Durante el resto del día tanto Eliott como Nerys como Sloan pusieron manos a la obra para poder montar la mejor celebración posible en el pequeño, pequeñísimo espacio de tiempo que tenian. De modo que Nerys puso en marcha a todos lo que trabajaban en las cocinas de Duart Castle, para que empezaran a preparar un modesto banquete. Sloan fue hasta la parroquia, puso sobre aviso al sacerdote, el cual le pidió encarecidamente que le ayudara a limpiar la iglesia. Y Sloan, que haría cualquier cosa por hacer a su hermana feliz, se puso manos a la obra para preparar todo. Eliott mientras tanto se puso en marcha para buscar un anillo tan hermoso como era su futura esposa.
Cuando el sol caía, y bañaba de tonos naranjas la plaza frente a la iglesia. Nerys y Eliott tenían las manos entrelazadas bajo el tartan de la familia McIntosh. Había elegido el momento del día en el que el sol teñia el cielo del mismo color que el pelo de la muchacha, el mismo momento del día en el que se había confesado sus sentimientos tiempo atrás.
Los ojos de Nerys brillaban llenos de emoción, pero también estaba vidriosos por las lágrimas que permanecían constantemente al borde de derramarse. No sólo porque estuviera tan llena de alegría y emoción que podría llorar. También por el sabor amargo que le quedaba en el fondo de la garganta. La muchacha había elegido llevar aquel día el vestido con el que un día se casó su madre, el cual había guardado con cariño durante años. Y aunque la muchacha aceptó tiempo atrás que su madre no la vería ir al altar, la pérdida de su padre aún era muy reciente y la muchacha aun no podía procesar que no sería su padre quien la llevaría del brazo hasta el altar. Aun así, Nerys sentía el amor profundo que Eliott le procesaba y sabía que donde quiera que estuviesen sus padres aprobaban su decisión. Aun así, había alguien que podría estar allí y no estaba. La muchacha echaba en falta a su cuñada, echaba de menos a aquella que había hecho de casamentera a distancia y les había guiado hacia su felicidad.
Eliott, por otro lado estaba completamente obnubilado por su futura esposa. No podía despegar los ojos de su rostro. Y si bien era cierto que deseaba que su familia hubiera podido estar allí, nada le impedía volver a celebrar su unión con ellos más adelante. Tras conocer a Nerys, Eliott había pasado a tener pocos deseos en la vida, pero muy intensos. Deseaba desposarse con aquella mujer, deseaba poder pasar el resto de sus día mirando sus ojos, quería ver como su cabello se tornaba gris, quería tener hijos con ella, verlos crecer. Y en aquel momento, todo estaba haciéndose realidad. Si bien, al muchacho también le habría gustado que Nicoletta hubiera estado allí, pues al fin y al cabo ella era la que había hecho todo aquello posible, la que le había animado a hablar de sus sentimientos, la que le había aconsejado cuando dudó.
Cuando cayó la noche las gentes de Isla Mull llenaban el gran salón. La música colmaba la estancia hasta desbordarse por la ventanas. Las risas se envolvían en la música y se convertía en acordes, parte de la melodía. La felicidad embargaba cada rincón de aquella estancia, excepto por un lugar. La silla junto Sloan, aquella que Nicoletta debería ocupar, mantenía un aura triste. Todo aquel que posaba sus ojos en ella sentía la pena de que la señora del clan no estuviera celebrando con ellos. Si bien todos habían sido advertidos que no debían preguntar al respecto, que sólo necesitaban saber que Nicoletta volvería. No podían evitar llenarse de incertidumbre, y aquel asiento vacío se convertía en la materialización de aquella tristeza. La estancia en general era una alegoría perfecta de los sentimiento de casito todos aquellos se encontraba allí. Llenos de felicidad, pero con una pequeña astilla de dolor clavada, que por un lado les hacía querer disfrutar aún más, ante la duda de si aquella felicidad se podía desvanacer, pero de igual manera les hacía tener un leve sentimiento de culpa al estar tan llenos de felicidad viendo como les faltaba su señora, y como el laird estaba sumido en un aura oscura.
