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La villana perfecta

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Blurb

Mi nombre es Elira Lauren y mi vida no es la típica historia de una mujer noble. Desde el momento en que desperté en este cuerpo, supe que nada volvería a ser igual. Elira es hija de un barón menor que ha mantenido a su familia alejada de la corte, lejos de las intrigas y la nobleza, pero sé que mi destino es mucho mayor. En esta nueva vida, tengo la oportunidad de cambiar el curso de los acontecimientos, proteger a quienes amo y enfrentar a quienes buscan destruirnos. En medio de grandes bailes, conspiraciones y la sombra de un compromiso real, debo aprender a moverme con precaución y fuerza. Porque aunque mi cuerpo es joven y frágil, dentro de mí arde la voluntad de sobrevivir y triunfar. Esta es la historia de cómo decidí tomar el control de mi destino, enfrentar traiciones y descubrir que, a veces, el amor y la lealtad son las armas más poderosas.

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capítulo 1
Me encuentro leyendo los capítulos de mi novela favorita, “Luchando por tu amor”, y como siempre, no puedo evitar que mi mente se pierda en la historia de Elira Lauren y Alex, el príncipe heredero. Una historia que parecía condenada desde el principio, pues Alex ya tenía un compromiso formal con Serena Milton, hija de uno de los duques más poderosos del imperio. Sin embargo, la vida y el corazón no siguen reglas, y en la noche de la mayoría de edad del príncipe, todo cambió. Fue en aquel baile que Alex conoció a Elira. A pesar de estar acompañado por su prometida y bajo la atenta mirada de los padres de Serena, el príncipe se sintió irresistiblemente atraído por la joven. Con paso firme y una determinación que no podía ocultar, extendió su mano y la invitó a bailar. Elira, sorprendida y encantada, aceptó con una sonrisa brillante y se dejó llevar por el ritmo de la música durante toda la velada, sin imaginar que, a partir de ese instante, había despertado la enemistad de alguien muy poderosa. Para Serena, aquella escena fue devastadora. Ver a su prometido coquetear abiertamente con una mujer de menor rango social la hizo sentirse ridícula ante los demás nobles. Las demás jóvenes de la corte no tardaron en burlarse de ella, recordándole que el príncipe no la amaba tanto como afirmaba. Mientras tanto, para Elira, todo parecía más simple: solo había compartido un baile, sin intenciones de complicar nada… pero las consecuencias se extendieron mucho más allá de lo que podía prever. El padre de Elira, un barón de rango modesto en la provincia de Estarim, fue presionado por el duque Milton para casar a su hija cuanto antes y evitar que pusiera en riesgo el compromiso de su hija. Ante esta situación, Elira corrió a contárselo a Alex, quien al conocer la situación imploró a sus padres para que le permitieran romper su compromiso. Los emperadores, furiosos con las intenciones del duque, no podían cancelar la boda, ya que esta unión traería beneficios estratégicos y militares al imperio. Sin poder hacer más que aconsejar a su hijo, lo dejaron actuar con cautela. Alex, decidido y rebelde, continuó viendo en secreto a Elira, y sin darse cuenta, ambos se habían enamorado profundamente, sin medir el daño que podrían causar. Serena, enfurecida por esta situación, intentó varias veces enfrentarse a Elira, pero cada intento terminaba en fracaso. Alex siempre aparecía a tiempo para salvar a su amante, exponiendo a Serena y dejándola en evidencia frente a la nobleza. Mientras Elira se mantenía serena y casi inocente ante las burlas, Serena quedaba cada vez más humillada y derrotada, perdiendo apoyo incluso entre sus allegados. Con el tiempo, la historia no terminó bien para Serena. Elira no solo conquistó el corazón del príncipe, sino que también obtuvo el respaldo del pueblo y, eventualmente, de los emperadores. Serena, por su parte, fue obligada a casarse con el Alto General Alerik, un