Capitulo 19

1821 Palabras
Valentina recorrió la inmensa casa de Thomás con pasos lentos y curiosos. Había perdido la cuenta de las habitaciones que aquella mansión poseía, cada una más lujosa y elegante que la anterior. Erika, su amiga y cuidadora de la pequeña Aylín, había escogido la suya y ahora disfrutaba de un relajante baño en la enorme bañera de mármol, junto con la pequeña niña que había insistido en chapotear en la inmensa bañera. Valentina se detuvo frente a una puerta de madera tallada y dorada, contemplando la posibilidad de hacer de esa habitación su refugio temporal. Abrir la puerta significaba adentrarse en un mundo desconocido lleno de lujos y comodidades, algo que tanto la fascinaba como la intimidaba. Finalmente, decidió seguir explorando. Thomás le había dado la libertad de escoger la habitación que quisieran, pero prefería esperarlo a él. Mientras recorría los interminables pasillos, Valentina se encontró con una sala de estar decorada con muebles antiguos y cuadros impresionantes que adornaban las paredes. Se detuvo frente a una pintura en particular, una escena de un paisaje marino bañado por la luz del atardecer que la dejó sin aliento. Sumida en sus pensamientos, no se percató de la presencia de Thomás hasta que escuchó su voz a sus espaldas. Se giró lentamente y se encontró con su anfitrión observándola con una sonrisa enigmática en el rostro. ¡Era tan endemoniadamente atractivo! —¿Te gusta esa pintura? —Preguntó Thomás, acercándose a ella. —Es hermosa —respondió Valentina, admirando los detalles de la obra maestra. Thomás se detuvo a su lado y compartió con ella su fascinación por aquel cuadro. Conversaron durante unos minutos, intercambiando opiniones sobre arte y belleza, lo que permitió a Valentina descubrir la pasión y sensibilidad que se escondían detrás de la apariencia fría y distante de Thomás. —¿Ya escogiste tu habitación? —Preguntó Thomás de pronto. —No, realmente no sé cuál escoger, me gustaría algo sencillo... —No pudo culminar con su frase. —Nada de eso, la mujer que va a ser mi futura esposa no puede dormir en el cuarto de servicio. —Esboza una sonrisa torcida. —Vamos, te daré la habitación que está junto a la mía. Es ideal para que duermas junto a Aylín, me imagino que por la severidad de su autismo no puede dormir sola. —Si, ella duerme conmigo, siempre lo a hecho. —Se siente aliviada de que Thomás la entienda y entienda a su hija. Valentina se quedó sin aliento al entrar en la habitación que Thomás le mostraba. Era inmensa y lujosa, con grandes ventanales que daban vista a los hermosos jardines de la propiedad. Las paredes estaban pintadas en un suave color crema, combinando a la perfección con los muebles de madera oscura que adornaban la habitación, pero lo que más le gustó es como se había decorado el techo, era la viva imitación del gran comedor de Hogwarts, de la película Harry Potter. Thomás sonreía mientras observaba la reacción de Valentina. Había pasado toda la noche junto a su mejor amigo preparando cada detalle de esa habitación, deseando que fuera un lugar acogedor para ella y la pequeña Aylín. Había colocado flores frescas en un jarrón sobre la mesa de centro, y unas velas aromáticas se encendían en la mesita de noche, sin mencionar el detalle del techo, que sabía le gustaría a la pequeña Aylín. Valentina se acercó a la ventana y suspiró al admirar la vista de los jardines. Había algo mágico en aquel lugar, algo que la hacía sentir en paz y protegida. Se dio la vuelta para mirar a Thomás, quien la observaba con ternura en sus ojos azules. —Es precioso, —dijo Valentina, sin poder contener la emoción en su voz. Thomás se acercó a ella y le dedicó una sonrisa amable. —Quiero que te sientas en casa aquí, —dijo con suavidad. —Espero que puedas ser feliz en este lugar, tendremos que compartir el techo por un buen tiempo y deseo que te sientas como en casa. Por cierto, necesito que lleves algunas de tus cosas a mí habitación, ya sabes, algún pijama, maquillajes, cosas personales. —Esta bien, me acomodaré y llevaré las cosas a tu habitación, por cierto, ¿cual es? —Se sonrojó ligeramente. —Justo la que está en frente de la tuya, pensé que sería buena idea estar cerca, en caso de que puedas necesitar algo o de que Aylín sufra una crisis. —Observó las mejillas sonrojadas de Valentina y lo consideró un gesto adorable. Valentina se estremeció al sentir la cercanía del cuerpo de Thomás. Había algo en él que la atraía de una manera inexplicable, algo que la hacía desear estar más cerca de él. Sin embargo, sabía que debía mantener la compostura, todo lo que ellos estaban viviendo era falso y no era bueno volver a ilusionarse, no después de como Dereck le rompió el corazón y le arruinó la vida. Thomás le mostró el baño adjunto a la habitación, donde todo estaba impecablemente limpio y ordenado. Había toallas suaves y perfumadas dispuestas en los estantes, y productos de tocador de calidad dispuestos en el lavabo. Valentina se giró hacia él y lo miró a los ojos. —Gracias por todo, Thomás, —dijo con sinceridad. —Hiciste mucho por nosotras, y estoy eternamente agradecida. Thomás sonrió y se removió nervioso en su sitio. —Es un placer