CAPÍTULO 3: El Comandante

1013 Words
ARIA Me espera un viaje de aproximadamente siete horas hasta el territorio de Sombra Nocturna y, aunque intento mantenerme tranquila, una inquietud constante me ronda. Los guerreros asignados para acompañarme son novatos, reclutados de familias con poca influencia. Pobres desgraciados… apenas empiezan y ya los lanzan a una misión con riesgo de muerte. La manada Sombra Nocturna ya ha sido avisada de nuestra llegada y, en el límite de ambos territorios, un grupo de sus guerreros nos espera. Su sola presencia impone respeto: son altos, robustos, con miradas frías y calculadoras que hablan de años de experiencia. Parecen llevar la palabra “peligro” tatuada en la piel. A mi lado, mis guerreros se tensan, se miran entre ellos, y sus rostros dejan entrever una creciente preocupación. Para aligerar el ambiente, suelto una broma: —Bueno, al menos no nos reciben con colmillos y garras. Un buen comienzo, ¿no? Solo obtengo miradas en blanco y algún suspiro. Me aclaro la garganta, fingiendo que no noto el silencio incómodo. Nos escoltan por un sendero estrecho hasta llegar a una gran mansión. No tiene demasiados adornos, pero impone. Al final de un largo pasillo encontramos una sala amplia, donde el Alfa nos espera rodeado de un grupo de guerreros que, aunque muchos parecen apenas adolescentes, irradian un aura intimidante. Sus miradas me evalúan en un instante, como si buscaran leer cada intención oculta. Junto al Alfa hay una hembra que llama mi atención: parece frágil a primera vista, pero es hermosa. Sus ojos azul claro y su larga cabellera rubia resaltan todavía más en un entorno tan brutal. El Alfa nos recibe con un tono mucho más cordial de lo que había imaginado. Es un hombre grande, con piel aceitunada y un físico fuerte a pesar de los años. El pelo y los ojos marrones le dan un aire imponente. —Bienvenidos a Sombra Nocturna. Yo soy el Alfa Axel —dice, haciendo una pausa que me parece cargada de intención—. Esperamos que su visita sea productiva… e interesante. Un nudo se forma en mi estómago. ¿Interesante? Seguro que eso es un bonito eufemismo para esperamos que sobrevivas. Trago saliva y fuerzo una sonrisa que apenas logro sostener, aunque por dentro estoy a un paso de hacerme pipí de miedo. —Gracias por la cálida bienvenida, gran guerrero. Yo soy Aria, de la manada Luna Menguante, y estos son los guerreros que me acompañan, Jasper y Kiro —digo, intentando sonar segura. —Vaya, conoces mi apodo de los tiempos jóvenes —ríe fuerte—. Eres una chica muy bien preparada. —Sí, señor. ¿Quién no conoce las grandes hazañas del gran guerrero de Sombra Nocturna? —Hora de hacer un poco la pelota. Aunque, sinceramente, no estoy segura de que en este lugar adular no sea una forma elegante de cavar mi tumba. El Alfa sonríe y hace un gesto hacia los suyos. —Permíteme presentarte a mis chicos: este es Kael, Patricio y Sebastián. —Se vuelve hacia el menor—. Y este es Miguel. Miguel asiente con seriedad, como si quisiera demostrarlo en ese mismo instante. —Y, por último —dice el Alfa con una expresión más cálida—, quiero presentarte a mi hija, Melia. Es nuestro tesoro. Por un momento, su sonrisa me parece sincera, casi tierna. —Pronto llegará mi hijo Seik. Es el comandante de nuestra manada, y quiero presentarlo antes de que os vayáis a descansar. Mientras intento no ceder ante la mirada del Alfa, la puerta se abre de golpe y dos machos imponentes irrumpen en la sala. Su sola presencia es intimidante. Ambos son atractivos a su manera y parecen tener más o menos mi edad. El primero lleva el cabello n***o, más corto a los lados, lo que acentúa sus rasgos angulosos. Es alto, fibroso, con hombros anchos y una cicatriz marca un lateral de su boca, dándole un aire aún más amenazador, y otra, más larga y ancha, le recorre el brazo como recuerdo de alguna batalla pasada. El segundo tiene una cabellera castaña corta y algo alborotada. Aunque es un poco más bajo que su compañero, su complexión es igualmente robusta y amenazante. El ambiente cambia al instante. La ansiedad se instala en mi pecho como un peso que me impide respirar. Este lugar, que ya parecía un campo de batalla emocional, se vuelve aún más sofocante con la llegada de estos machos tan intimidantes. Lidiar con todos ellos será dificil. El lobo de cabello n***o me mira desconcertado antes de dirigirse al Alfa. —¿En serio? ¿Este es el “hombre-lobo” que han enviado para negociar con nosotros? —pregunta, con una mirada capaz de congelar el fuego. El Alfa asiente. El macho, irritado, deja caer sus palabras cargadas de sarcasmo: —Esto es una broma, ¿verdad? Una simple hembra como ella, y se nota a kilómetros que ni siquiera es guerrera, enviada para tratar con Sombra Nocturna. —Se vuelve hacia mí con desdén—. ¿Acaso tienes un deseo suicida? La irritación burbujea dentro de mí. Sé que debería quedarme callada, pero no puedo. —¿Sabes qué? —respondo, clavando mis ojos en los suyos, desafiándolo sin temblar—. No soy “una simple hembra”. Me llamo Aria, y estoy aquí para negociar. ¿Podrías mostrarme un poco de respeto? La sala queda sumida en un silencio denso. Nadie se mueve. Siento las miradas de todos los presentes sobre mí, calculando la magnitud de mi osadía. “¿Qué demonios acabo de hacer?”, pienso, mientras una oleada de arrepentimiento me recorre. Si intento escapar, solo hay una forma de salir por esa puerta… ¡¡¡y es con las piernas por delante!!! De pronto, una risa suave rompe la tensión. Todos giran la cabeza hacia el origen del sonido. Es la hija del Alfa. En sus rostros de todos los presentes se refleja sorpresa: ninguno parece haberla escuchado reír antes—o quizás, en mucho tiempo—.
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