Mi mirada no se podía apartar del rostro de Alexander, esperaba el momento que me dijera que estaba bromeando, pero jamás llegó. Era difícil creer que sería capaz de dejar su empresa tirada, sus negocios, su familia, todo por mudarse a París dónde estaría muy cerca de Tristán. Después de unos segundos, solté una risita, pues daba por hecho que me estaba gastando una broma y se me hizo realmente tonto de su parte, pero más tonto es que casi le creo. — ¿A quién quieres engañar, Alexander? No eres capaz de dejar todo lo que siempre te ha importado y por lo que tanto te has esforzado, para mudarte a París. —dije tranquila, como si lo que estuviera saliendo de mi boca fuera toda la verdad, sin embargo, Alexander parecía muy serio. ¿Acaso no es como lo estoy diciendo

