bc

La maldición de la sangre

book_age18+
2
FOLLOW
1K
READ
revenge
dark
love-triangle
reincarnation/transmigration
opposites attract
curse
badboy
decisive
royalty/noble
drama
bxg
kicking
loser
soldier
medieval
mythology
magical world
another world
enimies to lovers
secrets
war
cruel
sassy
ancient
friends with benefits
surrender
seductive
like
intro-logo
Blurb

Servir al reino que desea mi muerte es mi castigo.

Sobrevivir, mi única meta.

Pero cuando mi pasado vuelve por mí y dos hombres tan opuestos como irresistibles cruzan mi camino, todo cambia.

Uno me confronta, el otro me seduce.

Ambos me rompen.

Mientras el caos se desata en el mundo feérico de Hellbula, debo descubrir quién soy realmente mientras soy obligada a pelear en una antigua y sangrienta guerra milenaria… antes de que lo que amo se pierda para siempre.

chap-preview
Free preview
Heredera
Camino contando mis pasos; todavía mi cerebro intenta encontrar una razón a lo que tiene mi mente dando vueltas. Está muerto. Un destello de memoria atraviesa mis pensamientos mientras continúo mi camino por los anchos pasillos de mármol blanco. “Levanta la cabeza, Nikky”, resuena el eco de la voz del hombre que me crió, aquel que dedicó gran parte de su vida a educarme, alimentarme y, sobre todo, entrenarme en el arte de la espada... Recordar cómo sostenía pesadas espadas en mitad de la nieve con tan solo 8 años, con el rostro cubierto de sangre y el frío calándome hasta el tuétano, provoca que un escalofrío suba por mi espalda mientras la punta de mi propia espada se mece contra el costado de mi muslo derecho, reposando pesada y silenciosa en el cintillo que me envuelve las caderas. Un nudo se forma en mi garganta y un mareo me sacude. —Mierda—. Gruño entre dientes, sintiendo los pies de plomo. Está muerto. Se repite en mi mente una vez más, como un constante recordatorio de la realidad. Levanto la cabeza, por puro instinto, y entrecierro los ojos a lo largo del pasillo que se extiende frente a mí. Me detengo en seco y contemplo cómo el sol de la tarde se cuela por los amplios ventanales de cristal, cubiertos por un velo mágico. Puedo ver su destello antinatural brillar en centellas de colores cuando los rayos del sol los atraviesan. Miro más allá, tras el cristal; una amplia extensión de jardín se contonea ante mí, revelando el fin del risco que desciende en una bulliciosa cascada. Sé que cae en caída libre hasta el río que parte la vegetación violeta y verde del vacío, recordando a los súbditos de abajo que el castillo de plata en el que estoy posando los pies se eleva por encima de todo ser feérico o criatura racional. Ese complejo palacio pende entre las copas de los árboles feéricos, que son tan grandes como secuoyas, un palacio de plata y mármol blanco que parece emerger de entre la vegetación, como si la estructura y la naturaleza fueran un solo organismo. Me asalta la idea de lo insignificante que es mi presencia. El canto de las Nivías inunda incluso el pasillo donde me he quedado congelada. Sus iridiscentes plumajes rosados se esponjan entre los gaznados de apareamiento. Es primavera; la exuberante vegetación alcanza su límite y la belleza es, como siempre, sobrenatural. A pesar de que una vida se ha extinguido, el mundo, incluso en el inquietante y oscuro reino feérico de Hellbula, sigue avanzando. Está muerto. Mi mente lo procesa una última vez, y un sentimiento de resentimiento se apodera de mí. Cruzo los brazos y un involuntario gesto agrio atraviesa mi rostro. Sí, está muerto, pero él me ha traicionado. Obligo a mis pies a continuar mi camino por el palacio, donde las enredaderas también forman parte del paisaje. Observo que aún me queda camino por recorrer