Ya en el coche, me quedé en silencio contemplando el paisaje a través de la ventanilla. El vehículo era un despliegue de lujo absoluto; los asientos de cuero eran tan mullidos y perfectos que sentía que me hundía en ellos. De pronto, mi teléfono empezó a sonar, haciéndome dar un pequeño respingo por la sorpresa.
—¿Diga?
—¡Y bien! ¿Cómo ha sido tu primer día? —la voz de Bianca me llegó cargada de una energía que yo no sentía.
Aparté un poco el móvil de mi oreja antes de responder en un susurro, mientras jugueteaba distraída con mis dedos.
—Bien... supongo. Podría haber sido mucho peor —murmuré.
—¡Elena, tienes muchísima suerte! ¡Daría lo que fuera por estar en tu lugar!
La imagen de mi jefe —aquel hombre austero, tétrico y autoritario— apareció de inmediato en mi mente, y no pude evitar hacer una mueca de disgusto.
—Para serte sincera, Bianca, sigo sin entender por qué me eligió a mí.
—¡Ay, no le des tantas vueltas! Miles de mujeres matarían por ese puesto, ¡así que no pienses y disfruta!
"¿No pensar?", me dije a mí misma. Si eso era lo único que hacía desde que puse un pie en esa mansión.
—Tienes razón... —mentí con un suspiro—. Te llamo pronto, te echo de menos.
—Y yo a ti, ¡hablamos luego!
Hice las compras con la ayuda de Jo. El chófer resultó ser un hombre mayor, cálido y extremadamente servicial que me hizo la tarea mucho más fácil. Durante el camino, me dio varios consejos sobre los gustos personales de Alexander, especialmente en lo que respecta al vino. Al final, sucumbí a la tentación y compré una caja de macarons; después de todo, sentía que me merecía un pequeño capricho tras la tensión de las últimas horas.
Con los brazos cargados de paquetes, regresamos al coche. Antes de subir, me detuve un instante para contemplar el barrio residencial. El ambiente era fascinante y lleno de encanto, pero me sentía completamente fuera de lugar, como una pieza de un puzzle que no encaja.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando para el señor Blackwood? —pregunté una vez que estuvimos de nuevo en marcha.
Jo me miró a través del espejo retrovisor con una sonrisa amable.
—Cuatro años ya, señorita Valer.
—¡Y todavía sigue vivo! —exclamé soltando una carcajada.
Él se rió conmigo, asintiendo con la cabeza.
—Todavía, señorita.
Apoyé la cabeza contra el cristal, viendo pasar los edificios de lujo.
—Gracias por su ayuda, Jo. De verdad.
—Ha sido un placer, señorita.
Me quedé sonriendo a la nada, deseando llegar pronto a la villa para poder tumbarme un rato y desconectar de todo.
Al regresar, me permití un breve descanso en mi habitación. Dejé la puerta abierta, atenta a cualquier posible llamada de Alexander, pero el silencio fue absoluto. No volvimos a vernos hasta la hora de la cena. Me esmeré al máximo para que todo estuviera impecable, repasando cada detalle de la mesa con la esperanza de no recibir ni un solo reproche.
Cuando me acerqué para servirle una copa de vino, él interrumpió su conversación telefónica para escrutarme. Otra vez esa mirada. Me mantuve erguida, orgullosa del trabajo bien hecho, y le sostuve la vista con una media sonrisa desafiante.
—Sí, sigo aquí, continúe —le dijo a su interlocutor sin dejar de mirarme.
Me senté a la mesa sin decir palabra y desplegué la servilleta sobre mis rodillas.
—Le llamo mañana —sentenció él antes de colgar.
Por fin.
Le eché una mirada rápida, pero me arrepentí al instante; Alexander estaba dándole un sorbo al vino con los ojos clavados en mí, como si intentara descifrar un enigma. Dejó la copa en la mesa, pero su atención seguía fija en mi rostro.
—Jo me ha contado que se ha comportado de forma muy profesional durante las compras.
—Simplemente he hecho mi trabajo, señor —respondí con sencillez.
Él guardó silencio un momento. Luego, ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa fugaz, casi imperceptible, mientras continuaba observándome. Empecé a sentirme incómoda, sin saber qué hacer bajo esa inspección constante.
—Coma, señorita Valer —dijo, recuperando su tono serio.
Cenamos en silencio hasta que mi curiosidad pudo más que mi prudencia.
—¿Siempre cena con el teléfono pegado a la mano?
—Sí —respondió él de forma cortante.
Me apreté los labios antes de volver a la carga.
—Debe de ser muy aburrido para la mujer que...
—Por regla general, nunca ceno con mujeres —me interrumpió.
Me quedé con el tenedor a medio camino, clavado en un trozo de carne, y lo miré con la boca abierta. ¿Había oído bien? Su expresión, gélida y solemne, me confirmó que hablaba totalmente en serio.
—¿Por qué?
Él se limpió la comisura de los labios con un gesto de fastidio.
—¡Porque así son las cosas!
No podía creerlo. Aquel hombre era tan enigmático como sombrío.
—Pero entonces... ¿yo qué hago aquí?
—Usted es diferente. ¡Usted es mis piernas!
Bajé la mirada al plato al instante, intentando ocultar lo mucho que me habían dolido sus palabras. Alexander soltó un juramento inaudible, apartó la silla con brusquedad y se marchó del comedor sin siquiera terminar su plato. Me quedé allí, sola, terminando la cena en un silencio que ahora me resultaba asfixiante.
¿Qué podía esperar de un hombre así? Era autoritario, próspero y terriblemente frío. Estaba claro que para él yo no era más que una herramienta útil, la última de las personas que podría despertarle el más mínimo interés...
Solté un suspiro largo, todavía impactada por su confesión. No cenaba con mujeres, y a mí solo me veía como una extensión de su propio cuerpo herido.