Me desperté esa mañana con unas pequeñas manitas tocándome la mejilla y murmurando cosas que no entendí. Abrí mis ojos de a poco, tratando de ajustar mi vista para que la iluminación no me molestara.
Al abrirlos, noté dos pares de ojos castaños viéndome fijamente.
—¿Qué hacen viéndome así? —susurré mientras los observaba.
Anoche, desde que terminé de hablar con Cristian, tomé a los dos niños en brazos y, corriendo, me los traje a mi habitación, donde comimos galletas y leímos historias de terror que al final terminaron dándonos risa.
—¿Es mamá buena o mamá mala? —me quedé muda al escuchar la pregunta del pequeño Ethan.
Emma suspiró nerviosa.
—Soy la madre que ama a sus hijos —contesté riéndome mientras les hacía cosquillas a ambos.
Los dos se reían sin parar.
—¿Y la madre que ama a papá? —soltó Ethan nuevamente.
Y creo que esa era una característica que tenía de su padre: decir lo que pensaba sin importar qué tan dura fuera la respuesta.
—Saben que amo a su padre con todo mi corazón.
Susurré sin estar de acuerdo conmigo misma.
Apenas conocía a ese hombre.
—Pero él está enojado conmigo y por ahora estamos así, algo enojados, pero es por poco tiempo. Pronto volveremos a ser aquella familia que tanto se merecen, mi par de polluelos.
Seguí haciéndoles cosquillas.
—Ahora a arreglarse. Su papá los llevará a la estancia y yo los iré a buscar al mediodía.
Los solté y miré cómo corrían hacia afuera.
Ojalá y fuera a bañarse.
Me levanté de mi cama y me miré en el espejo. Nunca pensé tener las caderas que tenía ahora, sí que había crecido.
Mi cabello rojo ahora era incluso más oscuro, o de seguro era porque estaba muy pálida.
Escuché la puerta sonar y me giré para ver a Rosa entrando.
—Señora, el desayuno está servido y tiene visita.
Abrí mis ojos como dos platos.
—¿Quién?
—Será mejor que se arregle y baje a averiguarlo usted misma.
Me mordí el labio mientras corría hacia la pequeña bañera para empezar a arreglarme.
Ojalá la persona que estuviera ahí abajo haya traído algo bueno para mi vida.
Tras ponerme uno de los pocos vestidos que me habían quedado, uno verde corto con un escote cuadrado en frente, algo sencillo, bajé las escaleras rápidamente y escuché voces en el comedor.
—Cuñado, no te desesperes, Adriana estará aquí en unos segundos.
Esa voz yo la conocía.
Esa horrible voz.
Terminé de entrar al comedor y quien más temía ver esa mañana apareció frente a mí.
¿Qué hacía Maribel aquí?
Y peor aún, ¿abrazada de mi marido?
—Buenos días.
Solté aquellas palabras, atrayendo la atención de todos.
—Adriana, me enteré de que habías estado enferma. ¿Cómo estás?
Maribel se acercó a mí para abrazarme, pero la esquivé.
—Mis niños, pensé que ya se habían ido a la estancia. ¿No deberías irte, Cristian? Van a llegar tarde.
Cuestioné mientras los miraba a los tres.
—Adriana, no te enojes. Mi cuñado y mis sobrinos solo se quedaron para recibirme. Sé que no los quieres ver, pero no le niegues desayunar conmigo.
Maribel se acercó a Cristian y se sentó a su lado, pegándose más de la cuenta. Me quedé paralizada al ver cómo restregaba su busto en el brazo de MI MARIDO.
—Es cierto lo que dice Adriana, Maribel. Es mejor irnos. Vámonos, niños.
Los niños se levantaron y me abrazaron la pierna.
—Nos vemos, mamá.
Dijeron ambos al unísono.
—Aprendan mucho y nos vemos más tarde. Cuídense. Tú también, Cristian.
Le grité algo bajito.
Él me observó y, por primera vez, me sonrió.
—Nos vemos más tarde, Adriana. Adiós, Maribel, fue un gusto verte.
Le dijo ahora a mi supuesta mejor amiga mientras se soltaba de su fuerte agarre.
Ambas nos quedamos paradas mientras despedíamos a las tres personitas que salían ahora de la mansión.
—Estás rara, Adriana. ¿Es tu plan para que te dé el divorcio y poder irte con Carlos?
Asentí de mala gana.
