bc

𝕀𝕟𝕧𝕚𝕤𝕚𝕓𝕝𝕖 ℙ𝕒𝕣𝕒 𝔼𝕝

book_age18+
0
FOLLOW
1K
READ
love-triangle
family
HE
playboy
dominant
badboy
boss
billionairess
drama
sweet
bxg
serious
city
office/work place
musclebear
office lady
like
intro-logo
Blurb

Catalina Vélez ha sido durante tres años la asistente perfecta de Gustavo Márquez, un CEO irresistible, arrogante y completamente despreocupado… o eso parece. Lo que él no sabe es que ella lo ama en secreto, cada mirada, cada gesto, mientras él solo la ve como su asistente eficiente.Lo que ella ignora es que Gustavo también siente algo por ella, pero su orgullo y su miedo a abrir el corazón lo mantienen ciego a lo que ya está frente a él.Entre los juegos de poder de Ricardo Salcedo, un rival dispuesto a todo, y las trampas de Vanessa Ortega, que hará lo imposible por separarlos, la oficina se convierte en un campo de batalla donde el amor, el deseo y el peligro se mezclan.En Washington, ella deberá decidir si arriesga todo por un hombre que aún no está listo para sentir, mientras su corazón late al límite.¿Podrá el amor sobrevivir… o Catalina seguirá siendo invisible para él?

