Valentina corría por los interminables pasillos del hospital, con el corazón latiendo desbocado en su pecho. Su mente solo podía pensar en una cosa: encontrar al doctor Thomás. En este momento él era el único que podía ayudarla, sería el único que se tomaría la molestia de escucharla.
Finalmente, llegó al área de neurología pediátrica y sin pensarlo dos veces, se dirigió a la oficina donde sabía que Thomás estaría. Abrió la puerta sin tocar, con una mezcla de angustia y esperanza en los ojos. Solo rogaba por que el hombre estuviera ahí y no atendiendo alguna emergencia.
Thomás estaba de pie frente al escritorio, revisando unos papeles. Al ver a Valentina entrar de esa forma tan apresurada, su expresión de concentración se transformó en sorpresa. Por el tiempo que llevaba conociendo a la mujer, sabía que era demasiado educada y si había entrado de ese modo es por qué algo estaba pasando.
—Valentina, ¿qué haces aquí? —Preguntó, acercándose a ella con rapidez.
Ella, agitada y sin aliento, apenas podía articular palabras. Solo pudo decir entre sollozos: —Thomás, ha pasado algo terrible. Necesito que me ayudes, por favor.
Thomás entendió de inmediato que algo grave había ocurrido y la tomó entre sus brazos, reconfortándola. Valentina se aferró a él con fuerza, buscando consuelo en su calor. El ambiente se llenó de tensión mientras los dos se miraban a los ojos, sin decir nada. Podían sentir la intensidad de la conexión entre ellos, tan palpable como el aire que los rodeaba.
Finalmente, Thomás rompió el silencio. —Necesito que te calmes, respires profundamente y me expliques que es lo que está pasando. Si no lo haces, entonces no podré ayudarte. —Se separó de ella, poniendo la suficiente distancia entre ambos.
—El doctor Stuart, él está cometiendo un error... —Le entrega el sobre con los resultados del examen de la paciente, Thomás los recibe y los chequea rápidamente. —Me despidieron porqué falsifiqué la firma del doctor Stuart...
—Valentina, eso es muy poco ético, lamentablemente no puedo hacer nada por ayudarte en este caso. —Se excusó rápidamente.
—¡Se que estuvo mal, pero era necesario! La paciente es una niña que no sobrepasa los ocho años, el doctor Stuart la quiere mandar a pabellón para una operación de discos ya que padece de fuertes dolores a sus huesos largos... Cuando leí el expediente supe de inmediato que algo no andaba bien con ella, el recuento de leucocitos era demasiado elevado, lo que indicaba una infección o leucemia. —Apretó sus puños con rabia —el doctor Stuart no me quiso escuchar y por eso pedí estos exámenes, los que claramente muestran que la niña padece de leucemia...
Thomás la miró asombrado, fijó la vista en ella para luego volver a observar los exámenes. —Entiendo, ¿pero cómo te diste cuenta de esto?
—En mi país estudié medicina desde casa, solo asistía a la universidad para cosas prácticas, solo que no pude titularme... Mi sueño era ser oncóloga. —Confesó.
—Entiendo, pero aún así no estuvo bien lo que hiciste. —Sentenció Thomás.
—¡Lo sé y asumo mi responsabilidad en todo esto, pero no puedo hacer la vista gorda cuando la vida de una niña peligra por culpa de un doctor egocéntrico y negligente! —Exclamó con tal pasión que Thomás esbozó una sonrisa torcida.
—Esta bien, veré qué puedo hacer, espérame aquí, iré a hablar con Stuart. —Tomó los exámenes entre sus manos y salió de la oficina.
El doctor Thomas salió apresuradamente de su oficina, con Valentina siguiéndolo de cerca. Se dirigió al área de pediatría con determinación, mientras la joven madre trataba de mantener el ritmo con su corazón latiendo con fuerza y la mente llena de temor, cruzando los dedos para que Thomás hiciera entrar en razón al doctor Stuart.
Al llegar allí, vio al doctor Stuart revisando los expedientes de sus pacientes. Sin dudarlo, se acercó a él y le mostró los resultados de los exámenes. El rostro del doctor Stuart se llenó de sorpresa al ver la cruel verdad que revelaban los papeles. La pequeña no padecía problemas en los discos, sino que tenía leucemia.