y no estoy dispuesta a perder más tiempo; aún tengo muchas cosas que hacer. Toco la empuñadura de "Degolladora", que cuelga del cintillo de cuero enredado en mi cadera, y un cosquilleo me recorre las yemas de los dedos mientras el sonido de mis propias botas de caza resuena en el espacio desierto. Aparto lo que pueda causarme un sentimiento de melancolía y avanzo por mi camino, atravesando más ventanales y algunos guardias que no reparan en mí. Suelto un suspiro cuando el pasillo finaliza en unas largas escaleras de plata que conducen hasta una puerta de cedro en su cúspide. Me sobo la nuca, sintiendo de repente cómo el peso del mundo se posa sobre mis hombros. A pesar de que puedo prepararme físicamente para enfrentarla, mi interior es un completo caos. Aunque no estoy lista, me aliso el corsé azabache que me aprieta el torso y me seco el sudor de las manos en las mangas largas de mi blusa oscura de holanes. Respiro hondo y subo con pasos firmes para anunciar mi llegada. Me detengo en la entrada, aprieto los labios y levanto un puño para llamar a la puerta, pero una singular voz femenina surge del otro lado. —Ya entra— me dice con un evidente tono de aburrimiento. Me paso la lengua por los labios y entro sin causar estropicios. Ante mí se encuentra una mujer de inquietantes ojos amarillos que brillan intensos, de pie tras su larga mesa de estudio. La observo levantar la vista de un grueso libro de tapa verde para inspeccionarme a través de sus delgados anteojos de cristal. —Hola— saludo, paseando la mirada por la habitación. El olor a libros viejos y hierbas me provoca una sensación reconfortante. Desde que la conozco, estar en su espacio se ha convertido en mi parte favorita del día. Amo ver cómo los libros inundan cada centímetro de las paredes; incluso puedo distinguir los tomos pequeños en lo alto, donde se encuentran. Además, la madera del suelo y las escaleras que rodean la habitación redonda realzan el ambiente, creando una imagen que evoca conocimiento y dedicación. Las hojas del enorme árbol en el centro (el que rompe la madera para alzarse imponente y frondoso hasta el techo abierto), caen, tapizando cada rincón de la habitación con una hermosa visión de naturaleza y literatura. —¿Nada más dirás eso? —Ella cierra el libro con cuidado, sin despegar sus ojos de mí. Analizo la forma en que deja el libro sobre su mesa, donde reposan un cúmulo de hierbas en diferentes estados de frescura, frascos de colores chillantes y de dudosa procedencia, y, por supuesto, hojas amarillentas, papiros y libros que se amontonan unos sobre otros hasta caer al suelo de madera oscura, que luce gastada y manchada por las innumerables pociones y plantas secas. Me encojo de hombros, dejando que mi peso caiga sobre una dura silla de madera tallada y pintada con rosas rojas. —¿Qué más puedo decirte?— Casi me reclino sobre la silla, reposando los brazos en los reposabrazos del asiento con desinterés. —Además, tú eres la que me ha hecho venir—. Levanto la vista hacia ella y la mujer suelta un largo suspiro de agotamiento. Se aparta el abundante pelo n***o del rostro, y su piel, roja como la pintura de las rosas de la silla en la que estoy, resplandece brillante y tersa bajo su blusa de holanes blanca. —Nasdan está muerto—, dice, y yo pongo los ojos en blanco. —Lo sé, Celadine—. La miro fijamente. —El guardia idiota que enviaste para traerme me lo dijo—. Me enderezo en el asiento y ella sonríe, mostrando sus colmillos afilados asomándose entre sus labios rojos. La observo rascarse la cornamenta torcida que le brota del cráneo, como si le causara comezón en el hueso ennegrecido. Sé que está enojada, y lo hace por pura ansiedad. La diablesa se gira sobre sí misma, y su cola casi derriba un frasco de la mesa. —No te veo tan afectada—. Ella regresa a su trabajo, elaborando pociones y encantamientos que solo sirven para el rey elfo, quien, en los últimos meses, ha sido atacado por un mal desconocido que Celadine intenta erradicar en vano, un mal que no hace más que empeorar. Un retortijón me aprieta el estómago; la cólera me sube por la garganta en forma de bilis, y tengo que secarme las palmas de las manos en la licra negra que envuelve mis muslos. —¿Por qué debería?