poder ayudarte, tú también me estás ayudando tanto y me siento inmensamente agradecido, —le dijo con dulzura. —Eres una excelente persona y una gran madre, Valentina, y mereces lo mejor en la vida. Disfruta de cada cosa y si necesitas algo no dudes en decirlo. Valentina sintió un nudo en la garganta al escuchar las palabras de Thomás. No podía negar la atracción que sentía por él, pero sabía que debía ser cautelosa. Había sufrido mucho en el pasado, y no quería arriesgarse a salir lastimada de nuevo. —Te dejo para que puedas acomodarte. —Se dió la media vuelta y abandonó la habitación. Después de dejar las cosas en su habitación, Valentina decidió llevar a la habitación de Thomas lo que esté le había pedido. Tomó un pijama sencillo de algodón y un poco de maquillaje, suponía que con eso tenía más que suficiente. Con el corazón latiéndole con fuerza, se dirigió hacia la habitación de Thomas y tocó suavemente la puerta. Al no recibir respuesta, decidió entrar y dejar las cosas sobre el tocador. Pero justo cuando se estaba dando la vuelta para salir, la puerta del baño se abrió y Thomas salió, solo cubierto por una toalla que apenas cubría sus caderas todavía húmedas. No sólo tenía el porte y un rostro atractivo, además el muy condenado estaba buenísimo. Valentina sintió como el calor subía por su rostro y se cubrió los ojos, sin poder evitar soltar un pequeño grito de sorpresa. Rápidamente salió corriendo de la habitación, sintiéndose avergonzada y confundida por la reacción tan inesperada. ¡Había hecho el completo ridículo frente al doctor! Thomas se quedó allí parado, con una sonrisa en los labios. Le pareció adorable la reacción de Valentina y decidió seguirla para aclarar las cosas. Se puso unos pantalones de algodón color gris y una camiseta holgada de un equipo de fútbol local y salió tras ella. Thomás había estado buscando a Valentina por toda la casa, pero no había rastro de ella. Finalmente decidió bajar al primer piso, donde imaginó que podría estar. Al entrar a la cocina, se quedó sin aliento al ver a la joven de pie frente al refrigerador, sacando unos vegetales. Valentina llevaba una camiseta oversize que le llegaba hasta la cadera y unos leggings negros que resaltaban su figura esbelta y tonificada. Su costo cabello castaños caían con elegancia por su nuca, y sus ojos verdes brillaban bajo la luz de la cocina. Thomás no podía apartar la mirada de ella, parecía una diosa tallada a mano. Valentina finalmente se dio cuenta de su presencia y le dedicó una sonrisa cálida y radiante. —Hola Thomás, ¿No te molesta que cocine algo para todos? —Preguntó con curiosidad en su voz. Thomás se sintió como un adolescente nervioso frente a su primer amor, pero logró articular unas palabras. —Claro que no, esta es tu casa y puedes hacer lo que desees. Aunque te advierto que no hay muchas cosas en el refrigerador o la alacena, casi no paro en casa y tiendo a comer fuera. ¿Te apetece mañana salir de compras? Ella se encogió de hombros con una sonrisa traviesa en el rostro. —Claro, así aprovechamos de comprar todo para la cena del fin de semana. —¿Quieres prepararla tú? —Mostró una expresión incrédula. —Podemos ordenar la cena a algún restaurante, no es necesario que tengas que hacer tanto. —Claro que no, no soy la mejor cocinera del mundo, pero en mi adolescencia ayude a mi madre con la cocina, ella preparaba platillos para eventos y para ahorrar en mano de obra yo le ayudaba después del instituto. —Comentó mientras lavaba los vegetales. —Entonces todo queda en tus manos. —Mencionó con ternura. La pequeña Aylín estaba emocionada por ver a su madre después de un largo baño en la tina. Corrió por el pasillo y entró a la cocina, donde su madre, Valentina, estaba preparando la cena. Con una sonrisa radiante en su rostro, Aylín se acercó corriendo y abrazó a la joven mujer con fuerza. —Con Aylín jugamos mucho en la tina, pero ya había comenzado a llorar, te estaba empezando a extrañar. —Dijo Erika, para después saludar al doctor Thomás con un beso en la mejilla. Valentina se rió con ternura y se secó las manos en un repasador antes de devolver el abrazo de su hija. Sus ojos brillaban de amor mientras acariciaba el cabello de Aylín, resignándose a que su hija no había encontrado otra manera de expresar cómo se sentía. —Yo también te extrañé, mi pequeña bebé. ¿Te divertiste en la tina? —Preguntó Valentina, guiando a Aylín hasta la mesa para sentarla. La pequeña le dedicó una media sonrisa y comenzó a jugar con los tupper que tanto le gustaban. Valentina dejó un beso sobre su cabecita para luego continuar con los preparativos de la cena. Thomás Schumacher era un hombre exitoso en su carrera como médico, era adinerado y muy exitoso, pero lo que más valoraba en la vida era una familia. Tener una esposa e hijos a los cuales amar, compartiendo momentos de felicidad y amor, era lo que realmente lo hacía sentir pleno. Pero su mala suerte en el amor lo llevó a cerrar su corazón. Pero ahí estaba, de pie en el umbral de la puerta observando la escena y sintiéndose demasiado cómodo, demasiado pleno, aunque sabía que todo era una mentira.
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