El viento comenzó a levantar polvo cuando Ramiro la ayudó a subir al caballo. No dijo una sola palabra, y María tampoco preguntó adónde iban. Sabía que si él la guiaba, no podía estar perdida. La noche caía lentamente sobre los caminos de tierra. El cielo se iba llenando de estrellas, como si el universo aprobara en silencio lo que estaban haciendo. Ramiro montó tras ella, sujetándola con fuerza por la cintura, como si en cada trote pudiera escaparse de nuevo… o desvanecerse. —¿Vamos a volver a la hacienda, patrón? —preguntó María en un susurro. —No esta noche, niña —respondió él, con la voz baja, firme—. Esta noche no te regreso a nada ni a nadie. Solo quiero que duermas tranquila. Solo quiero que por fin descanses. María apoyó su espalda en el pecho de Ramiro, y por un segundo, cerró