— sueno completamente irritada. Celadine me mira por encima del hombro, sin dejar de trabajar. —Ese hijo de puta me vendió a este reino de mierda— espeto con resentimiento. —Ese tema ya tiene un tiempo— dice, poniendo los ojos en blanco. —Además, creí que tu nostalgia apelaría a que estuvieras en pena— me responde, mirándome fijamente. Un tono de burla se asoma en su voz, y me observa esperando mi respuesta. Una vena se marca en mi frente. —Hizo que me encerraran en la prisión feérica durante dos malditos años, Celadine. Si no fuera por ti, a estas alturas estaría muerta por los trabajos forzados o, peor aún, calcinada en una hoguera— musito con voz calmada, aunque es claro que el resentimiento me consume. Ella esboza una sonrisa mientras se gira sobre sí misma para apoyarse en la mesa, cruzando los brazos y mirándome tras el cristal de sus anteojos. —Pero te dejó un testamento —suelta, y la garganta se me seca. —¿Cómo dices? —me inclino hacia ella sobre el asiento, mientras mis cejas oscuras se fruncen. Celadine suelta un suspiro profundo. —Parece que te ha dejado algo importante —se lleva un dedo de uñas largas a los labios en un gesto pensativo—. Creo que es eso. —Se encoge de hombros. Ella mira el bullicio de papeles y libros sobre su mesa de trabajo. La observo buscar durante unos breves segundos que me sirven para ponerme de pie y acercarme a ella. —¿Celadine? — —Ammm —recorre un dedo por un montón de papiros enrollados, buscando—. ¡Aquí está! —La veo tomar un par pequeño; siento un vuelco en el corazón al comprender que no puedo considerar a Nasdan un tipo generoso, mucho menos conmigo. Celadine me entrega uno de los dos papiros, que son tan pequeños como el ancho de la palma de un hombre; pestañeo por unos segundos y luego tomo el que me ofrece. —Escucha, Nikky—. Ahora mi cuidadora suena comprensiva. Levanto mis ojos miel hacia ella. —Sé que sigues enojada con él, pero...— —¿Cómo es que tú tienes su testamento?— La miro fijamente, y ella parpadea, evidentemente sorprendida, para después volver a sonreír mientras niega con la cabeza. —Bueno—. Se cruza de brazos, sosteniendo el otro papiro en una mano—. Como ya sabes, después de entregarse y dejar la vida de mercenario, Nasdan se convirtió en espía del reino; esa fue la condición que él puso. Está claro que la corte estaba al tanto de sus asuntos—, explica, y yo entrecierro los ojos, mirándola intensamente. Celadine suspira al ver mi expresión. —Al grano—. Exijo con fastidio. —Él me pidió que te entregara sus deseos solamente—. Su tono se torna firme, como si me estuviera respondiendo a una exigencia que, por un lado, es evidente que estoy buscando. —Claro, se volvió parte de los perros del rey solo por entregarme—. La ira asciende por mi estómago y aprieto el papiro, sintiendo un impulso irrefrenable de arrojarlo lo más lejos que pueda. —Seguro hizo esta payasada para seguir burlándose de mí, incluso después de muerto—. El resentimiento me consume; por más que force a mi corazón a dejarlo pasar, no puedo. —¡Pues bien, no quiero nada de él!