Capitulo1: El regreso del halcón
La base táctica de la DEA en Miami vibraba con el zumbido de los servidores
y el aire acondicionado a máxima potencia. Michelle Morgado caminaba de un lado a otro frente a los monitores principales, con los brazos cruzados y
una expresión que congelaría a cualquiera. Su mirada estaba fija en el mapa digital de las rutas marítimas de Jáuregui.
—Llegas tarde, Janet —dijo Michelle sin girarse. Janet Figueroa entró masticando un chicle, con una sonrisa juguetona y ajustándose su pistolera al muslo.
—Ay, jefa, el tráfico de Miami no perdona ni a la ley. Pero mira el lado bueno: si yo llego tarde, los malos también.
En una esquina, Norma JR estiraba sus músculos con una flexibilidad envidiable, ignorando las bromas de Janet. Sol Hernández estaba sentada frente a una pared de pantallas, tecleando a una velocidad sobrehumana mientras hablaba por teléfono con su esposo, Teylor.
—Sí, amor, dile a la niña que mami llegará para leerle el cuento... te amo
—Sol colgó y suspiró, volviendo a su faceta de "leona" tecnológica—Chicas, el sistema está listo. Si Jáuregui parpadea, lo sabremos.
De pronto, las puertas automáticas se abrieron. El Comisionado Valdés entró
con paso firme, pero no venía solo. Detrás de él, cargando una maleta táctica y con el cabello recogido, apareció Karla García.
El silencio en la sala fue absoluto. El corazón de Michelle dio un vuelco,
pero su rostro se mantuvo como una piedra de hielo.
—¡Karla! —gritó Janet, rompiendo el hielo y corriendo a abrazar a su mejor
amiga.
Karla sonrió, esa sonrisa dulce que siempre había sido la debilidad de Michelle, aunque intentó poner su "cara de ruda". Sus ojos buscaron inmediatamente a Michelle.
—Hola, equipo —dijo Karla con voz suave pero firme—. He vuelto.
Michelle dio un paso al frente, ignorando el nudo en su garganta.
—Nadie te pidió que volvieras, García. Te fuiste sin decir nada. Aquí no trabajamos con gente que huye cuando las cosas se ponen difíciles.
—Volví por el equipo, Michelle —respondió Karla, sosteniéndole la mirada—.Y porque nadie tiene mejor puntería que yo. Sabes que me necesitas para detener a Jáuregui.
Valdés intervino antes de que saltaran chispas.
—Suficiente. Tenemos un problema mayor. El Gran Jáuregui ha cruzado la línea. Ya no es solo tráfico; está financiando un golpe de estado en la región y sus manos están llenas de sangre. Ustedes son las únicas en las que confío. Son un grupo de amigas, una familia, y esa es su mayor fuerza.
Valdés señaló la pantalla gigante donde apareció el rostro de Jáuregui: un hombre elegante, rodeado de lujos.
—Escuchen bien —ordenó Valdés—:
*Michelle: Eres la mente. Diriges cada movimiento. Si tú te quiebras, el grupo cae.
*Karla: Tu posición es el cielo. Serás los ojos de Michelle desde las alturas. Puntería y apoya táctico.
*Sol: Eres la red. Si Jáuregui intenta borrar sus huellas, tú las recuperas.
*Janet: Infiltración. Eres la que entra por los conductos de ventilación y sale con la información ante de que se den cuenta.
* Norma JR: Eres el escudo. Si las cosas se ponen feas, tú sacas a las chicas con vida.
—Tengo fe ciega en ustedes —concluyó Valdés—. No me fallen.
Cuando el Comisionado salió, la tensión regresó. Michelle se acercó a Karla, quedando a pocos centímetros de ella.
—Si vas a estar en mi equipo, García, seguirás mis órdenes sin dudar. No me
importa el pasado. Aquí eres una agente. ¿Entendido?
Karla sintió el perfume de Michelle, el mismo que recordaba de antes de irse.
—Entendido, jefa —susurró Karla, con un brillo de determinación y amor en los ojos.
En la sombra, cerca de la puerta, Esteban observaba la escena con
una sonrisa amarga, enviando un mensaje de texto cifrado: "El Halcón ha vuelto al nido. Todo va según lo planeado".
Tras el discurso del Comisionado, la puerta se abrió de nuevo y entró Esteban con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Llevaba una bandeja con cafés,pero sus intenciones eran mucho menos amables.
