La luz de la luna se filtraba a través de las cortinas rotas del pasillo superior de la mansión de Ismeiry, proyectando un mosaico de sombras que parecían danzar al ritmo de la tensión. La figura encapuchada, con un cuchillo que relucía como un presagio, bloqueaba la salida, su voz distorsionada cortando el aire: “Dame el pendrive, Valdez, o todos pagarán por los pecados de sus padres.” El pendrive, guardado en la chaqueta de Alejandro, contenía la verdad sobre “El Círculo” y el misterioso Fantasma, pero las palabras de la figura —sugiriendo que alguien del grupo los había traicionado— habían encendido una chispa de desconfianza que amenazaba con consumirlos. Ismeiry, con una lámpara pesada en la mano como arma improvisada, sintió su pulso acelerarse, sus ojos escaneando a Alejandro, Stef