— “Menuda tontería”. Contengo el impulso de sacar a Degolladora y hundirla en la madera del árbol del centro. Celadine levanta las manos, instándome a calmarme. —Al menos llévatelo—, pide, frunciendo el entrecejo mientras observa el papiro en mi mano. Su rostro preocupado me ayuda a enfriar los ánimos. Cierro los ojos y tomo aire, enderezándome. Me paso la lengua por los labios y guardo el pedazo de papel enrollado en el cintillo, junto a mi espada. Me arrastro los mechones azabaches de mi cabello suelto detrás de la cabeza. —Está bien— le digo, mientras la miro y ella me devuelve la mirada. —Pero solo porque tú me lo pides—. Disimulo el temblor de mis manos, mientras mi corazón golpea impetuoso en mi pecho. He hecho una promesa a Celadine, después de que me sacara de los campos de cristal de la prisión; sé que debo moderar mi temperamento. No debo permitir que mi oscuridad se apodere de mí, una negrura que ya me es demasiado familiar y que, de vez en cuando, vuelve a atacar. Suelo ser aterradoramente temperamental, algo con lo que he tenido que lidiar desde que tengo uso de razón, y que Nasdan se esforzó por ocultar a todos. Por último, Celadine me entrega dos pequeños frascos de ungüento de valeriana. —Dáselos a Calanthia —me ordena mientras sigue mirándome por encima de sus anteojos, al mismo tiempo que regresa a su labor. Opto por no decir nada más y, mientras regreso sobre mis pasos en dirección a la salida del palacio de plata, no puedo evitar tocar el papiro con la yema de los dedos. Mi mente más racional me advierte que no permita que Nasdan se siga burlando de mí; sin embargo, mi sentimentalismo actúa como un verdugo que grita que debo mirar, para descubrir, aunque sea un poco, lo que Nasdan había querido decirme. Suspiro, apartando esos pensamientos. Aún tengo prioridades antes que sobreponer mis sentimientos infantiles. Aprieto los dos pequeños frascos en mi mano; todavía tengo trabajo por hacer. -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- El templo de veneración es una extensión del palacio, pero se encuentra más adentrado en el bosque que cualquier otra estructura élfica. Es un símbolo de nuestra cercanía con los dioses que sustentan las creencias del reino y dan vida a toda una sociedad que venera a las deidades de los elementos. Este culto facilita las numerosas festividades tradicionales que se celebran cada año en honor a las antiguas deidades que conforman el panteón élfico. A pesar de que detesto caminar hasta los templos, no puedo evitar meditar sobre lo hermosos y detallados que son los caminos del palacio de plata. Agradezco que estén conformados por amplias rutas y senderos entrelazados, los cuales acortan considerablemente la distancia hacia mi destino. Después de un breve momento esquivando miradas recelosas y murmullos, finalmente frente a mis ojos se despliega un hermoso complejo de piedra blanca, que se eleva en un elaborado domo de roca clara. Las estructuras se entrelazan como ramificaciones, inundadas de una vasta vegetación que se fusiona bellamente con la ingeniería élfica. Esbozo una sonrisa auténtica y, marcando un paso seguro, entro en silencio, maravillándome una vez más de su belleza. En ese instante, opino que la ingeniería élfica es más grandiosa de lo que puedo imaginar. El interior de la estructura se complementa con un lago del que emergen estatuas antiquísimas de dioses y guerreros que parecen elevarse del agua turquesa. Suspiro, sintiendo el sudor perlado en mi frente al contemplar nuevamente la majestuosa edificación que aparece ante mí. No puedo cansarme de lo divino y hermoso que es. La luz del sol se cuela a través de los retorcidos techos de piedra, iluminando el agua quieta. Si me acerco lo suficiente, puedo ver cómo las escamas de los peces brillan iridiscentes bajo los