—Stuart, me gustaría que revisaras estos exámenes —dijo Thomás de pronto con su voz tan masculina.
—Asi que tú noviecita ya te fue con el cuento —el hombre chasqueo la lengua molesto, mientras evitaba ver aquellos exámenes.
—Esto no se trata de mi relación con Valentina, esto se trata de una paciente que necesita ayuda. —Replicó Thomás.
—¡Ella falsificó mi firma! ¡Ahora vienes tú y te involucras en algo que no te corresponde! —El hombre furioso comenzó a alzar la voz —eres un simple médico, aún no eres el director del hospital y no tienes ningún maldito derecho para inmiscuirte en mis asuntos.
—¡Maldita sea, Stuart! Deja de ser tan necio y da un vistazo a esos exámenes. —Tambien alzó la voz.
—Mañana mismo me quedaré frente a la junta médica, estás cometiendo una falta ética y créeme, con mi queja puedes decir adios a tu puesto de director. —Amenazó el hombre completamente colérico.
—¡Puedes ir y quejarte si es lo que deseas, pero si óperas a esa niña, quién se quejará seré yo, pero por negligencia médica! —Golpeó el pecho del hombre con los exámenes —y déjame aclararte algo, por uno u otro medio seré el director de este hospital, así que evita mi lado malo. —Amenazó.
El director del hospital, el Dr. Longton, se adentró en el ala de pediatría con paso decidido, siguiendo los sonidos de una acalorada discusión. Al llegar, se encontró con Thomás y Stuart, dos de los médicos más destacados del hospital, intercambiando palabras en voz alta.
—¡Basta ya! —exclamó el Dr. Longton, llamando la atención de ambos doctores. —¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué están discutiendo de esta manera?
Stuart fue el primero en responder, visiblemente molesto. —Thomás se está metiendo con mis pacientes, tratando de dictar cómo debo proceder con ellos. Y todo por culpa de su novia Valentina. —Se quejó mientras fruncía el ceño.
Thomás suspiró y se acercó al director para darle una explicación. —Director, entiendo la preocupación de Stuart, pero en este caso en particular, la paciente a la que él quiere mandar a pabellón para una operación de rutina, en realidad padece de leucemia. Necesita un tratamiento más delicado y especializado. —Le entregó los exámenes.
El Director Longton frunció el ceño, analizando la situación. Miró a ambos médicos antes de tomar una decisión. —Entiendo la preocupación de ambos, pero debemos recordar que lo más importante es la salud y bienestar de nuestros pacientes. Stuart, necesito que revises de nuevo el caso de esta paciente y tomes en consideración las palabras de Thomás. —Advirtió mientras ojeaba los resultados de los exámenes.
—Pero señor... ¿Se dejará llevar por los disparates de aquella mujer? —Su rostro se enrojeció de la rabia y humillación que sentía en ese momento.
—No es ningún disparate, Stuart. Los exámenes lo dicen claramente. —Le entregó los papeles a Stuart, quién resignado los tomó y revisó. —¿Sigues pensando que son disparates?
—No, señor... —Fijó su mirada en Valentina, quién al verlo se encogió en su sitio. —Aún así, exijo que esa mujer sea despedida.
—¡No seas injusto! —Intervino Thomás, —si no fuera por Valentina, ahora mismo estarías ingresando a pabellón a esa niña y probablemente abría muerto por tu necedad y negligencia.
—¡Falsificar la firma de un médico es algo muy grave! —Se defendió Stuart.
—¡Acaba de salvar una vida! —Defendió Thomás.
—Ya basta, señores —la voz del director Longton se interpuso entre ambos hombres. —La señorita Hoffman será reintegrada a sus actividades, pero se le dará una sanción por su falta. Ahora olvidemos este asunto y vuelvan a sus puestos de trabajo.
Stuart, cuando el director se fue arrugó los exámenes con su puño y los arrojó a la basura, para luego darse la media vuelta y encerrarse en su oficina. Thomás sin embargo, se acercó a Valentina y le dedicó una pequeña sonrisa.
—¡Lo logramos! —Exclamó aliviado.
—¡Lo logramos! —Repitió Valentina, al momento que chocaba puños con él.