Nicoletta se despertó por el bullicio que caracterizaba a Inverness los días de mercado. Apenas salía el sol, pero comerciantes de todos los gremios se ponían en marcha. De modo que Nicoletta debía ponerse en marcha también. Se había criado observando a su padre trabajar como mercader, si había alguna profesión para ella, era esa. Al principio le preocupó que a Francesca no le gustara la idea de no asentarse nunca definitivamente en un lugar, pero la joven nunca puso pegas. Las dos mujeres habían podido rentar una pequeña casita con dos diminutas habitaciones y una estancia que servía para todas las demás labores del hogar. La puerta de la habitación se abrió y el pequeño Paolo entró gritando.
-¡Tía Nicci! ¡Despierta! ¡Hora de levantar!
Tanto el niño como Francesca intentaban aprender Gaélico, pero aun estaban en ello. La mujer se levantó y al salir de su habitación se encontró con un modesto desayuno que Francesca había preparado. En su camino hasta Inverness Nicoletta había vendido la lana que había comprado a Archy, por un precio cuatro veces superior al que le había costado, le haría resultado más que rentable el trato que había hecho con el hombre, aquella lana le había costado apenas unas pocas monedas y su historia. Lo cual había sido suficiente para rentar aquella casita durante un par de semanas, y aun tenía dinero para comprar otros artículos que revender más tarde. Tras comer algo, Nicci marchó hacía la plaza principal de Inverness. Rápidamente localizó el puesto de un alfarero, y mientras revisaba los artículos que tenía expuesto para la venta rápidamente divisó varios que le interesaban, unas cuantas tinajas con pequeños defectos, nada realmente importante, pero lo suficientemente llamativos para poder sacarles un buen descuento.
-Disculpe, señor. ¿Cuánto cuestan estas tinajas?
-Una moneda de oro cada una, cuatro si te llevas las cinco.
-Entiendo, pero verá, estas tinajas están defectuosas. Está tiene una g****a en la base y aquella está desportillada... Por no hablar de que estás dos se debieron romper completamente y usted las ha arreglado con una arcilla de poca calidad, se nota bastante porosa al tacto, dos usos bastarían para deshacer completamente esa arcilla. Y la quinta, la más grande. Está completamente hecha de esa arcilla tan pobre. Lo cual es una pena, porque se nota que es usted muy bueno en su trabajo, si tan sólo tuviera una arcilla de mejor calidad...
Nicoletta se retiró la capucha de su capa, sabía como parecer buena y confiable, sabía conseguir precios más que favorables. Mirando al alfarero directamente a los ojos, y con la voz clara, cargada de sinceridad.
-Verá, yo necesito unas tinajas con urgencia, pero no tengo mucho dinero. Y para usted sería un alivio, a mi parecer, librarse de estas que están defectuosas. Si se las vende a alguno de sus vecinos, ellos se enfadarán al comprobar la poca calidad que tienen, y dejarán de comprar el resto de sus productos. Pero yo estoy de paso, pronto me marcharé y, además ya se lo que estoy comprando.
-Tres monedas de oro-.dijo el hombre.
-Dos de plata-. Contestó ella con voz firme
-Una moneda de oro.
-Trato hecho-. Sonrió Nicoletta.
De vuelta a la casita que rentaba, Nicci compró pinturas y pinceles a un artesano. Pero para conseguir un buen precio, Nicci optó por contar una pequeña historia. De como el último deseo de su hermanita pequeña enferma era poder pintar. Era tener pinturas con las que poder dejar un recuerdo de su vida a sus familias, la mujer afirmó que su pobre madre estaba destrozada, que aquella era la tercera hija que perdía, la quinta de todos los niños que había perdido.
-Sin duda alguna mi madre no ha tenido suerte en esta vida, nos quiere tanto a mis hermanos y a mí, y pronto sólo quedaré yo. Sin nada con que recordar a los demás
El anciano del puesto se enterneció y, mientras se enjugaba unas lagrimitas, le vendió la pinturas a mitad del precio original, regalándole los pinceles.
