Seguir avanzando

1508 Palabras
La mañana del cuatro de octubre tanto Nicoletta como Sloan se pusieron en marcha, pasando todo el día en camino. Aquella noche Nicoletta, Francesca y el pequeño Paolo llegaron a Elgin, un poblado diminuto llamado Elgin. Un lugar tranquilo y acogedor, pero no la mejor elección para los planes de Nicoletta, pero era un buen lugar para descansar un par de días. A Nicoletta aun le quedaban algunas piezas de lana que le había comprado a Archy, había pensado conservarla y convertirla en mantas, pero no le vendría mal algo más de dinero hasta llegar a Aberdeen.  Esa noche, Sloan acampaba en el bosque a mitad de camino de Invergarry Castle. El viento de las Highlands era helado y mecía las copas de los árboles, acompañando el sonido de la fauna nocturna, que a su vez se fundía con el crepitar de la hoguera que el hombre había prendido para mantener el calor. El Highlander miraba la cúpula estelar, miles de pequeñas luces titilaban en el cielo, era una noche de luna creciente y la espeluznante sonrisa de la luna parecía reírse de la solidad del hombre. Aquellas estrellas estaban sobre él y sobre su esposa, pero no podían decirle donde estaba ella. Las semanas que había permanecido en Stalker Castle habían sido duras, pero sin embargo mucho más sencillas que aquella noche. El estar completamente sólo bajo el cielo hacía que las dudas que tenía se multiplicaran por un millón. Todo parecía mucho mas sencillo, mucho más certero, cuando compartía la mesa con sus amigos, cuando había alguien que pusiera freno a la espiral que formaban sus pensamientos. Sin embargo, Sloan sabía que aquellos momento eran necesarios. Cuando encontrara al Nicoletta no podía seguir siendo el mismo hombre colapsado por la dificultad del pasado de su esposa. Debía crecer, aprender. Necesitaba ser alguien más seguro, mucho más fuerte cuando volviera a ver a Nicoletta. Sloan era un hombre increíblemente fuerte físicamente, pero emocionalmente, nunca había estado expuesto al dolor. Había sufrido la pérdida de sus padres, tras ver como la enfermedad deterioraba a ambos. Había sufrido esas pérdidas, pero aquello era algo de lo que siempre había sido consciente que acabaría pasando, pues al fin y al cabo, por mucho que nos duela, nuestros padres no son eternos, y es ley de vida que algún día debamos afrontar esa pérdida.  A excepción de esto, la vida de Sloan había sido muchísimo más sencilla de lo que él había pensado. En aquel momento sentía que las estrellas sobre él eran ojos juzgándole. Sloan había nacido en una familia acomodada, con la perspectiva de heredar las tierras y el título de su padre. Aquel siempre había sido su futuro. Sloan había luchado en batallas. Pero no había tenido que luchar en su vida. Siempre había sabido quien era, dónde estaba y hacía donde se dirigía.  Aquella era una suerte que su esposa no había tenido.  Nunca había tenido un hogar estable, siempre viajando de un lugar a otro. Había visto a su familia pasar hambre, y estar en todo tipo de situaciones peligrosas. Había tenido que crecer, que abandonar su infancia para cuidarles. Y había sido empujada a ello por su propio padre. El hombre apartó la mirada de la bóveda celeste, sin duda alguna, aquellas estrellas parecían ojos juzgándole. En aquel momento, se planteaba como había sido capaz de juzgarla por todo aquello, cuando él había tenido una vida cómoda toda su vida, sin preocupaciones, sin tener que plantearse si su familia moriría de hambre al día siguiente. Y sin embargo, ella siempre había seguido avanzando. Sloan se había dado cuenta de que necesitaba él era eso. Seguir avanzando.  Seguir avanzando por las tierras de las Highlands, en busca de su esposa. Un día había creído que casarse con ella no era más que la continuación de su vida fácil. Y cuando la vida con ella dejó de ser fácil, se había cerrado en banda. Había ignorado por completo a su esposa hasta apartarla completamente. Y ahora el momento de que fuera el quien la llevara de vuelta a casa. Era el momento para él de estar sólo y aprender realmente quien era. Siempre había seguido todo lo que se pedía del él. Heredero, laird, guerrero... Y cuando llegó el momento, esposo. Se había casado con Nicci porque aquello era lo que se suponía que tenía que hacer. No había meditado aquella decisión. Y en ese momento, se arrepentía. No de haberse casado, ni de haberlo hecho con Nicoletta. Si no de haber meditado aquella decisión, de no haberse parado a conocerla mejor, a plantearse que significaba para ella ese tremendo cambio en su vida. Sin duda alguna, Sloan tenía muchísimas cosas que decirle a su esposa cuando la encontrara. Y muchísimas que preguntarle. Si iba a llevarla con ella de vuelta, quería empezar de cero. Quería que ella fuera libre a su lado.  