rayos solares. Mi mirada recorre el entorno en busca de algo y, en poco tiempo, logro encontrarla. Calanthia está como siempre, sentada sobre una roca a la orilla del lago, con su mirada inocente y una auténtica sonrisa, mientras habla con paciencia a un pequeño grupo de niños que la escuchan entre risas y juegos. Aprieto los labios, recordando una infancia que nunca tuve. Mientras ellos ríen y prestan atención a su clase, yo, a su edad, lloraba adolorida, limpiándome la sangre de la cara. El recuerdo me causa un estremecimiento desagradable que solo se apaga cuando los ojos amarillos de mi única amiga se encuentran con los míos. Con paso decidido, me acerco a ella y la veo extender una mano repleta de oro en mi dirección. —Ah, niños— les dice, mirándolos con ojos brillantes, mientras su lustroso cabello rojo se mueve con gracia bajo el pulcro velo que cubre su cabeza—, la clase ha terminado por hoy—. Les informa cuando me ve. El grupo de pequeños risueños se levanta del césped y corre hacia la salida, entre gritos y empujones. Solo un par de niñas, dos hermanitas, ninfas de cabellos marrones, piel verde y pequeñas cornamentas de ciervo sobre su frente, la rodean para besarle las mejillas. Calanthia les devuelve el beso y yo pongo los ojos en blanco, esquivándolas cuando brincan del regazo de la muchacha para marcharse. —No sé cómo aguantas a tanto mocoso —me cruzo de brazos, mirándola con fastidio mientras saco los frascos de Celadine para entregárselos. Los ojos de mi amiga centellean y su sonrisa se ensancha. Alza los brazos pálidos y, con efervescencia, toma lo que le ofrezco con alegría. Luego, me observa fijamente durante unos breves segundos antes de echarse a reír con inocencia. Un torbellino de emociones me invade. A pesar de que la aprecio, no logro acostumbrarme a su aire infantil. La observo guardarse los frascos en un bolsillo oculto de su vestido. —Nunca cambias, ¿verdad? —me dice, levantándose—. Pero gracias por traerme lo que le pedí a Celadine. Se sacude el largo vestido de lino semitranslúcido, un atuendo de sacerdotisa, una prenda que también podría haber llevado yo. Aparto la mirada; no quiero dar rienda suelta a mis pensamientos, no deseo torturarme con la idea de que el rey pudo haberme obligado a una vida de servicio en los templos como parte de mi forzada “redención”. Me encojo de hombros. —Claro—, la miro mientras caminamos juntas por el sendero hacia las bancas de piedra a los costados—. Se supone que debo cambiar—. Le sonrío y ella me abraza con cariño. Siento su gesto como un intento de consolarme, así que un sentimiento de rechazo me empuja a apartarla sutilmente. No estoy acostumbrada a ese tipo de muestras de afecto y, a juzgar por la mirada que me dirige ahora, sé de inmediato que va a hablar de “ese tema” que he estado evitando desde que recibí la noticia. Nos sentamos sobre las bancas de roca. Me recuesto y miro hacia el techo hueco. —Oye —comienza Calanthia, y yo suelto el aire de mis pulmones. —Supe lo de tu...— —Descuida —giro mi rostro hacia ella, apoyando las manos en la nuca—, no me duele, estoy bien—. Me obligo a sonreírle. Ella entrecierra los ojos, mirándome con duda, mientras sus largas pestañas danzan al intentar inspeccionarme. —¿Estás segura? —se cruza de brazos, sin apartar su mirada amarilla de mí—. Porque yo puedo ayudarte si te sientes mal. Yo...