La iglesia, minutos después, no parecía la misma. Los pétalos blancos y amarillos que antes adornaban el suelo ahora estaban pisoteados, desordenados, algunos salpicados por el vino derramado del brindis frustrado. Las velas a medio derretir parpadeaban con una tristeza amarga, como si fueran testigos silenciosos de una ceremonia que nunca fue. Julio fue sacado entre empujones por dos peones del rancho, uno de ellos viejo amigo de Martín, su padre. Se revolvía entre ellos, llorando, gritando con la voz quebrada: —¡Ella era mía! ¡Ella era mía! Meche, aún en shock, sostenía el rosario entre las manos, sus ojos llenos de lágrimas. No entendía nada… o al menos no quería entender. Para ella, Julio era un buen muchacho, trabajador, leal, el que había estado desde que María era adolescente. ¿

