2. Un golpe a la realidad.

1534 Words
POV Luisa María Gutiérrez Mérida me recibió con frío. Un frío que me mordió los dedos y me hizo pensar que el cielo se había equivocado de estación. Las montañas parecían gigantes, cubiertas de nieve. Con la dirección de la residencia arrugada en un papel, encontré el cuartico que me esperaba: dos camas de hierro, escritorio y una ventana que dejaba entrar la bruma de la tarde. A un lado había una puerta que daba hacia un medio baño, con un inodoro y un lavamanos que se compartían con la habitación del lado, sin duchas porque estas estaban en un área común. Cuando la puerta se cerró, la soledad me golpeó como un eco. Al día siguiente pisé la Universidad de Los Andes. La Facultad de Derecho me pareció inmensa, las escalinatas un desafío. Cientos de voces a mi alrededor, y yo, con el corazón desbocado, repitiéndome las palabras de papá: haz que valga la pena. Así pasó el primer año, este fue una guerra silenciosa. Pronto la realidad me golpeó. Los libros costaban una fortuna. Sacaba copias o me iba a la biblioteca a transcribir. El dinero de don Hilario se me esfumaba rápido. Comencé a saltar comida. Desayunaba café n***o. Almorzaba un pan con queso si había dinero. A veces solo pan, porque no me daba tiempo de llegar al comedor universitario. Las tardes las pasaba en la biblioteca. Estudiaba hasta que cerraban. El hambre era un animal gruñón en mi vientre. Conseguí trabajos pequeños. Les hacía trabajo a mis compañeros a cambio de algunos bolívares. Les lavaba ropa a algunas compañeras de residencia. A veces ayudaba en una cafetería cerca. Lo que ganaba era poco, pero me daba para unos cuantos panes más o para sacar fotocopias. Pero sabía que para lograr lo que quería debía sacrificarme. Mis notas se mantuvieron altas. Diecinueve, veinte puntos. Pero mi cuerpo pagaba el precio. Ojeras oscuras. Delgadez que asomaba bajo la ropa holgada. Desayunaba café n***o y un pan duro que guardaba de la noche anterior. —¿Otra vez sin comer? —me preguntaba Adriana, una compañera de clases. —Estoy a dieta —bromeaba, mientras el estómago rugía como un animal. Las materias, Derecho Romano, Derecho Constitucional, Introducción al derecho, Lógica jurídica, me dejaban exhausta. Las noches se iban en resúmenes y velas, porque a veces la luz fallaba incluso en la ciudad. Cada vez que pensaba en rendirme, recordaba el taller de mi papá, sus manos agrietadas, la deuda con don Hilario. No podía fallarles. Los exámenes finales llegaron como una tormenta. Cuando vi mi nombre en la lista de los primeros promedios, sentí un alivio que me tembló en las rodillas. —Eres una máquina de estudiar —me dijo Adriana. —Soy una hija endeudada —contesté, medio en broma, medio en verdad. El viento helado golpeaba la ventana de mi residencia. Recé en silencio, no por mejores notas, sino por fuerza. Fuerza para aguantar el hambre, el frío y la soledad. Pronto ese año terminó y pasé al segundo año. Este comenzó con el mismo frío, pero ya no me intimidaba. Conocía la ciudad, la plaza con campanas, el olor a sopa en el comedor universitario. Seguía estudiando como si mi vida dependiera de ello, y en realidad dependía. Un mediodía cualquiera, el comedor estaba a reventar; ese día el mundo me dio vuelta. Llevaba dos días sin comer bien. Solo café. Hice la fila, tomé mi bandeja de comida, pero me sentí mareada. De repente, el piso se movió. Mi bandeja se inclinó, taza, jugo, todo salió disparado. Pero en vez de caer al suelo, le cayó a un hombre encima y después la bandeja de metal golpeó del suelo con un ruido húmedo, mientras todos me gritaban. —¡Nueva! ¡Nueva! —sentí mi rostro calentarse y estaba segura de que se puso rojo producto de la vergüenza que sentí- —¡Lo siento! — Alcancé a decir, intentando limpiarlo y recoger el desastre. Una mano firme me sujetó el codo. —Déjame ayudarte —dijo una voz grave, segura. Levanté la vista. Cabello castaño que brillaba bajo la luz fluorescente, sonrisa confiada, una mirada que parecía saber más de mí de lo que yo misma sabía. —Rafael —se presentó, inclinándose para recoger la bandeja. —Luisa —respondí, aún con las mejillas ardiendo. —No te preocupes, esto te lo repongo yo —aseguró. Y antes de que pudiera protestar, ya estaba pidiendo otra bandeja para mí. Nos sentamos juntos. Hablaba con una seguridad que me desconcertaba. Era estudiante de Ingeniería, me dijo que tenía 25 años, pero con el tiempo me enteré de que me engañó y en realidad tenía. —No pareces de segundo año —comentó, mirándome como si adivinara mi historia. Reí nerviosa. —Es que el hambre da experiencia. Su risa fue un golpe de calor en medio del frío andino. A partir de ese día, Rafael me buscó. Se aparecía en mi facultad después de clase. Caminábamos juntos. Siempre me pagaba un café, un jugo. A veces, un pastel. Aparecía algunas veces en mis almuerzos y cenas. —¿Ya comiste? —preguntaba, con una bandeja extra en la mano. Su compañía se volvió costumbre. Me escuchaba cuando hablaba de mis clases, me hacía reír cuando la nostalgia me pesaba, me invitaba a dar paseos. —Tú puedes con todo —me decía—. Eres más fuerte de lo que crees. En pocas semanas, su presencia era parte de mi rutina. Cuando me pidió que fuéramos novios, el corazón me latió como cuando recibí la carta de admisión. —No sé… —balbuceé. —Confía en mí —respondió, mirándome fijo. Su voz tenía algo de promesa y de orden a la vez. Acepté. Un mes después, la confianza se había vuelto piel. Su manera de mirarme, de buscar mi mano, de hacerme sentir la única en medio de la multitud… todo me envolvía. Me llevaba serenatas, flores y terminé irremediablemente enamorada. Yo, que había llegado a Mérida dispuesta a ser solo una estudiante, me descubrí creyendo en su promesa de cuidado. Me sentía vista. Importante. Él recordaba lo que decía. Preguntaba por mis clases. Me halagaba. —Eres especial, Luisa. No como las demás. Un mes después, me invitó a su apartamento. Era pequeño, pero limpio. Tenía libros, una computadora. Puso música. Me ofreció vino, yo nunca había bebido, por eso me sentí mareada y hasta valiente. Rafael se sentó cerca. —Eres tan hermosa —susurró. Su mano acarició mi mejilla. Yo me congelé. —No... no deberíamos —murmuré. —¿Por qué? —su voz era suave, persuasiva—. Sí, nos gustamos. Somos novios, es natural. —Yo... no estoy lista. —Claro que sí. Confía en mí. Me besó, quise resistir, pero mi cuerpo no respondió. Estaba cansada. Tan cansada. Y él era calor, seguridad. —Si me amas, lo harías —dijo él contra mi boca. Yo cerré los ojos. Las palabras me enredaron. "¿Amor?" Tal vez esto era parte de ello. Y terminé cediendo. Fue rápido. Incómodo. Muy doloroso y la verdad no sentí placer, pero Rafael sí pareció disfrutarlo y se durmió enseguida. Me vestí en silencio. Salí del apartamento. El aire frío de la noche me golpeó la cara. Caminé rápido hacia mi residencia. Me sentía confundida, traidora, sucia, porque lo que había hecho defraudaría mucho a mis padres. Al llegar, me metí en la ducha. Froté mi piel hasta enrojecerla. El agua estaba fría. Tiritaba. Pero no me importó, de cierta manera sentía que lo tenía merecido por lo que había hecho. Las semanas siguientes, no vi casi a Rafael, nos escribíamos menos, ahora pocas veces me esperaba. Yo me concentré en estudiar. Pero me di cuenta de que algo estaba mal en mi cuerpo. Sentía cansancio extremo. Náuseas por las mañanas. Un día, en clase, el olor del marcador me dio ganas de vomitar. Salí corriendo al baño. Me miré al espejo. Pálida. Delgada. Y... ¿Atrasada? El corazón le latió fuerte. No. No podía ser. Busqué en mi bolso el calendario; este marcaba el día en que siempre llegaba mi periodo. Intenté convencerme de que era el estrés de los exámenes. Pero la inquietud se convirtió en miedo. Fui a una farmacia. Compré una prueba con mis últimos bolívares. Volví a mi residencia, para mi alivio mis compañeras no estaban. En el baño compartido, hice la prueba. Las manos me temblaban. Esperé los minutos que me parecieron horas. Y allí vi los resultados. Una sola mirada bastó. Dos líneas rosadas. Sentí que el piso se me hundía. Positivo. Me apoyé contra la pared fría. El mundo se me nubló. Sentí vértigo. ¡No! ¡Era imposible! Una sola vez... Las imágenes de mis padres, del taller de mi papá, de la deuda con don Hilario, de las noches de estudio, se arremolinaron como un torbellino. No pude llorar. Ni gritar. Solo una frase me martillaba la cabeza. Estoy embarazada. El frío de Mérida me calaba los huesos, pero lo que me helaba de verdad era la certeza de que mi vida, la que apenas empezaba, acababa de cambiar para siempre.
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