Elena aún no podía creer que estuviera allí, sentada al borde de la cama y masajeando las piernas de aquel hombre. Tuvo que armar su voluntad con una disciplina de hierro para no flaquear al contacto directo con su piel; las piernas de Alexander eran musculosas y sorprendentemente firmes, y bajo sus palmas podía sentir la tensión de cada fibra de sus muslos. Mientras tanto, se autoimponía la regla estricta de no subir ni un centímetro más de lo necesario, aunque la calidez que emanaba de él parecía atraer sus manos como un imán. Se aclaró la garganta en varias ocasiones para romper el silencio denso que envolvía la habitación, intentando ignorar que él mantenía los ojos cerrados, entregado por completo al movimiento de sus manos.
Alexander, por su parte, respiraba con una calma profunda que delataba cuánto estaba disfrutando del contacto. Hacía mucho tiempo que el tacto de otra persona no le resultaba tan... necesario.
—Sus manos son delicadas, señorita Valer... es muy placentero —susurró él justo en el momento en que los dedos de ella ascendían con cautela por la cara interna de su rodilla.
—Eh... gracias —atinó a decir Elena, sintiendo que un calor abrasador le subía por el cuello hasta las mejillas.
Al abrir los ojos, Alexander la encontró con una chispa de diversión cómplice en su mirada azul. Aunque su cuerpo se tensaba cada vez que los dedos de ella se deslizaban sobre su piel, por un instante el placer del contacto parecía borrar el rastro del dolor crónico y la amargura de su accidente. Él podía notar perfectamente la incomodidad de la joven, el leve temblor de sus dedos y cómo evitaba mirarlo directamente, pero ignorar el efecto que ella tenía sobre sus sentidos habría sido una mentira. Para Alexander, aquellas manos eran, sencillamente, perfectas.
—¿Cómo llegó a convertirse en millonario, señor Blackwood? —preguntó ella de pronto, tratando de romper el hechizo de intimidad que amenazaba con asfixiarla.
El hombre se quedó petrificado, mirándola con un asombro genuino, como si nadie se hubiera atrevido nunca a hacerle una pregunta tan directa y despojada de malicia.
—¿De verdad no lo sabe? —inquirió él, arqueando una ceja.
—No me mire así, señor —se defendió ella rápidamente, deteniendo el movimiento por un segundo—. Mi amiga ya me ha regañado por no tener ni idea de quién era usted antes de aceptar este empleo. Para mí, usted era solo un nombre en un contrato.
Alexander soltó un suspiro sonoro, relajando los hombros ante la evidente inocencia de su asistente. Seguramente, algún día tendría que agradecerle a esa ignorancia el hecho de que ella lo tratara como a un hombre y no como a un símbolo de estatus o un titular de prensa.
—He trabajado muy duro para llegar a donde estoy, señorita. Dirijo un imperio que no conoce fronteras —explicó con un orgullo seco, casi cortante—. Continúe con el masaje —ordenó después, recuperando su habitual tono imperativo.
Elena obedeció de inmediato, retomando los movimientos circulares, aunque su curiosidad ya se había desatado y no estaba dispuesta a callarse.
—Es usted muy joven para tener una fortuna así, ¿no cree? Siempre pensé que se necesitaba una vida entera, o quizás varias generaciones, para lograr algo semejante.
Aquella observación descolocó a Alexander nuevamente. Por un momento pensó que ella fingía esa candidez para obtener información, pero la expresión limpia de su rostro y la firmeza de su toque lo empujaron a responder con una sinceridad inusual.
—No soy tan joven, acabo de cumplir los treinta y dos. Pero empecé pronto, solo, y sin ayuda de nadie, señorita Valer. Construí mi primer millón cuando otros apenas estaban aprendiendo a vivir.
— Oh...
—¿"Oh"? ¡¿Eso es todo lo que va a decir?! —exclamó él casi ofendido cuando ella solo respondió con una interjección. Alexander quería que ella hablara; deseaba escuchar su voz tanto como sentir sus manos sobre él. —Haga otras preguntas —exigió, fijando sus ojos en los de ella, que evitaban el contacto perdiéndose hacia las sábanas de seda.
—No creo que deba hacerlo, señor. No quiero ser impertinente.
—¡Se lo estoy pidiendo yo, así que hable! —insistió con esa autoridad desbordante que siempre hacía que Elena apretara los dientes.
—Está bien... ¿No siente nunca remordimientos al aplastar a la gente? —soltó ella sin pensar, clavando sus ojos turquesa en los de él.
Alexander esbozó una sonrisa amplia y casi maquiavélica que le dio un aire peligrosamente atractivo, resaltando los rasgos duros de su rostro.
—Yo no los aplasto; simplemente pierden contra mí, que es distinto. Los observo, los analizo, busco sus puntos débiles y sus miedos... y cuando tengo todo eso, simplemente gano. Soy un estratega, señorita Valer, no un verdugo.
Elena se quedó sin palabras ante aquel hombre que veía el mundo como un tablero de ajedrez. Se levantó de la cama poco después, sintiendo que sus propias manos quemaban. Buscó refugio en el cuarto de baño para lavarse, lanzándose una mirada de reproche al espejo por su impulsividad, mientras intentaba calmar el ritmo de su corazón. Sin embargo, la voz de él, profunda y dominante, la alcanzó incluso allí.
—¿Y usted? ¿Por qué se dedica a esto? Una mujer con su... energía... podría hacer cualquier cosa.
Al regresar para ayudarlo con el pantalón, los pensamientos de Elena se atropellaron en su mente, haciéndola cometer un error lingüístico que lamentaría al instante.
—No solo he hecho esto. En realidad, me gusta tocarlo todo... —se detuvo en seco, horrorizada por la ambigüedad de sus palabras—. Quiero decir... me gusta probar diferentes oficios. He sido bibliotecaria, vendedora y ahora... bueno, ahora me ocupo de usted.
—Ya lo había entendido... —respondió él con un matiz ronco en la voz que ella no supo interpretar, pero que la hizo temblar mientras cerraba la hebilla de su pantalón con dedos torpes.
Tras ayudarlo a sentarse en la silla, Elena anunció que debía salir a hacer la compra, ansiosa por escapar de la electricidad que cargaba el ambiente. Alexander, sin apartar la mirada de sus labios, alcanzó su cartera de piel negra.
—Jo la acompañará. Es mi chófer —dijo, tendiéndole un fajo de billetes exagerado, una cantidad que cubriría el alquiler de Elena por meses—. Tenga. No escatime en nada.
Elena aceptó el dinero, sintiendo que cada billete era un recordatorio del abismo que los separaba, y salió de la habitación con paso firme, buscando desesperadamente el aire fresco de la calle para enfriar su piel.