El amanecer en Barcelona era un susurro de luz dorada que se filtraba entre los edificios góticos, bañando el cementerio de Montjuïc en un silencio reverente. Sofía, Ismeiry, Alejandro, Stefany, Daniela y Elena caminaban por senderos de grava, cada uno cargando el peso de los últimos meses: la captura de Mateo Salazar, la neutralización de Víctor Crane, y las amenazas de “El Círculo” que, aunque debilitadas, aún acechaban. Habían regresado a la ciudad para un momento de pausa, para rendir homenaje a Rafael y Luis Valdez, cuyos sacrificios habían guiado su lucha. Las tumbas de ambos, rodeadas de cipreses, eran un recordatorio de lo que habían perdido, pero también de lo que habían ganado: una alianza forjada en el dolor y la valentía. Sofía se detuvo frente a la lápida de su padre, Rafael,