chap-preview
Free preview
La Asistente Atrevida
(POV Catalina) Intenté concentrarme en los informes sobre mi escritorio, pero era imposible. Desde la oficina de Gustavo Márquez llegaban risas, suspiros y… quejidos. Mi corazón dio un vuelco y cerré los ojos con frustración. —Ah, Dios… tres años… —me murmuré a mí misma, apretando los labios—. Tres años haciendo lo mismo, y nada cambia. Él estaba allí, seguro de sí mismo, arrogante, con esos ojos verdes que parecían dominarlo todo, mientras yo estaba atrapada detrás de mi escritorio, escuchando cada sonido que confirmaba lo descarado que podía ser. Lo amaba en silencio. Lo había amado desde el primer día. Y él… él ni siquiera sospechaba. Cada risa, cada gesto, cada suspiro de esa mujer me recordaba que, para Gustavo, yo solo era su asistente. La que organizaba su mundo, la que le entregaba el café perfecto, la agenda impecable, los documentos exactos. Siempre lista, siempre eficiente… invisible para él. Me froté la sien, tratando de ignorarlo, pero mi corazón se aceleró. Él tenía esa habilidad de afectarme sin proponérselo, incluso en momentos como este, incluso mientras estaba con otra. —Catalina… ¿estás escuchando? —Valeria asomó la cabeza sobre mi escritorio con su sonrisa traviesa—. Estás roja otra vez. —No… nada —mentí, respirando hondo mientras me obligaba a mirar la pantalla. Pero no había manera de ocultarlo. Siempre lo notaba. Siempre. Cada día era un recordatorio de que lo que yo sentía seguía siendo invisible. Suspiré, apretando los puños bajo el escritorio. Tres años… tres años de verlo, de admirarlo, de desearlo, escuchando cómo él disfrutaba con otra, sin que yo contara para nada. La mujer rubia salió de la oficina con tacones que retumbaban sobre el piso, y la puerta se cerró tras ella. Respiré hondo y, sin pensarlo, me levanté de golpe. No podía quedarme ahí sentada viendo cómo él se comportaba como siempre. —¡Gustavo! —llamé, avanzando hacia su oficina—. ¡Esto no puede seguir así! Él estaba recargado en su escritorio, cruzado de brazos, con la típica sonrisa arrogante y los ojos verdes brillando de diversión al verme entrar. —¿Esto no puede seguir así? —repitió, con una voz baja y fría, ladeando la cabeza—. Catalina… que sea la última vez que me hables así. Aquí mando yo. Sentí un calor en la cara, mezcla de ira y frustración, pero no iba a retroceder. —¡No es solo por mí! —dije, apretando los puños—. Esto es la oficina. ¡No puedes comportarte como un… un…! —Como un qué? —interrumpió él, levantando una ceja, claramente disfrutando de mi enojo—. Como un CEO que no se esconde y hace lo que quiere? Exacto, Catalina. Eso soy yo. —¡No seas arrogante! —grité, intentando que mi voz sonara firme—. No puedes traer a… a cualquiera aquí y hacer lo que te da la gana. Hay límites, ¡y tú los cruzas todos los días! Se inclinó hacia mí, apoyando las manos sobre el escritorio, y su mirada me atravesó de pies a cabeza. —Mira, Catalina… —dijo con tono de burla—. No estoy interesado en tus lecciones de moral. Esto es mi oficina, mis reglas. Y tú… tú solo eres mi asistente. Nada más. Me quedé paralizada un instante. La frialdad en sus ojos era absoluta, como si todas mis palabras fueran aire. —¡Eso no significa que puedas hacer lo que quieras! —insistí, con la voz temblando, pero sin retroceder un centímetro—. Esto es profesionalidad, Gustavo. ¡Respeta! Él se reclinó, cruzando los brazos otra vez, con esa sonrisa arrogante que me hacía hervir la sangre. —Profesionalidad, sí. Eficiencia, sí. Eso eres tú, Catalina. Pero sentimientos… moral… reglas… —hizo un gesto con la mano, despreciativo—. Eso no aplica para mí. Suspiré, furiosa y frustrada. Cada día era lo mismo: él, arrogante, dominante, mujeriego… y yo, intentando mantener la compostura, recordándole que había límites. Pero él nunca los reconocía, y hoy no sería la excepción. —¡Esto no puede seguir así, Gustavo! —grité por última vez, sabiendo que probablemente él se reiría de mí de inmediato. Él me miró un segundo más, divertido y seguro de sí mismo, y luego volvió a su escritorio, indiferente a mi enojo. Y yo me quedé allí, respirando hondo, con la sensación de que cada confrontación con él solo dejaba más claro que él solo me veía como su asistente eficiente… y nada más. Salí de su oficina echando chispas, con la adrenalina aún a tope y la cara caliente de la ira. Muchos pensarían que yo era atrevida, que me había pasado de la raya al hablarle al jefe como si fuera su madre. Y sí… tenían razón. Lo era. —Ese derecho me lo he ganado —me dije mientras caminaba hacia mi escritorio—. Tres años aguantando su descaro, su arrogancia, su mujeriego sin límites y su ego gigante. A veces, sí… Gustavo es un idiota. Me dejé caer en mi silla, respirando hondo, intentando calmar la rabia que me hervía por dentro. Cada reproche, cada palabra firme que le había dicho, parecía haberle dado más diversión que remordimiento. Para él todo era un juego, y yo… yo solo era la asistente que tenía que mantener la calma mientras él hacía lo que le daba la gana. —Idiota… —susurré, apretando los puños sobre el escritorio—. Pero también…su maldito encanto. Y ahí estaba yo, atrevida y furiosa al mismo tiempo, atrapada entre el deseo de gritarle en la cara lo mucho que me irritaba y la necesidad de mantener la profesionalidad. Entre la ira y la admiración, entre la eficiencia y el corazón que latía demasiado rápido por Gustavo Márquez, el jefe que cree que siempre me tendrá a sus pies, Estaba frente a su escritorio, con la agenda de mañana abierta y la respiración un poco contenida. Había reorganizado cada cita, cancelado algunas que no eran urgentes y dejado todo listo para que su día fuera… digamos, menos caótico. —Listo, señor Márquez —dije, dejando la agenda sobre su escritorio—. He reorganizado su mañana y cancelado algunas citas que no son urgentes. —Desde cuándo soy “señor Márquez” —dijo él, cruzando los brazos, ladeando la cabeza y sonriendo con esa arrogancia que me hacía hervir—. ¿Sigues molesta, Cata? Lo miré un segundo, sin levantar la voz, pero con toda la firmeza que podía reunir. Luego volví a mi agenda, pasando las páginas con precisión quirúrgica. —La agenda de mañana necesita ajustes —dije, sin mirar su reacción—. He reorganizado las reuniones de la tarde y cancelado algunas citas que no son urgentes. Necesito que confirme los cambios. —Ah… —dijo, inclinándose un poco hacia mí, divertido—. Así que ignoras completamente mi comentario… muy profesional, Cata. Me gusta. Lo ignoré por completo y seguí marcando los espacios de las citas, revisando horarios y prioridades. Cada línea en la agenda era un recordatorio de que yo mantenía el control de su caos, aunque él ni siquiera lo notara. —Catalina… —insistió, con voz baja, acercándose un paso más—. ¿De verdad no vas a mirarme? ¿Ni una sonrisa? —Señor Márquez… —respondí, sin levantar la vista—. Solo necesito que confirme que todo está correcto. La reunión con los inversores, la llamada con el cliente de Boston… Él soltó una risa baja, claramente divertido por mi concentración, pero no retrocedí. Cada vez que intentaba distraerme, cada palabra suya parecía diseñada para molestarme… y lo conseguía. Pero yo no iba a darle el gusto. —Bien… entonces todo queda como dices —dijo finalmente, recostándose otra vez—. Qué haría yo sin ti, Cata… —No lo sé, señor Márquez —respondí con voz firme, pasando la página de la agenda—. Pero por ahora, todo está bajo control. Y ahí estaba él, arrogante, confiado y absolutamente insoportable… mientras yo mantenía la calma, concentrada en la agenda y en asegurar que su mundo funcionara, sin darle ni un segundo la oportunidad de ver que mi corazón latía más rápido cada vez que me hablaba así.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

La joven Ceo

read
16.7K
bc

La esposa rechazada del ceo

read
222.0K
bc

Mafioso despiadado Esposo tierno

read
26.7K
bc

Una niñera para los hijos del mafioso

read
58.8K
bc

Venganza por amor: Infiltrado

read
65.1K
bc

MI POBRE ESPOSO MILLONARIO

read
11.5K
bc

Bajo acuerdo

read
49.4K

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook