Thomás estaba tomando un café en la cafetería del hospital junto al doctor Stuart. Ambos hombres se conocían desde hace años y tenían una excelente relación, a pesar del conflicto que tuvieron que enfrentar el día anterior. Habían compartido muchos casos difíciles y siempre habían trabajado en equipo para encontrar soluciones.
Esa mañana, estaban platicando de la pequeña paciente que acababan de atender. La niña tenía leucemia y su caso había sido complicado de diagnosticar y Stuart agradecía infinitamente de que Thomás le haya hecho ver su error. Thomás había sido el único que confío en el diagnóstico de Valentina y gracias a su insistencia, habían podido comenzar el tratamiento a tiempo, evitando aquella cirugía que podría haberle costado la vida a una pequeña de solo 8 años de edad.
Stuart miró a Thomás con gratitud en los ojos y le dijo: —Gracias por haber hecho de todo para que entrara en razón. Me disculpo por mi actitud arrogante, a veces me cuesta aceptar que puedo equivocarme. —Confezó con pesar y amargura.
Thomás sonrió y le dio una palmada en el hombro. —No te preocupes, amigo. Todos nos equivocamos. Lo importante es aprender de nuestros errores y seguir adelante. Además, nadie nos va a despedir, ¿verdad? Estoy próximo a ser el director del hospital y mi misión es apoyar a los doctores y enfermeras en todo lo que necesiten. Lo único que te diré es que le debes una disculpa a Valentina, si no fuera por ella nadie se abría dado cuenta del diagnóstico de la niña.
—Si, honestamente le debo mi puesto de trabajo. Luego hablaré con ella —bebe un sorbo de su café.
Justo en ese momento, una de las enfermeras del área de neurología se acercó a Thomás y le dijo que el director lo estaba buscando. Con un gesto de despedida hacia Stuart, Thomás se levantó y se dirigió hacia la oficina del director Longton.
Al entrar en la oficina, Thomás fue recibido con una sonrisa por parte del director. —Felicidades, Thomás. Has hecho un excelente trabajo al detectar la leucemia de la pequeña paciente. Eres un gran médico. —El hombre se puso de pie y palmeó el hombre del médico.
Thomás negó con la cabeza. —No fui solo yo, director. Fue Valentina quien se dio cuenta de los síntomas y me los señaló. Ella merece todo el crédito por este caso. ,—Esbozó una sonrisa cargada de orgullo.
El director Longton frunció el ceño, sorprendido por las palabras de Thomás. —Tienes razón, muchacho. Creo que hemos subestimado las capacidades de la señorita Hoffman.
—Pienso lo mismo, Valentina es una mujer inteligente. En su país natal estudió medicina, solo que por cuestiones personales no pudo titularse. —Explicó con orgullo.
Longton, mandó a llamar a Valentina y le agradeció por su intervención. —Estaba pensando en un aumento de sueldo para ti, Valentina. Eres una enfermera excepcional y mereces ser reconocida por tu trabajo.
Valentina estaba completamente sorprendida y agradecida. Con lágrimas en los ojos, agradeció al director y a Thomás por reconocer su labor. —Gracias, de verdad. Me hace sentir demasiado feliz, aunque lo que hice no fue por algún reconocimiento, como madre me puse en el lugar de la madre de aquella niña...
—Fuiste valiente y supiste defender tu postura. —Acotó Longton. —Puedes volver a tu puesto de trabajo, señorita Hoffman.
La joven se retiró de la oficina del director y se encaminó a su escritorio, a continuar con su labor. Ante la mansión de su nuevo salario, Valentina sonrió esperanzada. Ahora, gracias a su dedicación y esfuerzo, podía brindarle a su hija la mejor atención médica y terapéutica posible.
Thomás se encontraba completamente sorprendido por la propuesta del director Longton. Hasta que finalmente el hombre tomaba la iniciativa de presentarlo como candidato frente a la junta directiva. Al menos, ya estaba un paso más cerca de alcanzar su objetivo.
El director Longton le sonrió con complicidad, sabiendo que Thomás era la elección perfecta para ocupar su puesto. Había visto su dedicación y compromiso con la institución a lo largo de los años, y estaba seguro de que haría un excelente trabajo al frente del hospital. Valentina, también era excelente en lo que hacía y sería una esposa a la altura de un hombre como Thomás Schumacher.
Thomás estrechó la mano del director, agradecido por la oportunidad que se le presentaba. Aunque se sentía nervioso por las nuevas responsabilidades que le esperaban, también estaba emocionado por la posibilidad de liderar el lugar donde había pasado tantos años de su vida, lugar que por cierto, le pertenecía a él.
Antes de que pudiera salir de la oficina del director, Longton le detuvo con una sonrisa en el rostro. —¿Qué te parece si celebramos esta gran noticia el sábado?—propuso. Thomás asintió, agradecido por el gesto. Sin embargo, en ese momento, sintió un coraje de valentía y decidió invitar al director a cenar en su casa en lugar de salir a un restaurante. Después de todo, sabía que eso era lo que el hombre más viejo buscaba.
El director Longton aceptó la invitación con entusiasmo, intrigado por la idea de cenar en la casa de Thomás. Ambos hombres intercambiaron unas palabras más antes de despedirse, quedando en encontrarse el sábado por la noche.
Thomás salió de la oficina del director con una sonrisa en el rostro. Estaba emocionado por la oportunidad que se le presentaba y ansioso por demostrar que era digno del puesto de director. El hospital necesitaba tantos cambios y él se moría de ganas por realizarlos. Sin embargo, también sentía una inquietud en el pecho al pensar en la cena con el director Longton. No estaba seguro de qué esperar de esa velada, pero estaba dispuesto a dar lo mejor de sí mismo y sabía que contaba con la ayuda de Valentina.
El resto de la semana pasó volando para Thomás, quien se dedicó por completo a prepararse para su nueva posición. Revisó informes, coordinó reuniones y se aseguró de que todo estuviera en orden para su llegada como director. Sin embargo, en medio de tanto trabajo, no podía dejar de pensar en la cena del sábado.
El joven médico abandonó la oficina del director y se encaminó hasta el escritorio de Valentina, quién al verlo le dedicó una amplia sonrisa.
—Gracias por creer en mí —susurró Valentina y sus mejillas se colorearon de un rojo intenso. —También quería disculparme por las cosas estúpidas que te dije.
—No te preocupes, solo fue el calor del momento. —Correspondió a la sonrisa. —Por cierto, este sábado abra una cena en mi casa, irá el director y su esposa, quizás algún alto ejecutivo del hospital, necesito que me ayudes a organizar todo. Ese día tienes que estar presente.
—Claro, sabe que cuenta con mi ayuda.
—Lo sé, ahora que me propondrán como el nuevo director en la junta del miércoles, entonces todos tendrán puestos sus ojos en nosotros. —Aclaró el hombre.
—Me imagino que sí, pero estaré a su lado en cada cosa que necesite. —La mujer centró toda su atención en el hombre.
—Lo sé, se que así será. —Thomás desvío la mirada, pensando un momento en las palabras adecuadas. No quería parecer demasiado brusco, pero necesitaba plantearle el nuevo paso en la falsa relación que ambos sostenían.
—¿Pasa algo, doctor? —La joven lo observaba con preocupación.
—De ahora en adelante necesitaremos vivir juntos, Valentina. Necesito que te mudes a mi casa antes del fin de semana... —Fijó su mirada en la joven, quién cambió su expresión preocupada por una de rotunda sorpresa.
—Doctor...
—No tienes otra alternativa. Necesito que nuestra relación pase a otro a nivel frente a aquellas personas y para eso debemos vivir juntos, ser una verdadera familia, Aylín, tú y yo.