— Levanto una mano frente a su hermoso rostro de mejillas pecosas para silenciarla. Ella parpadea, y las pequeñas alas de libélula que asoman bajo su largo velo blanco se sacuden de sorpresa. —Basta, no sigas con eso —le pido, notando cómo las puntas alargadas de sus orejas se enrojecen—. Estoy bien—. Siento el papiro, pesado como un yugo, en mi cintillo. Me muerdo las ganas de gritar de rabia. No puedo creer que ese hombre se esté burlando de mí desde su tumba; no pretendo seguir siendo su bufón. Jamás, durante todos mis años viviendo con él, mostró un mínimo sentimiento de cariño hacia mí. “Maldito payaso desgraciado”. Ella parpadea, mirándome en silencio. En su expresión, sé que intenta adivinar lo que realmente guardo en mi mente. —¿En serio? —pregunta sin dejar de observarme, así que suelto un profundo suspiro y asiento. —Además—, me aclaro la garganta para apartar el nudo que se me ha formado—, me dejó un testamento—. Le confieso levantando el papiro para que lo vea. Mi mejor amiga abre los ojos tan grandes como su rostro. —¿Nasdan te ha dejado un testamento? —Su incredulidad me duele—. Es decir, ¿él? — Asiento con la cabeza. —Sí—. —Vaya—. Mira al frente en un gesto reflexivo y luego se dirige a mí—. Pero, ¿Qué vas a hacer? ¿Ya lo leíste? — Suelto un prolongado suspiro de agotamiento. “No quiero seguir con esto.” —En realidad, no lo he leído—, nos miramos. —Y no sé qué hacer; aunque bueno, me da curiosidad—. Confieso. La rabia se disipa ahora y se mezcla con la curiosidad que me provoca saber qué será lo que tiene que decirme. Ella asiente con la cabeza. —Yo puedo aconsejarte, pero quizás debas cerrar esa parte de tu vida—. Dice, y yo frunzo el ceño. —¿Estás sugiriendo que lea lo que tiene para decirme? —Espeto, y ella se encoge de hombros. —Bueno, no sé qué pueda decirte en ese testamento, pero—, levanta los ojos hacia mí— quizás sea algo que te sirva—. —Oh, como puede que no—. —¡Nikky! —Me pone una mano sobre el brazo y baja la voz para ser más paciente conmigo—. Solo digo que podría ayudarte a vivir más en paz contigo misma—. Sus ojos brillan intensamente. Hago un puchero y me cruzo de brazos. —¿Y si mejor se va al diablo? —. Sonrío, y ella suelta el aire, resignada. —¡Eres imposible, Nikky! —Me responde, cruzando los brazos sobre su amplio pecho. Suelto unas carcajadas que hacen sonreír a Calanthia. —Además, lo único que necesito es relajarme— apoyo la espalda en el respaldo duro de la roca, dejando escapar el aire de mis pulmones. —Quizás un poco de comida humana sea suficiente— digo, recostando la cabeza hacia atrás y permitiendo que mi cabello n***o caiga como una cascada tras el respaldo. —Sería mejor que meditaras y rezaras a los dioses...— levanta una ceja roja y, de pronto, la miro con desconcierto. —¡No, Calanthia! —rezongo entre risas y ella me da un manotazo en el brazo. —Solo digo que deberías ser más agradecida con los dioses— su voz se suaviza—. Es decir, te dieron una segunda oportunidad— sonríe—. Sigues viva, después de todo, y también por su gracia nos hicimos amigas. Opino que no hay mejor manera de desestresarse que estar en contacto con la belleza de la magia— extiende los brazos, señalando la vegetación. Suelto un bufido y ella continúa. —Además, hubiese querido que el rey te hubiera ordenado ser sacerdotisa; así, estaríamos juntas todo el tiempo—. Finaliza y le paso un brazo por los hombros. Ella me devuelve la mirada con una hermosa sonrisa en los labios. —Eres muy buena, Calanthia, pero sabes que le sirvo más al rey como instructora de lucha en su academia que como sacerdotisa—. Digo, y ella asiente con la cabeza, tomando mi mano. —Supongo que sí—. Se encoge de hombros y luego le sonrío con picardía. Ella entrecierra los ojos. —Además, me refería a quitarme el estrés con sexo—. Mascullo y Calanthia chilla, volviendo a golpearme el hombro. —¡Nicolae! — Me aparto entre carcajadas. —¿Qué? — Ambas reímos—. Los hombres humanos son igual de deliciosos que los hombres feéricos—. Me encojo de hombros. —¡Eres una descarada! Pongo