoyadas en sus piernas, intentando recuperar el aire. —Chicos, siganme— pide a los segundos. Kaller, Harry y Margo comienzan a caminar detrás de ella, Danielle va a paso lento como si le pesara el culo y a mí no me queda de otra que seguirlos. Doblamos en una esquina donde al parecer un hombre de color y estatura media nos estaba esperando. Los seis caminamos unas cuantas calles de Coldrick, ahora siendo guiados por el tipo desconocido. Nos detenemos frente a una casa de madera, es pequeña y a simple vista se nota que tiene añales. Tiene macetas colgantes en la entrada con plantas medicinales. —Aquí es— el tipo le señala la casa a Abi. —Gracias— dicho esto, el hombre de color se va en una dirección contraria a la nuestra. Abigail toca la puerta con sus nudillos mientras que un signo de interrogación ficticio yace sobre mi frente. Una mujer de unos cincuenta y tantos años abre la puerta, trae puesto un vestido milkmaid de cuadros amarillos, dándole un aspecto pueblerino. Su cabello es largo, una mezcla de cabello grisáceo con canas, tiene un fleco que no deja sus cejas a la vista. En su rostro yacen unas cuantas arrugas, pero su sonrisa la hace lucir conservada. —¿Puedo ayudarlos en algo?— su tono de voz es suave y delicado. Sus nietos deben amarla si es que tiene. —¿Es usted Calíope Forester?— inquiere mi amiga. —Así es— la señora asiente con lentitud. —Bueno, tengo entendido que usted es una especie de bruja, corríjame si me equivoco. Mis amigos y yo necesitamos que nos consulte, ya que de alguna manera nos han estado atormentando y— suspira— estamos desesperados. La mujer posa su atención específicamente en uno de nosotros apenas Abi le plantea la situación. Observa a la rubia que permanece cabizbaja como si fuese un robot apagado. —Por favor quítense los zapatos y pasen adelante.
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