Una noticia inesperada

1365 Palabras
Al salir el sol la mañana siguiente, Nicoletta se despertó de un salto. Tenía el estómago revuelto, sentía que estaba a punto de vomitar. Sin pensarlo se lanzó a coger la bacinilla bajo su cama y sin poder evitarlo, echó todo lo que tenía en el estómago.  -Nicci-.Dijó Francesca despertándose-. ¿Te encuentras bien?  -Sí, si... Seguro que me encuentro mejor cuando comamos algo. -Tia Nicci, ¿estás malita? -preguntó el pequeño Paolo. -No es nada, cielo...-contestó ella.  Una vez en el pequeño comedor de la posada, la simpática mujer del posadero les sirvió pan de centeno recién hecho y huevos fritos -Ugghhh... Huevos... -¿Nicci?-preguntó Francesca-. ¿Desde cuándo no te gustan los huevos? -Es que huelen muy fuerte.  -Apenas huelen a nada... Nicoletta. ¿Cuándo fue la última vez que yaciste con Sloan? La interpelada apartó la mirada. No quería contestar aquella pregunta.  -Nicoletta...  -La última noche que estuvimos en Isla Mull... Yo... Nunca más le volvería a ver, y le dije que... Y después no podía dormir, no podía descansar sabiendo que era la última vez que le veía y bueno... Por eso nos fuimos en mitad de la noche.  Francesca se quedó boquiabierta. Sin saber bien que decir. Era bastante claro lo que estaba pasando. Y sin embargo... No podía ser verdad, porque si lo era la situación sería completamente diferente.  -Nicoletta... Estás embarazada. -No, no no no... -comenzó a negar ella-. No puede ser, no puede... Francesca, viendo como la respiración de Nicci se aceleraba por segundos, tomó las manos de la otra mujer desde el otro lado de la mesa, e intentó tranquilizarla. Lo primero era conseguir que se calmara y admitiera la situación.  -Tranquila, tranquila-susurró-. No pasa nada, vas a ser una mamá maravillosa.  -No...-las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de la muchacha-. Yo no sé cómo cuidar de un bebé... No estoy lista... No puedo hacerlo sola.  -Eh, no estás sola. Yo estaré contigo, yo ya he pasado por ahí, todo irá bien.  Nicoletta sollozaba, completamente confundida por lo que estaba pasando y lo que que estaba sintiendo. Tenía un pánico terrible. No sabía como iba a afrontar aquella situación. Y sin embargo, sentía un amor intenso por la vida que crecía dentro de ella. Durante días, no fue capaz de salir de la minúscula, casi asfixiante, habitación de la posada. Con el poco gaélico que sabía, Francesca pudo ir comunicándose con el posadero y su esposa, que muy amablemente, y quizá porque no habían tenido un cliente que se hospedara allí más de una noche en años. Les llevaron comida a la habitación y les ayudaron en todo lo posible.  Cuatro días m -Nicci...-volvió a susurrar Francesca-, debemos volver a Isla Mull, debes volver con tu esposo. O al menos, el debe saber que va a ser padre.  -No... No, no puedo... -Nicoletta... La mujer se levantó y volvió a la habitación, donde permaneció encerrada durante horas. Lloraba y lloraba, sin saber que hacer. Se sentía un ser humano deleznable. Su bebé aún no había llegado a este mundo y ya le estaba privando de tener un padre. Proclamaba amar a Sloan más que a nada, pero pretendía privarle del derecho de conocer a su propia descendencia. El corazón de la mujer estaba hecho un nudo, apretado y confundido por la mezcla de emociones que sentía. La pena de no tener a su familia ni a Sloan a su lado en un momento tan importante. La culpabilidad de ser tan débil que no podría enfrentar esta situación cara a cara con Sloan. El amor, profundo e irrompible, que había sentido por aquella futura personita desde el momento en que se dio cuenta de su existencia. Y la extraña, en cierto modo amarga, felicidad que sentía, ante el hecho de una parte de Sloan ahora siempre estaría con ella.  Durante días, no fue capaz de salir de la minúscula, casi asfixiante, habitación de la posada. Consumida por sus propias emociones, Nicoletta no tenía fuerzas de enfrentarse al mundo real. Con el poco gaélico que sabía, Francesca pudo ir comunicándose con el posadero y su esposa, que muy amablemente, y quizá porque no habían tenido un cliente que se hospedara allí más de una noche en años. Les llevaron comida a la habitación y les ayudaron en todo lo posible.  