—¡Vaya, vaya! El equipo legendario está reunido de nuevo —dijo Esteban con
tono jovial—. Felicidades por la misión, chicas. Con ustedes al mando, Jáuregui
no tiene escapatoria.
Caminó directamente hacia Karla y, ante la mirada atónita de todas, la
rodeó con un abrazo demasiado estrecho y prolongado.
—Karla, qué alegría tenerte de vuelta. Te extrañamos mucho por aquí... especialmente yo —le susurró al oído, lo suficientemente alto para que Michelle lo oyera.
Michelle apretó los puños detrás de su espalda, sintiendo una punzada de
rabia que le quemaba el pecho. Su mandíbula se tensó tanto que parecía que iba a romperse, pero no dijo nada. Ver a Esteban tan cariñoso con la mujer que todavía amaba era una tortura que no pensaba mostrar.
Janet, detectando el peligro inminente, soltó una carcajada para romper el hielo.
—¡Eh, Esteban! Cuidado con las manos, que Karla tiene puntería con el rifle,pero Michelle tiene una derecha que te deja viendo estrellas hasta el próximo año. ¡Parecen dos tortolitos y aquí lo único que queremos desplumar es a Jáuregui!
Michelle lanzó una mirada asesina a Janet. Antes de que la capitana pudiera
explotar, Sol intervino con calma, colocándose entre ellas.
—Ya basta de distracciones. Tenemos trabajo. Michelle, los planos de la
mansión de la marina están listos.
Repasemos las posiciones.
Se reunieron alrededor de la mesa holográfica. La misión era clara:
infiltrarse en una de las casas de seguridad de Jáuregui a medianoche.
Janet entraría por el muelle.
Norma Jr. aseguraría el perímetro trasero.
Sol bloquearía las cámaras desde "La Bestia".
Karla se posicionaría en el faro abandonado a 400 metros, cubriendo a la líder.
Michelle iría directa al despacho por la evidencia.
—Movimientos limpios. Si hay contacto, Karla despeja el camino. Entramos, sacamos los discos duros y nos vamos antes de que el café de Esteban se enfríe—sentenció Michelle, evitando mirar a Karla a los ojos
Medianoche: El Puerto de Miami
La lluvia caía fina y constante. Michelle avanzaba por el pasillo de la mansión con el silenciador de su SIG Sauer al frente.
—Limpio —susurró Michelle por el comunicador.
—Te veo, Mich. Tienes a dos guardias en la esquina, espera a mi señal—respondió la voz de Karla desde el faro.
Pum. Pum. Dos caídas
silenciosas—. Despejado. Avanza.
Michelle entró al despacho. Pero en cuanto tocó el teclado de la
computadora, las luces rojas se encendieron. Una trampa.
—¡Sol! ¡Me han bloqueado! —gritó Michelle.
—¡No puedo entrar! ¡Alguien instaló un cortafuegos físico desde adentro!
—respondió Sol desesperada—. ¡Michelle, sal de ahí!
De las sombras, seis hombres armados con escopetas rodearon a Michelle.
Ella se lanzó tras un escritorio mientras las balas destrozaban la madera.
Estaba acorralada.
—¡Karla, no tengo ángulo! ¡Hay una placa de acero bloqueando la ventana del
despacho! —gritó Janet por la radio, su voz llena de pánico.
Karla ajustó la mira de su Barrett. Veía a través de una pequeña rendija
cómo un sicario se acercaba a Michelle por la espalda con un cuchillo táctico,
aprovechando que ella se había quedado sin munición en el cargador.
—¡Michelle, agáchate! —gritó Karla.
Karla apretó el gatillo, pero en ese instante, el cañón de su rifle vibró de forma extraña. El disparo salió desviado; Esteban había saboteado la calibración del arma esa tarde.
Karla vio por la mira, con el corazón saliéndosele del pecho, cómo el
sicario levantaba el arma sobre una Michelle desprevenida. Karla soltó el rifle
y empezó a correr hacia la barandilla del faro, sabiendo que estaba demasiado
lejos, que el tiempo se había agotado y que, por primera vez en su vida, su puntería le había fallado a la única persona que le importaba.
—¡MICHELLE! —el grito de Karla se perdió en la explosión que sacudió el
edificio.