hombre joven, temido y respetado, cuya fama de despiadado no tenía igual en todo el imperio. Elira, mientras leía estos capítulos, frunció el ceño. Cerró su computadora con frustración y exclamó en voz alta: —Esto sí que fue una pérdida de tiempo… ¿cuándo entenderán los escritores que no pueden darle todas las ventajas a la protagonista? Se reclinó en su silla, molesta, pensando en la injusticia. Serena había sido presentada como una mujer fuerte y capaz, pero terminó arruinada por una protagonista que solo parecía moverse por capricho. Elira no podía contener su indignación y añadió: —No entiendo por qué ella parecía siempre la pobre damisela… sí, coqueteó con alguien comprometido, ¡pero eso no la hace más virtuosa! Si fuera yo… —levantó la mirada hacia el hombre que estaba frente a ella, temblando y atado a una silla—. O no crees que Serena merecía un destino mejor? El hombre intentó responder, pero Elira le quitó la cinta de la boca con un gesto firme. —Sí… ti… tiene razón —balbuceó el prisionero. —Lo ves, hasta tú lo sabes. Bueno, no te entretengo más, el pago no ha llegado y ya estoy aburrida. Te veo en el infierno —dijo Elira, levantándose de su asiento y apuntando con su arma a su cabeza. El prisionero suplicaba, pero la joven no dudaba. Por un momento, su pulso vaciló, distraída por el sonido de pasos que provenían de la bodega. Un grupo de hombres armados irrumpió en el lugar, y maldiciendo, Elira corrió para evitar ser capturada. Su velocidad fue notable, pero no suficiente; la rodearon rápidamente y el intercambio de disparos comenzó. Una de las balas enemigas la alcanzó en el pecho, haciéndola tambalear. Con las últimas fuerzas, vio cómo todos los hombres se acercaban para rodearla. Entonces, con una sonrisa fría, tomó una granada de su cinturón y exclamó: —Sayōnara… BUUUMM… La explosión retumbó por toda la bodega, consumiendo todo a su alrededor. La última imagen que Elira tuvo fue la de los hombres cayendo a su alrededor, mientras ella sentía cómo el mundo se desvanecía. En su mente, mientras todo se oscurecía, pensó en Alex y en lo injusto de la historia que había leído. Serena, quien había destruido tantas vidas y provocado tanto sufrimiento, nunca recibiría la redención que merecía. Para Elira, el final de esa historia era la prueba de que, a veces, el destino no seguía justicia alguna, y que quienes se creían intocables podían ser puestos en su lugar, aunque fuera de la forma más dramática posible. Mientras la explosión se apagaba en la distancia, y el humo llenaba la bodega, Elira Lauren desapareció de la escena, dejando tras de sí una mezcla de caos, justicia y la satisfacción de haber impuesto su propia forma de equilibrio en un mundo que nunca daba segundas oportunidades. *** Lucía se sentía extraña. De repente, escuchó una voz infantil llamarla: —Hermana… hermana despierta… hermana… es hoy, es hoy… Lentamente comenzó a abrir los ojos y vio a una niña pequeña a su lado, acompañada por otra joven un poco más alta que ella. Con cuidado se incorporó, y la niña volvió a hablar: —Prepárate, hermana, hoy finalmente iremos a la capital. La niña salió de la habitación sin esperar respuesta, dejando a Lucía confundida. Sus ojos recorrieron la estancia hasta que notó a otra muchacha que llevaba un jarrón con agua. Sin decir palabra, se dirigió a una especie de tina y vertió el agua para comprobar la temperatura. Una vez satisfecha, miró nuevamente a Lucía y habló con respeto: —Su baño está listo, mi lady. Lucía la observó, aún sin comprender del todo lo que ocurría, y se pellizcó el brazo para asegurarse de que no estaba soñando. La joven reaccionó con rapidez: —¡Señorita Elira, no haga eso! Si se lastima, le quedará una marca. Lucía apartó la mano de la joven doncella y preguntó con voz temblorosa: —¿Quién eres? ¿Dónde estoy? La joven la miró con extrañeza y respondió: —¿Se encuentra bien, mi lady? ¿Aún está despierta? —No… dime, ¿dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Cómo