No vas a conocer mi plan ahora, Maribel. Vivirás engañada durante estos días como yo viví engañada durante todos estos años.
—Lo sabía.
Afirmó segura.
—Sí, solo quiero tomarlo desprevenido. Me llevaré a los niños y para lograr eso tengo que ganarme su confianza.
Hablé con seguridad.
—¿Sabes cómo conseguirás el divorcio?
Negué mientras me sentaba para tomar una taza de café.
—Descubriendo una infidelidad por parte de él. Debemos buscar a una mujer que se ofrezca como sacrificio para que lo seduzca y tú lo encuentres siéndote infiel.
Ella sonaba orgullosa de su idea.
—Y supongo que eres voluntaria para el papel de sacrificio.
Me reí internamente.
Qué ciega fui.
Noté cómo se sonrojaba y bajaba la cabeza.
—Es lo mejor. Yo fingiría hasta donde quieras y no me sobrepasaría con mi cuñado. Te ayudaría a irte lejos con tus niños y Carlos, los cuatro en otro país como una familia.
Narraba Maribel mientras continuaba hablando sola y yo me dedicaba a observarla.
—¿Qué piensas de mi marido, Maribel?
La interrumpí.
Ella se quedó pasmada.
—¿De qué hablas?
Trató de hacerse la tonta.
—Siento que te gusta.
Ella bajó la cabeza y sus orejas se pusieron calientes.
—No, cómo crees. Es tu esposo, jamás me enamoraría del novio de mi mejor amiga, casi hermana.
—Ya veo.
Admití mientras movía mi café.
—¿Irás a la coronación del viernes?
Cambió de tema.
—Posiblemente no. Cristian quiere que vaya con él. Si vieras cómo suplicó.
Solté una risa.
Si hubieses visto cómo le suplicaba que me dejara ir con él.
—Me imagino. No te preocupes, yo me encargaré de cuidar a mi cuñado.
Levanté la mirada para verla.
—Sé que lo harás.
Su mirada estaba fija en mí.
Estaba nerviosa y roja.
—Es mejor que me vaya. Tengo que arreglar unos vestidos para la coronación. Tengo que brillar esa noche.
Se levantó y caminó hacia la puerta principal.
Y sí que brillarás.
Nadie dejará de hablar de ti.
Ayudé a Rosa a lavar los platos y la ayudé a preparar la comida.
—Rosa, ¿puedes prepararme un carruaje? Tengo que salir.
Ella, no muy segura, asintió.
Me arreglé para recoger a mis hijos. Según lo que me dijeron, estaban en la estancia que quedaba al norte de la mansión, a unos veinte minutos de aquí.
Alisé mi vestido mientras subía al carruaje y, mientras me movía por la carretera, observaba a la gente trabajar y caminar.
¿Qué estará haciendo mi padre ahora?
La mejor decisión que tomó durante todo el tiempo que estuve con él fue mandarme a casarme con el Duque.
—Llegamos, señora.
El conductor me ofreció la mano para bajar.
En la puerta principal se encontraba una señora con todos los niños en una pequeña fila.
Mis polluelos estaban al fondo observando a su alrededor.
—Buenas, vine por Ethan y Emma.
Le dije a la señora, y ella me observó de arriba abajo.
—Sí.
Ella los llamó y el par vino alegremente hacia donde me encontraba.
—Su nana vino a buscarlos.
Casi me atraganto con mi saliva.
¿Nana? ¿Me veo tan vieja?
Pero si los niños son una copia de mí.
—Soy su madre, señora. Vámonos, mis niños.
La señora se lo tomó a mal y me dedicó una mirada de pocos amigos.
Caminé hacia el carruaje y ayudé a subir a los niños.
—¿Y si jugamos al escondite, mis niños?
Ellos me miraron sin decir nada.
—Nosotros nos escondemos y su padre nos busca.
Hoy le daría un pequeño susto a mi marido, solo para saber cuánto confía en mí.
Solo espero, maridito, que nos encuentres antes del atardecer.
—¿Cómo así, mamá?
Preguntó curiosa la pequeña Emma.
—Nosotros vamos a comer fuera hoy. Tengo algo de dinero, e iremos a comprarles algo de ropa y juguetes.
Ellos se emocionaron.
Solo quería pasar tiempo con ellos. No creo que mi marido me quiera desaparecer solo por querer pasar tiempo con mis hijos.
¿O sí?