Ya en la casita, Nicoletta se sentó frente al fuego con las tinajas y las pinturas y comenzó a decorarlas. Durante su paso por Asia había memorizado los patrones y estilos de pintura de cada zona. De modo, que mientras ayudaba a Francesca a practicar gaélico, Nicci pintaba vasijas de la India, de China... Nadie podría distinguirlas, ni siquiera un experto artesano de aquellos países sería capaz. La muchacha sabía que aquel no era el trabajo más honesto del mundo, pero no había robado nada a nadie nunca. Y aquello era mucho más honesto que robar. Al menos pagaba en cierta medida el trabajo de los demás, y aunque aquellas vasijas no eran realmente de países lejanos, era lo más parecido que podrían encontrar, y estaban pintadas por alguien que conocía de primera mano las culturas que imitaba. No era el trabajo más honesto del mundo, no. Pero era trabajo, y ahora dependían de ella otras dos personas.
-¿Cómo vamos a llevar todas estás tinajas hasta nuestro siguiente destino?-preguntó Francesca.
-Necesitaremos un carro, no nos podemos arriesgar a venderlas aquí y reconozcan las pinturas o las propias tinajas... Estoy bastante segura de que podría intercambiar alguno de mis vestidos por un carro. Sólo tengo que encontrar a la persona correcta. De todos modos, no hay prisa, necesitaré al menos un par de semanas para terminar de pintar las tinajas y que se seque la pintura antes de transportarlas.
Durante los siguientes días, Nicoletta se pasearía a diario por Inverness, escuchando conversaciones ajenas, buscando a alguien lo suficientemente interesado en un vestido, pero sin el dinero necesario para comprarlo. Un día como cualquier otro, Nicoletta escuchó la acalorada discusión de lo que parecían unos recién casados.
-¡NO ME LO PUEDO CREER!
-Tavie, por favor, entiéndeme.
-Me prometiste un vestido, solo te pido un único vestido. ¿Has visto las ropas que llevo? Parezco una sin techo. ¡Y tú te has gastado el dinero en un carro nuevo! ¡NO LO NECESITAS!
-Pero, Tavie... Este carro es mejor, el otro está astillado.
-¡Y yo necesito algo de ropa que me proteja del frío en invierno! No estos harapos.
La mujer se fue echando humo mientras el hombre se quedaba allí maldiciendo. Nicoletta por fin había encontrado el comprador de su vestido. Con timidez fingida se acercó al muchacho y le dijo.
-Disculpa... No he podido evitar oír la conversación con tu esposa. No pretendo inmiscuirme, pero creo que podría tener la solución a tus problemas.
-No tengo dinero con el que comprarte un vestido.
-Oh, no. No quiero dinero. Tienes un carro viejo, ¿no es cierto? Uno que no necesitas. Yo tengo el vestido de la mujer de un laird. Solía trabajar para la esposa del señor de Isla Mull, del clan McPherson. Ella me tenía mucho aprecio, así que cuanto tuve que marchar para cuidar de mi madre, que enfermó, me regaló varios de sus vestidos. Yo no los necesito todos, y sí que necesito un carro. ¿Te interesaría un trueque?
-Nada me garantice que de verdad sea un vestido tan bueno, además aún puedo vender el carro viejo y comprar un vestido nuevo.
-Podrías, pero si el carro están en tan mal estado como dices, no tendrás suficiente para un vestido de invierno. Además yo diría que tu esposa y yo tenemos más o menos la misma complexión.
-Eso sigue sin garantizarme que el vestido sea tan bueno como dices.
-Te darás cuenta en cuanto lo veas.
El muchacho aceptó el trato un poco a regañadientes, de manera que a las pocas horas la mujer le dio el vestido al muchacho y ella se volvió a su casita rentada con un carro. A los pocos días la muchacha volvió a encontrarse con el hombre, que le agradeció efusivamente el vestido. Su esposa estaba pletórica de felicidad.
-Mi esposa ahora es la envidia de Inverness-le había dicho-. Creo que ese vestido ha salvado mi matrimonio.
Sabiendo que había ayudado tanto a aquel pobre hombre, se sentía un poco menos mal por los pequeños engaños que había hecho a otros habitantes de Inverness.