Una vez a solas en la cocina, decidí tomar las riendas de la situación. Para calmar mis nervios, me puse a pensar en los aspectos prácticos de este empleo: Alexander Blackwood era millonario y, seguramente, el sueldo sería astronómico. Solo ese pensamiento logró arrancarme una pequeña sonrisa de complicidad conmigo misma mientras me recogía el pelo pelirrojo en una coleta alta.
Me puse un cárdigan ligero y dejé que mis pies se deslizaran por el suelo pulido; la sensación era extraña, pues a través de mis medias de lana apenas podía sentir el frío del mármol. Aproveché su ausencia para moverme con libertad, disfrutando de que, sin su mirada de acero vigilándome, mis movimientos volvían a ser seguros y fluidos. Al abrir la despensa, me quedé boquiabierta; aquel hombre tenía provisiones suficientes para alimentar a una familia entera. De repente, el hambre me golpeó con fuerza y no pude evitar pasarme la lengua por los labios mientras empezaba a preparar la cena, esperando que mis habilidades culinarias estuvieran a la altura de sus exigencias.
—Huele de maravilla.
Di un respingo y dejé de remover la salsa al instante. La voz de Alexander había aparecido de nuevo, pero esta vez sonaba distinta, con un matiz cálido y envolvente que me descolocó por completo, como si se mezclara con el vapor que subía de las ollas. Sentí que empezaba a divagar, atrapada por ese tono de voz.
—Gracias, señor —respondí, obligándome a sonreír con la mayor cortesía posible mientras él se acercaba hacia mí.
—¿Tiene hambre, señorita Valer?
Bajé la mirada para encontrarme con sus ojos. Me sentí desconfiada; la pregunta era sencilla, pero la forma en que la había pronunciado, con esa lentitud deliberada, resultaba perturbadora.
—Mucha, señor —admití.
Una media sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios antes de que recuperara su habitual expresión seria.
—Entonces es momento de que tome asiento.
Era increíble cómo podía pasar del calor al hielo en una fracción de segundo. Sacudí la cabeza para centrarme, pensando en que Bianca daría cualquier cosa por estar en mi lugar, aunque yo, en ese preciso momento, no sentía ningún placer.
La cena transcurrió bajo un silencio denso, solo roto por el sonido incesante de su teléfono. Alexander estaba en el extremo de la mesa, moviendo los hilos de sus negocios con una voz firme y autoritaria que, lo admitiera o no, me tenía subyugada. ¡Qué voz!
Podía dar órdenes que harían temblar a cualquiera, y aun así, había algo fascinante en su magnetismo.
Cuando terminé, me levanté para recoger su plato, pero de pronto su mano, tan firme como su voz, atrapó mi muñeca. Me obligó a inclinarme cerca de su rostro mientras él bajaba el teléfono, aunque su interlocutor seguía hablando al otro lado de la línea.
—Estaba delicioso, señorita Valer —susurró.
La caricia de su voz me hizo perder el hilo por un momento. Bajé la mirada hacia su mano, que rodeaba mi piel con una fuerza contenida. ¿Cuánto tiempo hacía que no estaba tan cerca de un hombre?
—Gracias, señor —logré articular con una sonrisa forzada antes de que me soltara.
Me refugié en la cocina a toda prisa mientras él retomaba su conversación con ese tono imperativo de siempre. Apoyé las manos en la encimera, intentando recuperar el aliento y repitiéndome que solo me había sujetado la muñeca, que no era para tanto. Recuperé mi actitud profesional y, en un arranque de iniciativa del que me sentí orgullosa, le serví una taza de café sin que me la pidiera. Cuando me dio las gracias entre dientes, no pude evitar sonreír para mis adentros.
Pensé que mi jornada había terminado ahí, pero me equivoqué. Me exigió que lo acompañara a su habitación y, al cruzar el umbral, me quedé paralizada al recordar un detalle crucial que él no tardó en mencionar.
—Esto también forma parte de su trabajo, señorita —dijo él, levantando una ceja con una mezcla de diversión y desafío.
Había desvestido a mi abuela mil veces sin pestañear, pero desvestir a este hombre... aquello era otro nivel de dificultad. Sin embargo, decidí no acobardarme. Entré en la habitación con paso firme, tratando de que mi turbación no se reflejara en mi rostro.
—¿Cómo... cómo procedemos? —pregunté.
Lentamente, sin dejar de mirarme ni un segundo, él empezó a desabrocharse la camisa. Tuve que desviar la mirada hacia el techo para evitar que el calor subiera a mis mejillas.
—No es muy educado lo que está haciendo, señorita Valer. Le agradecería que me mirara.
Dudé, pero terminé bajando la vista. Se me hizo un nudo en la garganta al ver aquel cuerpo de atleta, viril y poderoso.
—Ayúdeme ahora —ordenó.
Me acerqué y él pasó su brazo alrededor de mi cuello para apoyarse. Luché contra la oleada de escalofríos que recorría mi piel al sentir su cercanía. No tuve más remedio que apoyar mi mano contra su pecho desnudo para sostenerlo, sintiendo el calor de su piel y el latido de su corazón. Cerré los ojos brevemente, rogando que aquel momento terminara pronto.
—Ya está —dije, enderezándome de golpe.
Mis ojos, traicioneros, recorrieron por un instante su torso antes de que me obligara a parpadear con violencia para volver a la realidad. Pero Alexander no había terminado conmigo.
—Mi pantalón no va a quitarse solo, señorita Valer.