Cuatro días más tarde, el nueve de octubre, Francesca entró a la habitación decidida a poner punto y final a aquella situación. Su amiga necesitaba seguir adelante. No podían seguir en aquel punto muerto eternamente.  -¡Nicoletta! Se acabó, tienes que levantarte de esa cama. Te vas a asear y vas a bajar a comer.  -No tengo fuerzas-gruñó bajo las sábanas-. No quiero comer. -Eso si que no te lo consiento, vas a comer y no es sólo para cuidar de ti. La vida de una madre es hacer sacrificios, y el primero que vas a hacer va a ser mover el culo y comer.  A regañadientes, Nicoletta se levantó y bajó al comedor de la posada. Una vez fuera de aquella diminuta habitación y con el estómago lleno, Nicci vió las cosas mucho más claras. Durante los últimos días había estado barruntando una idea, una forma de conciliar los sentimientos encontrados que tenía.  -Mañana nos volvemos a Isla Mull -dijo con firmeza Francesca-. No podemos seguir aquí eternamente. -No voy a volver, eso lo tengo claro.  -Tienes que hacerlo. -¡No! Francesca, escúchame un instante-dijo Nicci con la poca firmeza que podía darle a su voz entre las lágrimas que de nuevo comenzaban a escaparse de sus ojos-. Si Sloan se entera me pedirá que vuelva a Isla Mull con él para cuidar de mi y del bebé. Querrá que volvamos a ser un matrimonio y yo no tendré fuerzas para decirle que no. Él volverá a estar atado a mi. No quiero eso para él. Me fui para dejarle libre, le pedí que rehiciera su vida. No puedo presentarme allí un mes más tarde es... No puedo. -Pero Sloan es un buen hombre, el querría saber que va a ser padre. No puedes privarle de eso.  -Y no lo haré. Te prometo que se lo diré. Pero aun no. Cuando consigamos más dinero, algo más de estabilidad, entonces te prometo que le escribiré y se lo diré. Pero tiene que ser cuando el no se vaya a sentir obligado a nada para conmigo, ni para con el bebé.  -¿Estás segura que eso es lo que quieres? -Sí. Tengo nueve... Más bien ocho meses por delante para ganarme las habichuelas. Y cuando este pequeñín nazca -añadió poniéndose la mano en el estómago-. Le mandaré una carta a Sloan, diciéndole si ha tenido un hijo o una hija. Le diré donde estoy y le invitaré a venir a conocer al bebé si es lo que desea. Lo dejaré en sus manos. -Vendrá -afirmó la otra mujer sin un ápice de duda-. -Lo sé, pero al menos tengo meses por delante para hacerme a la idea. Y que ese reencuentro no me resulte tan doloroso. Sobre todo cuando nos volvamos a separar.  Francesca abrazó a su amiga, no sabía como era capaz de tener esa entereza. Pero admiraba aquello de ella. Ese días ambas mujeres se pusieron manos a la obra. Vendieron las piezas de lana que aún tenían. Como se acercaba el invierno, y la lana tenía muy buena calidad, consiguieron un precio seis veces superior al que había pagado Nicoletta en su momento. Elgin era un lugar diminuto, sin mucha actividad. Pero Nicci decidió permanecer allí un par de días más. Quería asegurarse que no se le escapaba ninguna posibilidad de negocio. De modo que el días once de octubre partieron hacía Keith, un poblado diminuto, incluso más pequeño que Elgin, y que estaba a apenas seis horas de viaje.  Allí, Nicoletta consiguió vender algo de comida comprada en Elgin, junto con algunas mantas que habían sido parte del pago cuando vendió las últimas piezas de lana. Keith no daba mucho juego para los planes de Nicoletta, por lo que, a la mañana siguiente, partieron hacia Aberdeen, haciendo noche en el camino. El trece de octubre, cuando el sol se ponía entre las montañas de las Highlands escocesas, llegaron a su destino. -Esta ciudad es muchísimo más grande de lo que me esperaba -dijo Francesca sorprendida-. ¿Cuánto tiempo crees que nos quedaremos? -Bueno, casi es invierno. Estaría bien permanecer aquí unos meses. Además, no pienso irme de aquí hasta que toda este lugar sepa quien es La Italiana. 
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