Grité y bramó, ambos embriagados por las mieles del más incitante de los placeres carnales, un placer pecaminoso que espoleó cada uno de nuestros sueños más profanos. Nos quedamos así por un instante, en el que nos miramos, en el que traté de respirar, pese a que mi interior latió a su alrededor y su m*****o se movió para rozar mis paredes sensibles y necesitadas de más. ―¿Eres mía? ―preguntó sin aliento, agarrándome las nalgas con fuerza, incrustando sus dedos en mi carne. Asentí sin poder hablar y tras una mirada lobuna, me indujo a cabalgarlo, moviendo mis caderas, para después, sin que me dijera, montarlo como la amazona que quería que fuera en era instante, moviéndome sobre su eje, metiéndolo hasta lo más profundo de las entrañas, acercando nuestros cuerpos para besarnos con ansia

