Punto de vista de Elenaㅤㅤㅤㅤ
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Me desperté creyendo que sería la primera en estar en pie, pero para mi alivio, un equipo de enfermeros ya salía de su habitación. Al parecer, profesionales externos se encargaban de su aseo personal, algo que agradecí al cielo; al menos por ahora, no tendría que volver a enfrentarme a su desnudez.ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ
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Aproveché ese respiro para preparar el desayuno. Como aún ignoraba sus gustos exactos, monté una bandeja variada con bollería y un café n***o, intensamente cargado. Con un mechón rebelde cayendo sobre mi cara y el corazón latiéndome con una ansiedad ridícula, subí las escaleras equilibrando el peso. No obstante, me equivoqué de planta una vez antes de dar con su despacho y, justo cuando iba a llamar, el sonido de unas voces me detuvo en seco.
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—¿Has tenido noticias de Sara? —preguntó Gary, el abogado.ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ
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Me quedé helada. Aunque no soy curiosa por naturaleza, la mención de ese nombre desconocido me hizo apoyar la bandeja en un mueble cercano y acercarme a la puerta, conteniendo la respiración.ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ
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—Pronto volverá a mí arrastrándose —respondió la voz de Alexander, tan fría que me produjo un escalofrío. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ
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—Por Dios, Alexander... —suspiró Gary, y esta vez su tono no era profesional, sino el de un amigo preocupado—. ¿Por qué tuviste que seguirla aquella noche? Mírate cómo estás ahora. ㅤㅤ
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—¡Sabes perfectamente que no soporto que nadie se me oponga! —rugió Alexander, y el golpe de su mano contra la mesa me hizo dar un respingo—. Si tuviera que repetirlo, lo haría exactamente igual.
Tras escuchar aquello, decidí que ya había sido suficiente. Me enderezé, recuperé la compostura y llamé a la puerta con firmeza. Tras el "¡Adelante!" de Alexander, entré intentando que mis manos no temblaran. Él entornó los ojos al verme; llevaba diez minutos de retraso y parecía estar conteniéndose para no regañarme.
—No sabía qué prefería desayunar, así que he traído un poco de todo —dije, entrelazando mis dedos nerviosamente tras dejar la bandeja.
Él no respondió. Se limitó a observarme, dejando que su mirada recorriera mi rostro, deteniéndose en mi cabello y bajando después por mi cuerpo con una intensidad hambrienta que me hizo sentir de cristal.
—Es perfecto, señorita Valer —sentenció finalmente.
Salí de allí casi huyendo. Lo que no podía notar en ese momento era la tormenta que dejaba tras de mí.
Punto de vista de Alexander
En cuanto la puerta se cerró, Gary sacudió la cabeza con una sonrisa burlona que me irritó de inmediato.
—Ni se te ocurra, Gary —le advertí, mi voz cortante como una cuchilla. —No olvides que antes de que yo te ayudara a subir peldaños, no eras más que un abogado mediocre —añadí con tono mordaz—. Deja a mi asistente en paz o te añadiré a mi lista de bajas en cuanto pueda caminar.
—¿Hace bien su trabajo al menos? —se atrevió a preguntar él, ignorando mi amenaza.
—Es perfecta —admití, saboreando el café—. Es discreta y profesional, incluso cuando intento desestabilizarla. Es un poco patosa, sí, pero no presta atención a la silla de ruedas y eso es lo que necesito. En cuanto me recupere, se marchará y guardará silencio, puedes estar seguro de ello.
Sin embargo, tras despedir a Gary, la amargura volvió a instalarse en mi pecho. No soportaba la debilidad de mi estado; sentía que la silla me arrebataba mi poder. Pero de pronto, un sonido lejano me sacó de mi amargura: alguien estaba tarareando una melodía.
Llevado por la curiosidad, me dirigí a la cocina y allí la encontré, totalmente ajena a mi presencia. Elena estaba de espaldas, estirándose para alcanzar un estante, mientras yo analizaba cada una de sus curvas con una mirada oscura y posesiva. En ella no había artificios ni movimientos calculados, y eso era lo que me fascinaba.
—¿Qué es lo que canta, señorita Valer? —pregunté de repente.
Ella pegó un salto del susto y se giró con la mano en el pecho, soltando un grito ahogado.
—¡Cielo santo, me ha asustado! —me recriminó, tratando de recuperar el aliento.
No me disculpé. En su lugar, fijé mi vista en sus labios durante unos segundos que se me hicieron eternos, luchando contra un pensamiento intrusivo. Finalmente, recuperé mi máscara de jefe implacable.
—Venga conmigo —ordené con brusquedad—. Es hora de que me masajee las piernas.