sobreviví? La doncella se acercó para tomarle la temperatura, pero al intentar tocar su frente, Lucía reaccionó instintivamente y le aplicó una llave en el brazo, exclamando: —¡Habla, carajo! ¿Dónde diablos me encuentro? La joven, entre lágrimas y dolor, sollozó: —Mi lady, me duele… usted está en su hogar, en la mansión Lauren. Lucía la soltó lentamente y repitió, incrédula: —¿La mansión… Lauren? ¿Señorita… Elira? De repente, como si fueran imágenes proyectadas, recuerdos comenzaron a aparecer en su mente. La confusión y el vértigo la vencieron, y se desmayó. La doncella, preocupada, salió corriendo a buscar ayuda. El barón, al recibir el aviso, envió rápidamente a un médico que revisó a Lucía. Cuando la joven despertó nuevamente, permaneció en silencio, observando al médico. —Por fin despertó, señorita Elira. ¿Cómo se siente? —preguntó el médico con cortesía. Lucía lo miró y simplemente respondió: —Bien… —¿Puede decirme qué sucedió? —No lo sé… esta mañana no me sentía bien, pero ahora estoy mejor —dijo con voz débil. La joven doncella, llamada Claudia, permanecía cerca, vigilando cada movimiento de Lucía con una mirada seria, asegurándose de que no hablara más de la cuenta. —Entiendo. Señor barón, como verá, la señorita se encuentra bien. Seguramente fue solo una baja de azúcar, algo muy común en jóvenes de su edad, especialmente cuando se someten a dietas exigentes para mantener su figura —comentó el médico, mientras el barón observaba a su hija con preocupación. —Muy bien, a partir de ahora controlaré más sus comidas —dijo el barón—. Muchas gracias, doctor. Lo acompaño a la salida. Una vez solos, Lucía observó a Claudia y preguntó: —Claudia… ¿ese es tu nombre, verdad? La joven asintió, y Lucía continuó: —Ni una palabra a nadie de lo que sucedió esta mañana, ¿entendido? Claudia asintió rápidamente. Antes de que pudiera responder, el barón volvió a la habitación y, al ver a su hija aún pálida, dijo con voz firme: —Traigan el desayuno a su habitación. A partir de ahora, controlaré que no te saltes tus comidas. Y si llegas a decirme que no comiste, te dejaré sin tus clases de piano, ¿entendido? Lucía contuvo una risa. La severidad del barón parecía más de apariencia que real, pero asintió con obediencia. Sabía que era un hombre justo y bueno, a diferencia de los estrictos relatos que había leído sobre otros padres en la corte. Antes de que el barón se marchara por completo, Lucía preguntó con cierta curiosidad: —Solo… me gustaría saber si… ¿iremos a la capital? El barón volteó a mirarla y sonrió levemente: —Sí, mañana partiremos. Hoy quiero que descanses y recuperes fuerzas. Cuando finalmente se quedó sola con Claudia, Lucía se permitió levantarse de la cama y acercarse a un espejo. Su reflejo la hizo sonreír con malicia. —Entonces es verdad… soy la amante del emperador —murmuró en voz alta, dejando escapar una carcajada burlona—. Ja, ja, ja… ni de chiste. Yo no soy plato de segunda mesa de nadie. Un hombre que cambia de parecer y posa sus ojos en cualquiera no es más que un desperdicio. Se observó con atención y continuó: —Aunque… pensándolo bien, Serena tiene lo suyo. Pero aún así, yo me quedaría con ella; al menos se casa con un hombre que realmente la valora. Esta pobre tonta terminó con un hombre que solo la usaba cuando quería, y pagó caro su ingenuidad. La felicidad tiene su precio, y ella lo pagó. Lucía sonrió con determinación, abrazando su nueva identidad: —Pero yo no soy Elira. No me entrometeré en el camino de mi protagonista favorita. En cambio… buscaré mi propio destino. Y ese hombre, el Alto General Alerik, sí que tiene potencial. Con esa idea clara, Lucía regresó a la cama y se acomodó para esperar su desayuno. Tenía hambre, y en esta nueva vida, si alguien iba a consentirla un poco, no se negaría. Finalmente, se permitió relajarse, dejando que la mansión Lauren y sus secretos se desplegaran ante ella como un nuevo escenario lleno de posibilidades.

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