—¡Todo menos eso! —exclamé, sintiendo cómo mi compostura se desmoronaba por completo mientras retrocedía un par de pasos con las manos en alto, como si intentara protegerme de una amenaza invisible. — Se lo ruego... dígame que lleva algo debajo de eso —supliqué, con la voz a punto de quebrarse.
Él no pudo evitar una sonrisa, visiblemente divertido por mi reacción catastrófica, mientras yo recorría con la mirada su pantalón n***o, temiendo lo peor.
—Llevo ropa interior, si eso la tranquiliza —respondió, arqueando una ceja sin abandonar esa expresión de autosuficiencia.
Inspiré profundamente, tratando de calmar las pulsaciones de mi garganta mientras me colocaba algunos mechones rebeldes de la coleta tras las orejas. "Está bien, allá vamos", me dije a mí misma.
—¿Sabe cuántas mujeres soñarían con estar en su lugar ahora mismo? —soltó él con una arrogancia que decidí ignorar para no perder la poca concentración que me quedaba.
—Pues yo diría que miles —respondí con un suspiro resignado mientras soltaba la hebilla de su cinturón.
Sentía las yemas de los dedos electrificadas en el momento en que alcancé la cremallera del pantalón. Mis manos temblaban tanto que me costaba realizar un movimiento tan simple.
—¿Pero usted no? —preguntó de pronto con una voz ronca que me erizó la piel.
Alexander pasó una mano por detrás de su nuca para elevar un poco la cabeza, observando cada uno de mis gestos con una fijeza que parecía diseñada específicamente para desestabilizarme.
—Para serle sincera, ¡no me esperaba que el trabajo incluyera esto! —declaré, tirando del pantalón con más fuerza de la necesaria debido a los nervios.
Debía de estar roja como un tomate porque, en mi afán por terminar rápido, no me di cuenta de que su ropa interior venía pegada a la tela del pantalón.
—Ayúdeme de una vez —exclamó él, atrapando mi muñeca con su mano para frenar mi torpe forcejeo.
Nos quedamos así, congelados, los ojos fijos en los del otro. El silencio que se instaló en la habitación fue absoluto y su mirada resultó ser un arma desarmante que me dejó sin aliento. Finalmente, colaboró un poco y logré deslizar el pantalón a lo largo de sus piernas, concentrándome únicamente en sus tobillos para evitar mirar más allá de lo estrictamente necesario.
—¿Le duele? —pregunté con una curiosidad genuina, rompiendo el hechizo.
Terminé de retirar la prenda y la dejé sobre la cama, luchando por mantener el contacto visual con él para no perderme en la visión de su cuerpo, aunque esos ojos grises eran igual de perturbadores.
—Puedo sentir y moverme ligeramente... y sí, me duele —confesó.
Pude notar una chispa de rabia en su tono, pero esta vez no era contra mí, sino contra su propia impotencia.
—Los médicos dicen que volveré a caminar pronto —añadió, lanzándome una mirada rápida, casi como si necesitara reafirmarlo en voz alta.
Sentí un alivio inmenso al escucharlo, no solo por él, sino porque no me veía capaz de sobrevivir en esa casa durante años. Un solo día allí y ya sentía que llevaba un mes entero bajo su mando. Doblé el pantalón con cuidado y lo coloqué sobre una silla, tratando de recuperar mi postura profesional.
—Tomo el desayuno todas las mañanas a las ocho y media —instruyó con su tono severo de siempre—. Pero mañana, excepcionalmente, lo tomaré en mi despacho.
Entrelacé las manos tras mi espalda y mantuve la mirada en la suya, aunque su expresión implacable me empujaba constantemente a bajar los ojos. Me mordí el labio y asentí.
—Entendido, señor Blackwood.
—Puede marcharse. Se lo ha ganado.
¿Me lo había "ganado"? Me quedé sin palabras, parpadeando atónita antes de dirigirme hacia la puerta con el corazón todavía acelerado.
—Buenas noches, señorita Valer.
—Buenas noches, señor —respondí brevemente antes de salir al pasillo y cerrar la puerta tras de sí.
En cuanto estuve fuera, solté todo el aire que había estado reteniendo. ¡Aquel momento había sido surrealista! Yo, Elena Valer, quitándole los pantalones a uno de los hombres más poderosos y enigmáticos de Nueva York. Me dejé deslizar un momento contra la pared del pasillo, cerrando los ojos para recuperar el equilibrio antes de enderezarme y caminar hacia mi habitación.
Al entrar, vi que todas mis cosas ya estaban sobre la cama. Puede parecer una tontería, pero lo primero que hice fue acercarme a oler uno de mis cardigans para sentir que todavía quedaba algo de mi antiguo apartamento en mí, y sobre todo, para borrar el aroma embriagador de Alexander.
Desde pequeña me habían dicho que era una patosa, pero esta vez me sentía extrañamente orgullosa de mí misma. ¿Quién más habría aguantado el tipo frente a un hombre tan intimidante?
Para terminar el día, me sumergí en un baño de agua caliente. La bañera era tan inmensa que habrían cabido tres personas, permitiéndome estirar el cuerpo y relajar cada músculo en tensión. Mientras el vapor me rodeaba, me sentí finalmente en paz, procesando todo lo ocurrido y rogando internamente que mi segundo día bajo el techo de los Blackwood fuera, al menos, un poco más predecible.