El sonido seco de los cascos de los caballos en el patio central anunció la llegada de alguien inesperado. Ramiro, sentado junto al ventanal de su despacho improvisado, observó con la mandíbula tensa cómo Mónica bajaba del carruaje con el mismo aire altivo de siempre, vestida con un abrigo entallado, botas de tacón y una mirada afilada como cuchillo. Horas más tarde, ya entrada la tarde, Ramiro la encontró recorriendo el corredor largo que daba hacia los establos, como si la hacienda todavía le perteneciera. La confrontación era inevitable. —¿Qué haces aquí, Mónica? —preguntó con la voz controlada, aunque sus ojos oscuros centelleaban con desconfianza. Ella giró lentamente, como si hubiera estado esperando ese momento. —Qué rápido se olvida uno del amor, ¿verdad? Jamás terminaste conmi