los ojos en blanco, pero pronto comprendo que, en el sacerdocio, también suele practicarse, el celibato. —¿Acaso las sacerdotisas no pueden acostarse con alguien? — Mi rostro, lleno de pánico, denota lo cerca que estuve de renunciar a mi sexualidad si me hubiera convertido en sacerdotisa. A ella le divierte la expresión de mi rostro y suelta unas carcajadas. —Por supuesto que sí—, murmura, siento un alivio que atraviesa mi pecho—. A diferencia de otras hermanas, nosotras podemos, pero no es nuestra prioridad—. Me cruza de piernas y las alas translúcidas de su espalda se sacuden. —¿Entonces sí has tenido sexo? — —¡Mierda, Nikky! No voy a decirte eso. — —Bueno, no me lo digas—. Hago un puchero mientras dos cuernos imaginarios parecen materializarse en mi cabeza—. Pero—, ella suspira con fastidio—. ¿Ya viste al hijo de Lord Pentós? ¿No crees que es guapo? — Calanthia se cruza de brazos, negando con la cabeza. —Piérdete—. Pero yo la empujo con el hombro. —Ya vi cómo te mira; parece que le gustas. ¿A ti te gusta? — —¡Qué pesada eres! —sonríe—. Pero a mí no me parece. Nos miramos en complicidad, recordando hace dos años, cuando tomábamos clases de historia élfica con las sacerdotisas, antes de que ella lo fuera (como un incentivo para mi “redención” ordenada por el rey). A menudo nos quedábamos hasta tarde hablando de chicos, y cómo me lanzaba miradas pícaras cuando hablaba de alguien que le gustaba. —Entonces, ¿quién es? —sueno impaciente, como una adolescente. El rubor sube por sus mejillas, alcanzando la punta de sus orejas. —¿Has oído hablar del aristócrata que es invitado del rey? — Suelto una risilla. —¡Joder, Calanthia! El rey tiene muchos aristócratas en su corte; sé más específica—. Ella aparta los mechones carmesíes de la frente. —Se llama Kai Hazelgrove. —Su rubor se enciende aún más, y un sentimiento extraño se apodera de mí, secándome la boca. —¿El... el emisario de la corte de ceniza? —No puedo evitar tartamudear. Ella asiente, llevándose las manos a las mejillas ardientes. Por supuesto que sé quién es. Es atrapante, diferente... Nunca he tenido el placer de conocerlo, apenas lo he visto en los salones o pasillos del palacio. Sin embargo, hay algo poderoso en él que me inquieta, y no me sorprende que Calanthia se sienta atraída. Sé de buena fuente que es muy popular entre las damas de la corte, aunque hay algo oscuro que lo rodea, algo que me pone la piel de gallina, aunque no sé por qué. —Ah— le respondo, y ella borra su sonrisa. Entro en pánico; no deseo hacerla sentir mal, así que, tomando sus manos, le sonrío. —¿Pasa algo malo? —me pregunta. —Por supuesto que no— le digo mientras me pongo de pie. Ella parpadea y yo continúo—. Solo recordé que ya llego tarde a mis clases—. Al escuchar esto, ella da un respingo. —Entonces, vámonos, instructora—espeta, y ambas emprendemos una carrera entre risas, como si aún fuéramos adolescentes. Una corazonada atraviesa mi corazón. De pronto, un presentimiento se hace presente, y la melancolía me inunda. Por mucho que he estado ocultando mis verdaderos sentimientos, la muerte de Nasdan cala en mí como una espina venenosa. Sacudo mi coraza. Cuando tenga oportunidad, averiguaré las palabras escritas de mi maestro, guía, jefe… padre.

editor-pick
Dreame-Editor's pick

bc

El Rey Alfa es mi segunda oportunidad como compañero

read
155.8K
bc

La Esclava Del Lobo Alfa

read
11.6K
bc

Príncipe Reagan

read
20.0K
bc

Nunca seré tuyo

read
30.1K
bc

El llamado de la bestia: ¿Mi luna es una humana?

read
10.1K
bc

Embarazada después de una noche con el rey Lycan

read
6.3K
bc

Esposa olvidada

read
17.0M

Scan code to download app

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook