Narra Adriana
Me había costado tanto, pero al final lo había logrado. Tenía a mi familia y a mi esposo en mi cama.
Pero, por alguna razón, quería los recuerdos de cuando mis hijos nacieron, de cuando me enteré de que estaba embarazada o incluso del día en que me casé.
Solté un suspiro que llamó la atención de Cristian.
—¿Qué pasa?
Me dijo saliendo del hueco de mi cuello para verme a los ojos.
Me dio un beso en los labios y movió mi cabello hacia la parte de mi espalda.
—No lo sé.
Fruncí el ceño y me senté en la cama con los pies cruzados.
—¿Qué pasa? ¿Te hago sentir incómoda? Si quieres, duermo en el sillón.
Señaló uno de los muebles grises que se encontraban en la habitación.
—No, me puse a pensar algunas cosas.
Ahora el que frunció el ceño fue él.
—No te lo tomes a mal, pero ni siquiera te conozco bien. No recuerdo el día en que nos casamos, no sé ni qué día nacieron los niños, nuestra primera vez, por Dios... no recuerdo nada de eso.
Me callé por un momento, recordando lo que me había dicho sobre aquel día.
—En fin, no recuerdo nada de ustedes.
Él se sentó a mi lado y se acomodó para que quedara sentada en su regazo.
—Solo es cuestión de tiempo. Sé que no me conoces lo suficiente y que no estás segura de si lo nuestro funcionará, pero yo, que te conozco desde hace todos estos años, puedo asegurarte que nuestro matrimonio sí será hasta que la muerte nos separe, porque contigo entendí que no se trata de tiempo, sino de calidad.
Agaché la cabeza y asentí.
—Mejor vamos a dormir. Mañana en la noche te tengo una sorpresa.
Subí la cabeza para mirarlo.
—¿Qué sorpresa?
—Si te lo digo, deja de ser una sorpresa.
Me colocó en la cama y se acostó, empujándome con él hasta que mi espalda tocó el colchón.
—¿Solo vamos a dormir?
Él asintió y me abrazó por detrás.
—Déjame disfrutar esta sensación por más tiempo. Lo demás puede esperar.
Me mordí el labio.
Traté de disfrutar, pero estaba ansiosa. Sentía náuseas.
¿Por qué después de decir la verdad no me siento bien?
Tras unas horas pensando y escuchando la respiración de mi marido, me relajé y me dormí.
...
Cuando la luz del sol tocó mi cara, me giré para evitarla y esperé sentir el pecho musculoso de mi marido, pero lo que recibí fue un lado frío de la cama.
Abrí mis ojos de repente y noté la cama vacía. Miré por toda la habitación, pero no había nadie.
Me levanté e hice mis aseos personales. Me coloqué un vestido ajustado arriba y algo ancho abajo, corto y decorado con girasoles.
¿Qué hora sería?
Me pregunté al ver que ni Rosa ni nadie había pasado por aquí.
Bajé por las escaleras y, como cada mañana, escuché risas en el comedor.
Me dirigí hasta allí en pequeños pasos.
—Mami es así.
Mi pequeña hija se rio.
¿De mí?
—Es una dormilona.
Ahora habló Ethan.
—Es así desde que era pequeña como ustedes.
¿Mi padre?
—¿Mami era así también? ¿Como nosotros?
—Peor. Se dormía casi en la mañana y durante el día dormía, parecía un perezoso.
Hice una mueca.
Yo jamás fui así.
¿O sí?
—Muchos detalles, creo.
Les dije entrando al comedor.
Los tres pares de ojos se quedaron observándome.
—¿Qué hora son, Rosa?
Le pregunté cuando la vi colocar un plato en la mesa.
—Es la hora de la comida, es decir, mediodía.
Me respondió con una sonrisa.
Sí que había dormido.
—¿Qué haces aquí, padre?
Mi querido padre tomó un poco de su jugo de naranja y luego me miró.
—Tu marido me invitó. Más que nada, siempre vengo a ver a mis nietos, aunque sea una vez al mes. Sabes que estoy viejo y no puedo andar viajando.
Asentí y me senté frente a él.
—También quería hablar sobre tu confesión de anoche. ¿Por qué no me lo dijiste?
Anoche el padre de Maribel llegó a mi casa como loco, diciendo que habías perdido la cabeza al mandar a tu mejor amiga a prisión y que gracias a ti ella perdió la oportunidad de casarse con el vizconde, además de muchas cosas más.
Volvió a tomar un sorbo de su jugo.
—Es una pena que todo terminara así.
—¿Qué terminara cómo? ¿Que me quedara sin recuerdos de mis hijos por culpa de esa loca? ¿Es una pena que ahora esté bajo vigilancia?
Me ofendí muchísimo.
—Más o menos, pero es una pena que hayas recuperado la memoria ahora y no antes. Es una pena que fuera ahora cuando ella estuviera en un calabozo y no antes, junto a la arpía de Carlos. Siempre te dije que no merecías tan poco.
Tomó la jarra de jugo y la acercó hacia él.
—Este jugo está delicioso.
—¿Qué es arpía, abuelo?
—Creo que es un animal.
Le respondió Emma a Ethan.
—Sí, es un animal. Excelente, mi niña.
Le aplaudí.
—Ahora vayan a lavarse las manos con Rosa, están todos llenos de salsa.
Me hicieron caso y con ayuda de Rosa subieron hacia el baño.
Por cierto, no le darán tanto tiempo a Carlos. Dijo toda la verdad y por eso durará solo la mitad del tiempo pautado. Dijo que Maribel los obligó a callar tras amenazarlo con su embarazo.
No supe que Maribel estuviese embarazada.
El punto es que lo amenazó para que no dijera nada. Ella dio a luz y su hijo estaba fuera de la ciudad, en un pueblo con una sirvienta. Es decir, si se enteraban de aquel niño, la reputación del hijo de un caballero se iría al diablo junto con toda la familia.
Pobre niño. De seguro ahora tiene la misma edad que tienen mis nietos.
Sentí una sensación rara tras aquel dato.
¿Tuvieron un hijo?
—No estoy de su lado, pero ojalá aquel niño no sufra.
Asentí.
—¿Y qué pasará con él? Con el niño.
Pregunté tomando una tostada de la mesa.
—No lo sé. Supongo que los padres de Carlos se harán responsables como familia noble que son. Admitieron que no sabían nada.
Aquel niño no tenía la culpa de nada, solo le habían tocado unos padres muy crueles.
Gracias al cielo mi marido no era así.
Por cierto, ¿dónde estará mi marido?
—Padre, ¿has visto a mi esposo?
—No. Solo me mandó un carruaje a buscarme. Cuando llegué no estaba.
¿Dónde estarás, Cristian?