Capitulo 01
Hace cinco años, exactamente en este mismo día, el mundo se nos detuvo en seco. No fue un accidente, ni una tormenta repentina, ni un terremoto que sacudiera los cimientos de la casa. Fue algo mucho más silencioso, y por eso mismo, mucho más devastador: fue una sola palabra, pronunciada con suavidad pero con una dureza que se clavó en nuestros pechos como un cuchillo afilado.
A veces cierro los ojos y todavía puedo sentir el frío de esa sala de consultas, ese frío que no venía de la temperatura del aire acondicionado, sino de la incertidumbre que empezaba a llenar el espacio. Recuerdo el olor a desinfectante que se me quedó pegado en la ropa y en la piel durante días, el zumbido lejano de algún equipo médico, y sobre todo, el silencio pesado, asfixiante, que se quedó flotando en el aire después de que el médico dijo esa palabra que nadie quiere escuchar: cáncer.
Mi hermana gemela, mi otra mitad, la persona con la que he compartido todo desde antes de nacer, estaba sentada a mi lado en ese banco de madera duro. La vi palidecer, vi cómo sus mejillas perdieron todo el color en cuestión de segundos, y vi cómo sus manos se apretaron unas contra otras hasta que los nudillos se le pusieron blancos, como si estuviera luchando por agarrarse a algo, a cualquier cosa, para no caer. Sentí su miedo como si fuera mío —porque en realidad, siempre ha sido así: lo que ella siente, yo lo vivo con ella. Su felicidad es mi felicidad, y su dolor es mi dolor. Somos dos cuerpos, pero a veces siento que compartimos un solo corazón.
En ese instante, entre el nudo que se me formó en la garganta y las lágrimas que luchaba por contener para no derrumbarme delante de ella, mi mente empezó a correr. Pensé en todo lo que habíamos vivido juntas: las risas hasta el amanecer, los secretos susurrados en la oscuridad de nuestro cuarto, los sueños que habíamos trazado lado a lado. Y entonces pensé en él. En ese hombre que ella vio por primera vez hace años, con esa mirada que se le iluminó de una forma que yo nunca había visto antes, y del que no se ha separado su corazón desde ese primer instante. Su amor era lo único que la hacía brillar con una luz propia, diferente a la de nosotras dos, algo que era solo suyo. Y no podía permitir que la enfermedad se llevara también eso.
No podía dejar que su mundo se apagara por completo.
Fue entonces cuando le tomé la mano. Sus manos estaban heladas, temblorosas, y las mías no estaban mucho mejor, pero entrelacé mis dedos con los suyos con fuerza, como si pudiera transmitirle toda mi fuerza, todo mi amor, toda mi voluntad de luchar por ella. La miré a los ojos, esos ojos que son idénticos a los míos pero que en ese momento estaban llenos de tristeza y miedo, y le hice la promesa.
Una promesa que me obligué a cumplir, sin importar lo que me costara a mí, sin importar los obstáculos que yo misma me había puesto como metas y que terminé dejando atrás, olvidándose por completo, porque me di cuenta de que lo único que realmente importaba era ella. Le prometí que haría todo lo necesario para que ella pudiera ser feliz con el hombre que amaba, incluso cuando la vida parecía haber puesto su amor en pausa, incluso cuando el camino se veía oscuro y lleno de incertidumbre. Le prometí que no estaría sola, que yo sería su sombra, su apoyo, su fuerza cuando la suya faltara.
Hoy, cinco años después, todavía recuerdo cada palabra que dije, cada latido acelerado de mi corazón en ese momento, cada lágrima que se me escapó a pesar de mis esfuerzos por contenerla. Porque ese fue el día en que dejé de ser solo su hermana para convertirme, definitivamente, en la otra gemela: la que estaría siempre ahí, dispuesta a todo, dispuesta a darlo todo, con tal de verla sonreír de nuevo.
Y era hora de cumplir con mi palabra, era hora de dar vida para que su felicidad estuviera completa al lado del
hombre que tanto ama.
El hombre que ama desde niña.
Y que yo también amo