Narra Cristian
Llegué a la casa cansado y con los ojos adoloridos de tanto leer los documentos que me entregó el heredero al trono. Según él, yo era la persona en la que más confiaba.
Era uno de mis mayores problemas ahora, pero no más grande que el de mi esposa.
Nunca supe que tuviera una gemela o algo así. Ahora resulta que le gusta cocinar; ni enterado estaba de que cocinaba, y mucho menos para mí.
Desde el principio todo fue problemático. Se cayó de las escaleras de la casa de su mejor amiga y, después de cuatro días, cuando despertó, aún seguía negada a casarse conmigo.
No era que yo quisiera obligarla a casarse conmigo, pero, de hecho, me gustaba. Ella, en cambio, estaba enamorada de otro, que al parecer era su novio o algo así.
El punto está en que le prohibieron verlo. Su padre, para ser específico, entonces ella usó la cabeza y se dio cuenta de que la única manera en la que podría seguir estando con él era saliendo de su casa.
Y ahí es donde entré yo.
Aceptó el compromiso y un mes después nos casamos. En nuestra primera noche me dio una medicina que me hizo dormir hasta el otro día.
No me enojé. Era muy obvio lo que había hecho.
Y entendí algo:
Si tu esposa te odia y por primera vez te da algo, hasta agua, no lo bebas. Posiblemente termine mal.
Suspiré resignado, entrando a la casa sin poder aceptar el cambio tan drástico que había sucedido.
Le podría dar el divorcio, pero me gusta ella. Sé que soy algo masoquista, pero también sé que se llevará a los niños si sucede. Prefiero que me odie a que me quite lo que más amo en este mundo.
—Señor.
Me recibió Rosa con una cara como si hubiese visto un fantasma.
—¿Qué sucede? ¿Por qué esa cara?
Le pregunté riéndome de su expresión.
Miré la casa y noté algo de ausencia. No había ruido.
Mis hijos debieron llegar temprano y juro que no están durmiendo.
Anda, Rosa, dime que están durmiendo.
—Lo siento tanto, señor.
Se lanzó al suelo de rodillas.
—Fui a buscarlos a la estancia hace unas horas y me dijeron que la señora los recogió.
Mis alertas se encendieron.
—¿Y a dónde fue ella?
Ahora Rosa empezó a llorar.
Este es el colmo.
—No lo sé. Se arregló y salió. No pensé que hiciera nada malo.
Se secó algunas lágrimas.
—Pero se llevó a los niños. No sé dónde está, mucho menos sé dónde están los niños, señor. Vaya a buscarla.
Se levantó y me empujó hacia la puerta.
—Yo iré por los alrededores.
Sin pensarlo, salí corriendo por las calles. Fui a la estancia y pedí que me dieran indicaciones de por dónde se habían ido.
Sin éxito, seguí caminando, frustrado por no conocer los lugares que ella podría frecuentar.
Pero me llegó un pensamiento a la cabeza.
Imposible.
Susurré para mí.
Era imposible que estuviera con él.
Ella me pidió una oportunidad.
Reí internamente.
Ella quería una oportunidad para irse junto con ellos, con ese idiota.
Me dirigí al palacio que quedaba al sur del reino, rezando para que, por lo menos, mis hijos estuvieran ahí.
—Buenas noches, señor.
Un mayordomo me dejó entrar.
—¿Dónde está tu jefe?
Pregunté de inmediato.
—Está en el comedor cenando. ¿Quiere que lo lleve?
Negué y caminé hacia el frente.
—Lord Carlos.
Lo llamé al verlo sentado, tomando vino.
—El duque llegó de visita. ¿Quiere una copa?
Cerré mis puños algo enojado y busqué qué golpear para no destrozarle la nariz al idiota que tenía enfrente.
—¿Por casualidad mi esposa y mis hijos están aquí?
Él soltó una carcajada. Se estaba burlando de mí.
—¿Por qué estarían aquí? No me digas que aún tienes la inseguridad de que un día ella venga junto a mí y, peor aún, con tus hijos, sangre de tu sangre.
Sonrió.
—Ella me dijo que venía, pero si era hoy, aún no llega. Ven, sentémonos a esperarla.
—No, gracias. Siga esperando usted ahí sentado.
Salí de esa casa y me removí el cabello.
¿Dónde estarán?
Seguí buscando, sin éxito alguno. La oscuridad había empezado a adornar la noche.
—Señor.
Miré hacia atrás y vi cómo Rosa se bajaba del carruaje.
—Me dijeron que los vieron cerca del lago de los patos.
Trató de respirar y señaló hacia donde quedaba.
Corrí deprisa y, cuando estuve cerca, noté unas figuras.
Y sí, eran ellos.
Por fin podía respirar.
—Adriana.
Ella levantó la vista y me observó aterrorizada.
—¿Dónde estaban? ¿A dónde ibas?
—Papi, hoy salí con mami a jugar. No te enojes con ella.
—Sí, ella nos trajo a comer aquí. Nos trajo comida y pan para los patos.
Me informó la pequeña.
—¿Y qué hacen aquí?
Le pregunté a Adriana, viéndola fijamente.
—La rueda se dañó y no quería que los niños caminaran.
Otro carruaje se colocó cerca de nosotros.
—Señora, ¿dónde estaba?
—Dejemos las preguntas. Todos al carruaje, nos vamos a casa.
Estaba enojado.
—Y que esta sea la última vez que salen sin avisar.
Llegamos a la casa y Rosa se llevó a los niños para que cenaran y para que se durmieran. Yo subí a mi despacho y, tras abrir la puerta, noté cómo alguien estaba detrás de mí.
—¿Por qué te enojaste así? Asustaste a los niños. Soy su madre, también puedo salir con ellos.
Me giré para verla y observé cómo cerraba la puerta al terminar de entrar a mi despacho.
—Ahora quieres salir con ellos, cuando justamente Lord Carlos está esperándote. No me quitarás a mis hijos.
Le grité algo enojado y ella se sonrojó.
Pero de enojo.
—No iré a ver a ese patán. Mi esposo está aquí y mis hijos también. Mi hogar.
Afirmó y suspiró.
—¿Qué pasó con la oportunidad que me ibas a dar?
—Se acabó. Volvamos como antes: tú por tu lado y yo por el mío.
Pensé que se iría, pero la verdad me sorprendió cuando me empujó contra la pared y acercó su cara a la mía.
—Óyeme bien: tú, mis hijos y yo caminaremos por el mismo lado o camino, como desees, pero juntos.
Acercó su rostro sonrojado aún más al mío.
La tensión se sintió.
Traté de alejarme, pero ella acortó el poco espacio que quedaba, besándome.
Sus ojos estaban cerrados y los míos abiertos como platos por la sorpresa. Me sostuvo la mano y la llevó a su pecho derecho, donde la depositó y la dejó.
Me quedé más inmóvil al sentir el tamaño. No eran como la primera vez que la toqué, ahora eran más grandes y redondos.
Claro, ella había tenido a nuestros hijos.
Moví mis labios respondiendo al beso y me giré para que la persona pegada a la pared fuera ella.
Me acerqué aún más y, cuando nuestras lenguas empezaron a danzar juntas, la tomé en brazos y me moví por el despacho hasta dejarla sentada sobre la mesa sin dejar de besarla.
Ella, luego de unos segundos, se separó en busca de aire.
Me quedé tieso viendo ahora sus labios hinchados.
—Por primera vez confía en mí. Sé lo que hago y tendrás tus respuestas el día de la coronación.
Fruncí el ceño.
—Solo confía en mí, ¿sí?