La lluvia apenas comenzaba a cernirse sobre los tejados cuando María regresaba del establo, con la camisa húmeda pegándose a su piel y un mechón rubio suelto en la frente. Entró a la casa sin imaginar que las sombras del pasado la aguardaban en el salón principal. —Buenas tardes, María —dijo una voz conocida, elegante, con ese acento de ciudad que siempre desentonaba con la tierra. María se quedó helada. Allí estaba Mónica. Sentada en el sofá de cuero, con las piernas cruzadas y una sonrisa contenida, vestida con un conjunto color vino que parecía más apropiado para una galería en Polanco que para una hacienda de campo. Su cabello castaño ondulado brillaba aún bajo la luz tenue. —¿Qué… haces aquí? —Me enteré de lo que le pasó a Ramiro —respondió sin levantarse, como si nunca se hubie