Aquella misma noche Nicoletta miraba el techo de la minúscula habitación que había rentado de Elgin. Ella, Francesca y Paolo eran los únicos inquilinos de la posada. Habían pasado casi tres semanas completas desde que abandonara Duart Castle, y empezaba a hacerse mucho más duro de lo que ella había imaginado. Añoraba a Nerys, añoraba aquel castillo, añoraba la gente de Isla Mull y, sobre todo, añoraba a Sloan. Cada día que pasaba lo sentía más y más lejos, y se daba cuenta de que había albergado esperanzas de que Sloan la hubiera buscado, pero las semanas pasaban y... No había noticias de Sloan. Nicci había intentado no dejar rastro de su paso. Y sin embargo, tenía esperanzas. Los pensamientos de Nicoletta fueron interrumpidos por un pequeño suspiro que soltó Francesca. -¿Ocurre algo? -Me estaba preguntando -musitó Francesca acariciándole la cabecita a su hijo, que dormía junto a ella-. ¿Cuál crees que será nuestro futuro aquí? ¿Crees que llegaremos a rehacer nuestras vidas aquí? -Eso depende de lo que entiendas por rehacer nuestra vida. -Bueno... Sin duda alguna no quiero volver a casarme. He tenido suficientes hombres en mi vida, el único que quiero conservar es Paolo. Pero extraño tener una familia... -Francesca -dijo Nicci conmovida-. Nosotras seremos familia. Eso no es cuestión de lazos de sangre, es cuestión de cuidarnos los unos a los otros.  -Nicci... ¿Puedo preguntarte una cosa? -Claro, lo que quieras.  -¿Por qué no volviste con tus padres? Tu familia está en Glasgow, ¿no es cierto? ¿Por qué no volviste con ellos? Nicoletta miró al techo de nuevo e intentó buscar las palabras concretas con las que explicarlo.  -Es difícil de explicar... No creo que me rechazaran. Estoy segura de que me aceptarían de vuelta. Pero yo... No puedo ir. Nunca he defraudado sus expectativas. Siempre he hecho lo que me han pedido. Siempre he hecho lo que era mejor para la familia. Y cuando eso era casarme, también lo hice. No voy a negar que, a pesar del miedo que me daba casarme, Sloan me encantó desde el minuto uno. Y fui muy muy feliz a su lado. Por todo eso, no puedo presentarme ante mis padres y decirles que lo tiré todo por tierra.  -Nicci... No tienes que ser siempre la hija perfecta. Yo preferiría mil veces tener a Paolo a mi lado con sus defectos, que a que se alejara de mi por miedo a defraudarme. -Supongo que tiene sentido, pero no me siento capaz. No quiero ver la decepción en sus caras. No soy capaz de fallarles. Quiero volver a verles, pero antes quiero hacerme un nombre... Quiero decir... Sé que soy capaz de ganas dinero siendo mercader, quiero que mi nombre les llegue a mis padres antes de que yo vuelva. Sé que puedo hacerlo, y será una forma de hacer que estén orgullosos de mí.  -Y entonces... ¿Por qué has estado fingiendo ser un muchacho? Nicoletta se rió, esa pregunta era mucho más profunda de lo que Francesca pensaba. -La excusa que me daba a mi misma era que sería más seguro si la gente no sabía que dos mujeres viajan solas. ¿La verdad? Pensaba... Quería, que Sloan me siguiera. No me daba cuenta en realidad, pero pretendía despistarle. Pero parece obvio que no quiere buscarme ya... Así que supongo que va siendo hora de dejar de fingir.  -Ohh...-suspiró Francesca con fingido dramatismo- Después de todo lo que he pasado. ¿También voy a perder a mi querido hermanito? Las mujeres se echaron a reír a la vez. Hasta que Francesca dejó de reír de pronto y soltó un pequeño gruñido.  -¿Te encuentras bien, Francci? -Sí, sí... Creo que me ha llegado la luna nueva... Ya sabes.. -Tengo paños de lino limpios en la alforja, espera que te los doy.  -Nicci, no. También los necesitarás tu pronto, ¿no? La apelada se quedó helada un segundo, y se puso a contar días desde la última vez que había necesitado aquellos paños. -Pues... Lo había olvidado por completo, pero tendría que haber sido la semana pasada. Es raro... Yo siempre he sido muy regular. Nunca ha variado más de dos días. -No te preocupes por un retraso de una semana. No será nada. Además, llevabas meses sin hablar siquiera con Sloan. Nicoletta sonrió forzosamente, sabiendo que se había despedido de su esposo por todo lo alto.  -Deberíamos dormir... Buenas noches -Buenas noches, hermanito
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