―¿Sabes cómo se hacen los bebés, pequeñita? ―preguntó con retintín―. Hay que tener a un hombre entre las piernas, pujando hasta derramarse en tu tierno interior… ¿Lo has hecho? ―Sí… No… No sé ―contesté confundida, porque la cuestión del tiempo era importante. Bufó y me apretó el pezón con fuerza, anulando el ardor por un segundo para luego reventar en mi psique como un aluvión de energía que sacudió mi ser y me hizo gritar sin voz, retorcerme bajo su fricción y alargar el cuello para dejar caer la cabeza contra la pared a mi espalda. ―Responde, pequeña, necesito saber si has estado con un hombre antes. ―Yo… ―jadeé, mareada, apenas logrando respirar por la boca. Me relamí los resecos labios y volví a la realidad cuando su mano bajó a mi cintura y afincó los dedos en mi carne para que