Sloan se encontraba sentado a la mesa principal, recostado en su asiento, contemplando la escena. Estaba divido en ese momento. Disfrutaba ver a su hermana feliz, bailando con su flamante nuevo marido. Disfrutaba de ver a su gente regocijarse celebrando el matrimonio de Nerys. Pero no podía permitirse ser feliz el mismo, no cuando la silla que debía ocupar Nicoletta estaba vacía a su lado, cuando él la había dejado marchar. Sloan sabía que estaba llevando a la celebración una nota de tristeza que se estaba contagiando a todos los demás. No quería que sus sentimiento se expandieran a los demás, por lo que decidió que era el momento de marcharse. Pero no podía hacerlo sin despedirse. De modo que se puso en pie, puso en su boca una sonrisa como mejor pudo y alzando su copa exclamó:
-¡Nerys! Mi querida hermana, eres la viva imagen de nuestra madre. Si padre pudiera estar aquí hoy estaría llorando de felicidad al verte. Pero ni el ni madre han podido estar, sin embargo estoy seguro que desde donde quiera que estén, están felices de verte a ti felices, y orgullosos de ver la maravillosa mujer en la que te has convertido. ¡Un brindis! Porque tenga una vida de casa feliz y plena. ¡SLÁINTE!
-¡SLÁINTE!-bramó la multitud en respuesta.
-¡Eliott!-exclamó de nuevo el hombre-. Has probado ser un buen hombre, trabajador, justo, horado y valiente. Has probado ser merecedor de la mano de mi querida hermana, y estoy feliz de que haya encontrado la felicidad con una buena persona como tú. Sin embargo, es mi deber como hermano mayor decirte... Que si alguna vez la haces llorar me vengaré, muchacho. ¡Por la felicidad de Eliott y Nerys! ¡SLÁINTE!
-¡SLÁINTE!
Todos los presenten brindaron a la orden de su señor, en honor a los recién casados. Sloan, en cuanto vió como todos volvía a distraerse poco a poco con la música, el baile, las conversaciones. Comenzó los preparativos para su marcha. Subió a sus aposentos, cogió todo aquello que consideró necesario. Bajó de nuevo por otras escaleras, y salió del castillo hacia las caballerizas a través de la cocina. Cuando llegó al establo su fiel corcel Luath lo saludó con un relincho. El hombre montó y se alejó de la escena con un nudo en el corazón. Diversas razones le hacía sentirse así. El tener que dejar a su hermana en mitad de la celebración de su boda, pero el hombre sabía que no era momento de teñir tan bonito recuerdo con una despedida lacrimógena. Pero el mayor motivo por el que tenía un nudo en el corazón era la incertidumbre. No sabía si sería capaz de localizar a su esposa. No sabía cuanto tiempo tardaría en hacerlo, ¿y ella había encontrado a otro hombre para ese momento? Y aunque no lo hubiera encontrado, nada garantizaba al highlander que si era capaz de encontrar a su esposa esta le aceptaría de vuelta. Buscar a Nicoletta sería el mayor acto de fe que haría en su vida. Pero a pesar de las dudas, la congoja que le reconcomía. Estaba seguro de que aquello era lo que tenía que hacer. Nicoletta era su esposa, le había dicho que le amaba y él la amaba a ella, no iba a permitir que su esposa anduviera sola por el mundo, a merced de que cualquier mal pudiera herirla. Él quería protegerla, y lo haría. De ese modo Sloan se marchó, envuelto en su capa y en la oscuridad de la noche. Bajo un cielo sin luna plagado de estrellas. Dejando detrás a su familia y amigos, viviendo un momento hermoso y feliz. Sloan se marchó en busca de su propia felicidad.