Episodio VI

1568 Words
Narra Adriana.  Me moví lentamente hacia el frente y me giré para ver a mi marido. Me detuve y esperé a que se colocara a mi lado. —No se pierdan de mi vista, hay mucha gente aquí —les informé mientras tomaba la mano de mi esposo—. Emma y Ethan, sujétense de mami y papi. Había mucha gente aquí. Esperaba menos personas, pero mientras más hubiera, mejor, supongo. Observé a mi padre a lo lejos y me saludó con la mano. Hice lo mismo y quité mi mirada para ahora ver a Carlos, quien me observaba con una sonrisa cínica. Cristian apretó su agarre sobre mí, colocando su mano ahora en mi cintura. Ni volviendo a nacer volvería con ese idiota. Ni en esta vida ni en la próxima, si es que existe. —Hola a todos, sus sillas están por aquí. Síganme. La pequeña chica nos llevó hasta una gran mesa que estaba colocada en frente, justo delante del trono. Solo era cuestión de tiempo para que la ceremonia empezara. Miré hacia la puerta y noté a dos personas entrando. Todo estaba saliendo a la perfección. Me acomodé en mi silla y vi a mis hijos observar todo el lugar. —Me gustaría vivir aquí. Escuché decir a la pequeña Emma. —Es tan hermoso. La casa también lo es, pero este castillo parece de los cuentos que papi me hace antes de dormir. —Bueno, no te diré que es imposible, pero sé que lo puedes lograr. Le dije mientras le llevaba un mechón de cabello detrás de la oreja. —Lo que quiere decir ella es que, si te casas con el príncipe, vivirás aquí como futura reina. Mi hija iluminó su mirada. —Reina Emma, suena bien. Cristian estaba atónito al escuchar esas palabras. —No es necesario eso. Para mí siempre serás mi reina, Emma. Exclamó mi esposo. De hecho, podría pasar. El futuro rey que iba a ser coronado hoy estaba casado y su esposa se encontraba embarazada. Aún no se sabía el género, pero puesto que si era hombre y ya que mi esposo era tan amigo del rey, había grandes posibilidades de que pasara. Solo esperaba que ellos se enamoraran durante el transcurso del tiempo. Aunque me gustaría tener a mis hijos junto a mí toda la vida y mantenerlos lejos de toda esta gente hipócrita. Sé que era mucho pedir, pero sería lindo verlos crecer mientras yo envejecía. Una lágrima salió de mi ojo izquierdo y enseguida la quité. —¿Te pasa algo? —No, solo nostalgia. No quiero perderlos nunca. Sostuve su mano y sonreí. —No quiero que vayan a ningún lado si no es conmigo. Vi a Cristian tragar seco. Me estaba ocultando algo. —Tengo que decirte algo, es de Ethan... No pude seguir escuchándolo, ya que las trompetas empezaron a sonar y varios caballeros empezaron a entrar. Tras ellos apareció el príncipe heredero. —Su majestad, el príncipe heredero. Todos hicimos una reverencia y nos quedamos así hasta que llegó a la parte delantera junto al obispo. Escuché cada parte de la coronación y sonreí al ver cómo le colocaban la corona. Ahora ya era llamado Rey. Todo era asombroso. Se giró y todos hicimos una reverencia nuevamente. —Larga vida al Rey. Exclamamos todos al unísono. Tras eso se escucharon aplausos y el rey se sentó en su trono. Luego llamó a su esposa para que se sentara junto a él. La coronación de la reina sería luego. Mientras tanto, ella permanecería como princesa consorte. —Su majestad el rey, le gustaría decirles algo a sus súbditos. El rey asintió. —Muchas gracias por estar aquí todos, mi querido reino. Sin su apoyo no estaría aquí. Ahora yo me encargaré de darles dicho apoyo a ustedes en lo que necesiten, lo prometo. Todos aplaudimos. —Ahora disfruten del banquete. Nos sirvieron la cena y ayudé a mis hijos a comer. Al acabar, nos trajeron el postre. Un sonido de una copa siendo tocada con un tenedor llamó nuestra atención. ¿Maribel? —Buenas noches a todos. Mi nombre es Maribel, hija del ministro, y hoy estoy aquí para felicitar al rey y también para solicitar una autorización para mi amiga por su divorcio. Todos hicieron un sonido de sorpresa. —Adriana me dijo que hiciera esta declaración ante todos ustedes, ya que ella no pudo venir hoy. ¿Entonces no me ha visto? Ni siquiera sabe que estoy frente a ella. Todos dirigieron su mirada hacia nosotros y Cristian se quedó estático ante la situación. Juro que, si no fuera por mi mano, habría tomado a los niños y se habría marchado de ahí. —¿Eso dije, Maribel? ¿Por qué no me acuerdo? Le pregunté en voz alta, llamando su atención. —Además de ciega, también eres sorda. Me dirigí hacia ella con pasos seguros. —Adriana, no te hagas. Hoy viniste aquí para irte con Carlos. De hecho, está por ahí. Señaló un lugar y con eso acabó con mi paciencia. Me acerqué a ella y le di una cachetada que hizo que girara el rostro. —No me gusta recoger la basura de otras personas. —¿Qué quieres decir? Cuestionó mientras se agarraba la mejilla. Éramos el centro de atención. —No te hagas la loca. Sabes muy bien de qué hablo: ustedes dos y su amorío. Hubo otro estallido de murmullos. —Buenas noches a todos. Mi nombre es Adriana y soy la esposa del duque. Sé que algunos me tachan de infiel, pero fue porque hace unos años tuve un accidente. Alguien me tiró por las escaleras e hizo que perdiera la memoria. Esta persona hizo eso tras ver cómo descubrían que tenía una relación con mi novio de ese entonces. Cuando caí, me llevaron con un médico y, al ver que no recordaba nada, siguieron engañándome. ¿O me equivoco, Maribel? Ella se tensó y miró hacia el público. Noté cómo su mirada iba hacia Carlos. —Mi novio de ese entonces también tapó la situación. Y ya que me habían comprometido con el duque, me hicieron creer que Cristian era una mala persona y que la única persona que me amaba era mi exnovio, Carlos. Todos voltearon a verlo y quedaron pasmados. Unos guardias se acercaron a nosotras y observé cómo otros se dirigían hacia Carlos. —Mentirosa. No tienes pruebas. Yo no te haría eso, jamás. Eres mi mejor amiga. Hice este anuncio para que te quedaras con Carlos. Afirmó mientras sostenía mi mano. —Para que tú te quedaras con mi esposo, incluso con mis hijos. Agradezco al cielo por haber recuperado la memoria. Ojalá y te pudras en el calabozo. Y, de hecho, sí tengo pruebas. Dos personas se acercaron al frente. —Margarita y Edward, la cocinera y el jardinero, vieron todo ese día. Los sacaste de la casa y los tiraste a la calle, pero lograron conseguir trabajo y salir adelante. Están aquí para decir la verdad. —Señorita Maribel, veo que está muy bien. Nosotros también, mucho mejor ahora que la vemos. Estamos aquí para decir la verdad de ese día y demostrar cómo casi asesinó a su supuesta amiga. Empezó a hablar Margarita. —Tanto que la quería la señorita Adriana y le paga con esa moneda. Debería darle vergüenza. Los labios de Maribel empezaron a temblar. —Guardias, arréstenlos. El rey gritó. Maribel junto con Carlos fueron llevados hacia fuera y no sé a dónde más. —¿Algo más que decir, duquesa? Asentí. —Lamento este espectáculo, su majestad. No tenía tanto drama planeado, pero gracias por concederme unas palabras. Miré al frente y fijé mi mirada en mi marido, quien me observaba sorprendido. —Ahora que todos saben por qué actué así, quiero que sepan lo mucho que amo a mi marido. Me acerqué a él y deposité un pequeño beso en sus labios. —Te amo, Cristian. Todos aplaudieron y él me abrazó, refugiando su rostro en el hueco de mi cuello. —Les deseo toda la suerte del mundo. El rey exclamó. —¿Nos podemos ir antes, su majestad? Pregunté girándome para verlo. —Claro, la duquesa y el duque pueden marcharse junto a sus dos pequeños. Tomé en brazos a Emma y Cristian tomó a Ethan. —Larga vida a su majestad. Dijimos los dos al mismo tiempo y con eso nos marchamos. Al montarnos en el carruaje, nos dirigimos a casa en pleno silencio, pero con una sonrisa en el rostro. Al llegar, los niños fueron llevados por Rosa a su habitación y mi marido y yo subimos a la nuestra. —¿Vas a tu habitación? Me preguntó en un susurro. —Sí, quiero darme un baño y quitarme el maquillaje. Respondí mientras subíamos las escaleras. —¿Podemos hablar luego? Asentí. Le di una mirada cómplice y entré en mi habitación para ducharme y cambiarme. Cuando estuve lista, escuché voces afuera. ¿Gritando? —¿Dónde está mi ropa? Preguntó Cristian en el pasillo, envuelto en una bata. —En mi habitación, donde tenía que estar desde el principio. Le respondí con una sonrisa. —¿Por qué no empezamos de nuevo? Lo primero sería dormir juntos. Me miró con una sonrisa pícara y se acercó hacia mí. Lo menos que quiero ahora mismo es dormir. —Mi queridísima duquesa tenía todo planeado.
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